lunes 21 de septiembre de 2009

Las ciudades y el verano

Los días ya amanecen casi siempre nublados en Madrid, y el verano y su influjo parece quedar tan lejos. El otoño gana terreno en el ánimo y la ciudad recobra el movimiento matutino, los chicos vuelven a la escuela y los adultos al trabajo o a lo que sea que hagan. Lo más raro de todo, para mí, es que es septiembre. No marzo, el mes donde en Chile se retoma el ajetreo de la vida y la vacaciones se acaban. Pero, al fin y al cabo, es lo mismo. Allá o acá. Muchas cosas son sólo una cuestión de hábitos… Otras no, y he aquí, quizás, la diferencia entre aquello que es importante verdaderamente y lo que no lo es… En fin -no es sobre esto último a lo que me quiero referir-, pero lo cierto es que hace años que no pasaba un verano como se supone que son los veranos… Sol, playa, fiestas y descanso (por mucho que no haya sido exactamente así, aunque parecido). Recuerdo un libro que me gustó mucho en su momento y que seguro está en una de mis estanterías en Santiago guardando polvo: La vida descalzo, de Alan Pauls. En aquel ensayo, Pauls recuerda su infancia, sus veranos, la playa, su familia y la relación que existe entre la vida durante el resto del año para cada uno de nosotros (y para él: un escritor) y la vida durante las vacaciones. Uno de esos libros que tengo subrayados de principio a fin. Un ensayo raro, donde se mezclan la memoria, la teoría y -muy posiblemente- la ficción, y donde se habla hasta de lo beneficioso que puede ser el sol para aquellos que -como yo- tienen, por ejemplo, soriasis (Palus, que también admite tener esta enfermedad a la piel, se consuela pensando, según recuerdo, que la padeció, entre otros, Ernest Hemingway).


Este verano también estuvo compuesto de algunos otros libros: El discurso vacío de Mario Levrero (una recomendación insistente que valió mucho la pena), El extranjero de Camus (otra recomendación y una deuda pendiente conmigo mismo de hace bastante tiempo), la relectura de Llamadas telefónicas de Bolaño (no sé si en cien años más se siga hablando de él, pero está claro que fue un buen escritor), El oficio de vivir de Pavesse (que lo arrastro y me acompaña desde hace varios meses), Cuentos morales de Rohmer (lo mismo que con Pavesse, sólo que por Rohmer no hago más que aumentar mi admiración, como director y como escritor, día a día), Piltrafilla de Jeffrey Brown (se está empezando a repetir un poco este dibujante gringo que tanto me había gustado en libros anteriores), más alguno que otro manuscrito que ya a estas alturas se ha transformado en libro encuadernado (Los bosques de Upsala de Álvaro Colomer, un relato sobre el suicidio y el amor, sobre los tiempos que corren y cómo hacer para que no nos aplasten). Y, sobre todo, el ensayo Líneas de fuga de Ángel Quintana, en torno a la obra cinematográfica de Olivier Assayas (un verdadero lujo de libro, sólo encontrable en Madrid en la fabulosa y única librería, especializada en cine, “8 y medio”).





Libros que leí entre idas a la piscina (tan distintas a las de Chile, donde a ninguna mujer se le ocurriría tomar sol con las tetas al aire, por ejemplo), días de ocio absoluto, de ver películas o del viaje a Malta que hice junto a Kika. El viaje a Gozo, más bien, pues casi no nos movimos de allí: una de las islas que componen este pequeño país que apenas supera los 400 mil habitantes. Un archipiélago al sur de Italia (de Sicilia) que parece no haber sucumbido aún a la industria turística, que mantiene costumbres y un cierto modo de vida no condicionado por el flujo migrante. Un territorio semi virgen que te expone a la naturaleza de un modo bastante crudo. Además de las austeras -preciosas- construcciones (la arquitectura es como la marroquí, monocroma, a tono con el entorno desértico), en Malta, en Gozo y en Comino, las tres islas principales, hay sol, mar, el cielo, la humedad, el ferry atravesando de una isla a otra, autobuses de los años cincuenta que están que se caen a pedazos, mercados, pueblitos pesqueros y muchos acantilados. Como si no hubiese llegado del todo la globalización a Malta, a Gozo, sus habitantes celebran sus fiestas, cuidan sus calles, viven su fe religiosa y, desde las 6 am, están en pie, trabajando, pues la humedad y el calor obligan a esos horarios. La vida unplugged de los malteses, donde no vi un solo rastro de pobreza, aunque tampoco de riqueza. Un sitio raro, auténtico en muchos sentidos, donde se bucea, se come pescado y pasta, se habla en inglés, italiano y maltés, donde las habitaciones de los hostels y demás sitios no se cierran con llave, pues no hay delincuencia, donde se confía en las personas…


El barrio de Ghajnsielem de fiesta

Antiguo orfanato, hoy una hospedería, ultra barata, que no cuenta con llaves para las habitaciones, pues no hacen falta

Algo así como el Caribe, pero -por suerte- sin caipiriñas y recién casados con pulseras de colores en las muñecas

Ni ricos ni pobres, como Cuba pero sin Castro

Ok, parece una especie de paraíso. Y lo es, y espero que dure así. Un paraíso, en todo caso, en el cual dudo que podría vivir. No sé qué extraño sentimiento albergo en el interior que me imanta a las ciudades, como Madrid, que siendo un pueblo a fin de cuentas, es ruidoso y caótico como una colonia de hormigas enloquecidas por el fuego, pero también es un lugar donde todavía da la impresión de haber secretos a la vuelta de la esquina, donde estrenan películas, se publican más libros de los que la gente es capaz de leer, donde los sueños se sueñan con el aumento de una lupa y la vida tiene el mismo y fugaz encanto que la Gran Vía de noche cuando la ves por prima vez. Un ciudad donde las cosas están diseñadas para ser vistas por primera vez varias veces, una ciudad de ficción, quizás… y este debe ser uno de los motivos que, pese a todo, me anclan todavía a estas calles, pues ¿qué sería de nuestras vidas si sólo contásemos con nuestra vida, con nuestra biografía comprobable y unívoca y sin todas esas vidas posibles que nos ofrece -aunque sean ilusiones ópticas- un lugar como éste?

Otoño, entonces, en Madrid.
Que caigan las hojas y se vaya el verano, que se aproxime el invierno y las cosas cambien otra vez, aunque en el fondo no cambien demasiado.

jueves 13 de agosto de 2009

Historias de extraterrestres (About a son)

“La dificultad de cometer un suicidio está en esto: es un acto ambicioso que se puede cometer solamente cuando haya sido superada toda ambición”.
CESARE PAVESE, El oficio de vivir.

Cada vez que cuento esta historia me va bien. La mayoría de las veces se ríen o la encuentran, por lo menos, rara. A pesar de que no es nada rara. Se trata de lo siguiente:
Cuando niño, a los seis o siete años, vivía con mi familia en Ñuñoa, frente al gimnasio Manuel Plaza (hoy desaparecido) y al lado de la plaza Egaña, que por entonces era el centro de reunión de los borrachos del barrio. Vivía en un segundo piso, e ir al colegio me desagradaba profundamente: todas esas normas y el objetivo de los profesores, fijado entre ceja y ceja, de que nos interesásemos por cumplirlas, por aprender cosas como estarse callados durante sus aburridísimas clases o participar en las revistas de gimnasia, y la educación personalizada, donde se empujaba a los niños a que sintiéramos curiosidad por aprender información de memoria, que no nos distrajesen otros asuntos, todo eran imposiciones. Uf, un a tortura. Ya antes, en un post anterior, he señalado el nombre de esa escuela -San Agustín- y no me importa insistir en lo espantosa que era y quizá sigue siendo. No consigo guardar ningún recuerdo agradable asociado a esos pasillos. Y no es culpa de mis padres por haberme enviado ahí, en todo caso. Era –y es– un colegio de clase media, de curas, pasablemente bien considerado y ellos –mis padres- hacían un gran esfuerzo por pagarlo. Durante la primera mitad de los ochentas, en Chile, las cosas iban como el culo y, ya sabemos, la gente normal, honrada y de clase media en todas partes se jode y le cuesta, mientras otros, unos pocos, se enriquecen y el resto se pudre de frío o calor o hambre bajo los puentes. Es raro tener que admitir que debería sentirme incluso afortunado por haber podido educarme en aquella escuela. Pero así es. Y tuve que ir día a día, y no soportaba a mis compañeros ni a los profesores ni a lo que se supone que debía conseguir o demostrar estando ahí dentro. Todas mis compañeras me gustaban, hasta las feas, y ninguna me hacía caso, sentía una distancia abismal con mis compañeros, no lograba relacionarme con ellos más que a patadas, que era como tantos se comunicaban, una cacería infantil, si no te avivabas te comían vivo, o te anulaban: ya sabemos, la crueldad típica de los niños, los matones del curso y todo eso, ahora se llama bullying y sale en los periódicos, donde narran los casos de púberes que se suicidan, pero antes era igual y, más encima, el país era controlado por militares, que actuaban idéntico pero a gran escala; aunque antes no se suicidaba nadie, antes los mataban, y a mí, en cualquier caso, lo que me gustaba, en realidad, era quedarme en casa jugando con el mecano y el tente o viendo los dibujos animados de UCV televisión, Pipiripao y esas cosas. Mis hermanos eran muy pequeños, dos gemelos indistinguibles que hacían caca y poco más. Por lo tanto, mis relaciones con otros niños eran casi nulas, y cuando se daban -en el colegio- eran un desastre. Sólo cuando algunos años más tarde nos mudamos a otra casa en otra comuna, con pasajes con árboles y chicos -y chicas, sobre todo- en las calles jugando, las cosas cambiaron. Pero en el departamento de Ñuñoa algunas tardes eran eternas, no podía salir solo porque era peligroso y yo muy chico, sólo cada ciertos días nos sacaban, a mis hermanos -en coche- y a mí, a tomar aire a la plaza Montt, que quedaba a pocas calles. El resto del tiempo estaba, como he dicho, en casa, y aquí es donde comienza, en realidad, la historia:
Uno de los pocos niños que parecían habitar el mismo edificio que yo era, en el departamento del lado, una chica turca (nuca supe si en verdad era turca, pero siempre lo di por hecho) llamada Tamara, que casi no abría la boca, a la cual sólo le permitían asomarse a la ventana a través de los barrotes. Desde esa ventana, que daba a los techos de la primera planta, yo podía hablarle, porque a mí sí me dejaban salir al techo –¡sí, como los gatos!-; es más, mi padre había hasta construido una especie de balcón de madera que salía al tejado para que pudiera jugar al aire libre. Y los otros dos vecinos de mi edad que existían y que también podían salir al tejado, aunque no tuviesen una plataforma de madera para tal fin, eran dos hermanos gordos hijos del dueño de un bar que quedaba –y que aún queda, según parece- a la vuelta de la esquina. Eran dos chicos regordetes que tenían la manía de salir al techo disfrazados con las ropas de su hermana mayor, y pintados como ella, además. A mí, por supuesto, eso me daba igual, me parecía un poco extravagante quizás, pero yo también me disfrazaba –aunque de otras cosas- y me gustaba también fingir que era otra persona. Por lo tanto, nuestras reuniones infantiles eran en el techo: la chica turca, los hermanos travestidos y yo. Como no podíamos jugar fútbol ni a casi nada, pues nuestro suelo estaba compuesto básicamente por calaminas grises, y nuestros horizontes eran las ventanas interiores de los demás departamentos, sin contar con que la Tamara sólo podía moverse dentro del rango que los barrotes de su ventana le permitían, nos conformábamos con hablar. No recuerdo muy bien de qué hablábamos, pero nos contábamos cosas. En ese entonces, creo, uno de mis pasatiempos favoritos era imaginar identidades, y no me refiero a que quería ser astrónomo -y astronauta a la vez- cuando fuese grande, sino a ser algo especial, y en el acto; no después, ahora. De las pocas conversaciones que recuerdo haber tenido con estos niños, en esa época, la única que me hace sentido hoy es una cuando les dije que yo era un marciano, o un extraterrestre, un alienígena con forma humana, de niño. Los hermanos gordos y la niña tras el marco de su ventana, lo aceptaron. Yo les insistí que venía de otro mundo, que todo esto que les contaba en castellano, en su lengua, era sólo para que me entendieran, pues yo hablaba dialectos muy distintos en mi verdadero planeta, y que con el único que podía comunicarme de ese modo era con un niño -otro amigo- que ellos, como humanos, no estaban capacitados para ver, como yo que sí podía, obvio, y yo me lo creía a ratos también, y mis contertulios ñuñoínos lo entendieron tal cual, no lo cuestionaron. Tampoco dieron muestras de que les pareciese tan extraño lo que les contaba. ¿Por qué iba a inventarles algo que no fuese real?
Los límites de la realidad, siento ahora, eran mucho más amplios entonces.
Estos chiquillos fueron, quizá, los primeros –sin contar algunos adultos familiares o amigos de mis padres, incluyéndolos a ellos- con los que pude comunicarme, en cierto sentido. Los primeros humanos, por lo menos. Y no eran tan raros, al final, eran sólo niños. En Chile, en Ñuñoa, en los ochentas. Nos respetábamos, sin importar que uno viniese de un OVNI o que otro se pintase los labios con el rouge de su hermana. Qué más daba. Era en las grietas de esas desigualdades -al revés que en el colegio, todos tan uniformados y en silencio- que era posible acercarse unos con otros.

No suelo contar siempre esta historia, en cualquier caso, pues como ya he dicho nunca he creído que sea demasiado excepcional ni tan divertida. Sin embargo, lo que me anima a hacerlo, hoy, es una película que me había recomendado en su momento un amigo, y que al fin acabo de ver: About a son. El documental que hizo A.J Schnack sobre Kurt Cobain, basado en las casi 25 horas de entrevistas que el propio líder de Nirvana concedió a Michael Azerrad un año antes de suicidarse, y que componen también el libro -que espero leer- Come as you are: The story of Nirvana.


Y en este punto me apuro a decir que nunca –nunca- me gustó Nirvana. Ni su onda, ni su música ni nada. Y sigue sin gustarme. Cuando estallaron mundialmente y se pusieron de moda, y sus canciones sonaban en las fiestas y los adolescentes se vestían con camisas de franela, mis intereses musicales, al menos, se orientaban en direcciones muy distintas. Siempre me dio la sensación de que no iban a durar ni el grunge ni Nirvana mucho tiempo más, y tan equivocado, creo, no estaba, sin embrago, a 15 años de la muerte de Cobain no puedo evitar, después de ver los 97 minutos que dura este documental, compartir la gran impresión que experimenté frente a la pantalla.
Primero, porque casi no aparecen imágenes de Kurt Cobain, segundo, porque no suena música de Nirvana y, tercero, porque no es en absoluto una biopic típica acerca de bandas musicales. Pero, sobre todo, porque si, como espectadores (y como personas), valoramos la cuota de verdad que una película es capaz de transmitir (aunque sea de ficción, o de ci-fi incluso), ésta, About a son, tiene honestidad a raudales, y emoción, y eso que está construida básicamente a partir de la voz grabada del propio Cobain, sobre imágenes no-de-archivo, sino de personas corrientes, anónimas, calles y rincones y de paisajes del Estados Unidos que no sale en las postales, más alguno que otro montaje hecho con dibujos y efectos simples pero certeros. Con estos materiales el director va hilvanando el relato de un chico criado en Aberdeen que, tal como relata K.C durante los primeros minutos de la peli, solía soñar que era un alienígena, que constantemente sentía una especie de homesick, de nostalgia por su casa y que le consolaba pensar que estaba ahí, en esa ciudad industrial y gris del estado de Washington, por una razón especial, y que afuera, por ahí, debían haber otros más como él.
Luego, voz y más voz, la voz de Cobain narrando su infancia, su adolescencia, sus pensamientos, sus percepciones y el desajuste que nunca pudo dejar de sentir entre él y el mundo que lo rodeaba. Una peli sin acción, quizás, pero con un ritmo y pulso tremendos. Con un personaje que confesaba, sin embargo, no sentirse tan distinto a la gran mayoría de la gente de su generación: hijos de padres divorciados que fumaron porros en la escuela y crecieron atemorizados y convencidos que de iba a estallar una guerra atómica en cualquier momento, que sus relaciones con los demás fluctuaban entre la ironía, el sarcasmo e intensas demostraciones de cariño.
“Soy tan sólo el producto de una malcriada Norteamérica”, se escucha decir casi al final de esta peli que, por supuesto, también aborda temas como la música, la búsqueda de una identidad en un entorno sin identidad (admitirse geek, de algún modo, lo salvó), la industria musical, lo despreciable que le resulta la prensa, el amor que llegó a sentir por Courtney Love o su relación con las drogas, entre varios otros temas, que el líder de Nirvana trata -en buena parte gracias al espléndido trabajo de edición que hizo Schnack- con una lucidez apabullante.
Kurt Cobain, la clase de persona -no personaje- del cual siento que querría ser amigo. Uno de esos buenos amigos cósmicos.
About a son, la clase de documentales que hacen que la vida de alguien, que la vida en general, la realidad, al final, recupere su densidad, su dimensión más profunda y que, al contrario de lo que cualquiera podría pensar al tratarse del retrato de un suicida, den más ganas de vivir, de cambiarle la cara a este mundo, a este extraño planeta lleno de extraterrestres, de fabulosos alienígenas que muchas veces nos habitan y nos reclaman por salir al exterior a jugar un rato, aunque no siempre nos demos cuenta de tan adultos, de tan aburridos y conformistas que nos volvemos con el paso de los años.

martes 4 de agosto de 2009

Extranjero en todas partes

Es bien sabido que después de mucho tiempo en un mismo lugar, aunque éste sea un paraíso, las sorpresas se van agotando a la par que las críticas sobre el mismo se acumulan.
En muchas ocasiones no es culpa del sitio.
Está en nuestra naturaleza aburrirnos con aquello que ya conocemos o sentimos dominar (por mucho que no entendamos la mitad de lo que sucede a nuestro alrededor, como me ocurre no sólo acá sino en casi todas partes), tal como pasa con los juguetes cuando niño.
Y no hablo de infiernos como Calama, por ejemplo, en el norte de Chile, donde hace falta valor para no salir corriendo. Hablo de ciudades como Madrid, mi actual entorno, y ya va como un año y medio. Una ciudad permanentemente en fiesta y, más encima, con una oferta cultural y de ocio imbatible.
¿Qué tipo de quejas podrían surgir, entonces, en un edén como éste?

Por supuesto, no haré siquiera el intento de enumerar las mías, pues el hecho de que yo sea un extranjero, un inmigrante, latinoamericano además -aún cuando los papeles certifiquen que soy tan español como el que más, y aunque no lo fuera-, me confieren un punto de vista que –he podido comprobar- resulta del todo extravagante, ofensivo, atrevido, ¡de malagradecido! en ocasiones, y digno de la más completa de las indiferencias por parte de tantos compatriotas ibéricos (algunos, dicho sea de paso, que considero cultos, informados y educados incluso). Y como para enemigos –en la vana pretensión de que estas palabras lleguen a tener eco en más de tres personas- ya tengo bastante con las calurosas mañanas madrileñas, con las cuales debo luchar cada día, me ahorraré las amarguras que últimamente me están sobrando.

Sin embargo, a lo que me quiero referir es a esa especie de ansiedad adquirida, parecida a la del tabaco o el alcohol, que tenemos sobre todo cuando caemos en un ritmo en que viajar, cambiar de territorio, de cama, de orden cotidiano, de normas incluso, nos deja de parecer caótico y se transforma, de alguna manera, en algo normal.
No sólo normal, necesario.
Cada cierta cantidad de días, o semanas o meses, hay que escaparse.
Hay que salir de donde uno está.
Dejar a un lado todas las seguridades y comodidades domésticas y marcharse (inseguridades e incomodidades domésticas, debería decir en mi caso).
Unos días, unos meses, una temporada, para siempre, quién sabe.

En Madrid hoy es verano, y es insoportable.

Añoro el frío de Santiago, que tanto me gusta, añoro ciertas calles preferidas que se embellecen con la lluvia, y esa parquedad triste que cargan tantos santiaguinos en el metro, en las oficinas, en la cola para pagar las cuentas, las deudas, en los ascensores, en los coches que esperan impacientes la luz verde y llegar cuanto antes a casa a estar solos, acompañados o mal acompañados.

A veces llegar, de por sí, ya es todo un logro, aunque no sea al sitio correcto.
Porque el sitio correcto no es ninguno. Está sólo en nuestros recuerdos, en nuestras fantasías, en los brazos de otra persona. También en el futuro, pero en la memoria que gestemos a partir de ese futuro. Supongo que hasta Calama, según esta idea, podría convertirse en un buen recuerdo y no en la pesadilla que parece (debo aclarar, en este punto, que no deja de preocuparme el hecho de que un buen puñado de mis mejores amigos han nacido o se han criado en Calama).

Llegar para irse.
Irse para volver.
Regresar al caluroso Madrid: de todas y de cualquier parte.
Y tantos lugares adonde quisiera ir, irme a vivir, todos menos Madrid, claro, y no es culpa de Madrid (y eso que no vivo, como uno de mis hermanos y algunos amigos, en Barcelona), pero tampoco es mi culpa acusar esta ansiedad; ya lo dijo “nuestro padre” a Adán: no coman de esta fruta, les traerá problemas. Dicho y hecho. Y gracias a Dios tenemos hoy manzanas. El problema verdadero es que no alcanzan para todos, aunque por suerte no a todos les gusta su sabor, que sabe a desconexión y desorientación, a desapego, a vivir “en las incertidumbres que llevamos con nosotros a todas partes”, según las palabras del escritor Pico Iyer en su adictivo conjunto de ensayos The global soul. A vivir en las grietas que se forman cuando abandonas un lugar y te vas a otro, porque nunca puedes estar del todo aquí o allá, siempre es aquí y allá, que es lo mismo que estar como orbitando en un espacio donde la gravedad pierde su fuerza de atracción, y te sientes más liviano aunque también más vulnerable, y ya no es de dónde vienes lo importante, sino adónde te sitúas.

El mismo Iyer reproduce una cita de un oscuro monje del siglo XX, llamado Hugo de San Víctor, que pensaba que “quien se encuentra a gusto en su patria es digno de sospecha o un tierno inocente. El que se encuentra como en casa en cualquier sitio es ya lo suficientemente fuerte y, sin duda, perfecto para quien no puede evitar sentirse en cada suelo como en tierra extranjera”.
Pero como es tan difícil simplemente situarse (más si has crecido entre Santiago de Chile y Antofagasta), más vale, creo, estar en la posición del extranjero, pues del extranjero es también el universo de los aeropuertos y las estaciones, que con su arquitectura y estilos comunes en todo el mundo son, sin embargo, los escenarios de momentos súper emotivos, de extrema tensión (despedidas, bienvenidas…) y de pasos clave -a veces- que damos en la vida; del extranjero además es la sorpresa y el asombro, el desconcierto e indefensión que lo dejan a uno en un estado parecido al de estar flotando en el aire únicamente sostenido por las alas de un parapente –aunque nadie en su sano juicio, a menos que trabaje en ello, se dedica a esta actividad habitualmente-; del extranjero es asimismo la irresponsabilidad: afuera de casa, se suspenden las obligaciones en pos del entretenimiento, del tiempo libre y de dedicarse a las cosas que a uno le gustaría hacer más a menudo. Todo se intensifica en el extranjero, las emociones, los sentidos, el amor y el desamor, la importancia que le asignamos al trabajo, los estudios…
Escapamos, entonces, pero de la posibilidad de que todos estos estímulos dejen de existir si permanecemos mucho tiempo en el mismo lugar, de que ya no nos estimule ni nos haga sentir extranjero la ciudad que habitamos.
No es culpa de la ciudad. Pero, insito, tampoco de uno.
Ser o sentirse extranjero quizás no es algo que se elige tan concientemente, es algo a lo que uno acaba primero acostumbrándose y luego necesitando.
La verdadera patria, al fin y al cabo, siempre es la familia, los amigos y las personas que uno ama, aunque muchos estén lejos, aunque algunos ya no estén.
Porque, en definitiva, son estas personas las que siempre están y siempre estarán.
El resto -y para citar a un poeta (irónicamente) español, Jorge Guillén- es selva... pura y espesa selva, pienso yo, aunque disfrazada de ciudad, de todas esas ciudades que, no obstante, me muero por ir.



sábado 25 de julio de 2009

Lejos en Berlín (tan cerca)

“… las fronteras abiertas… Se ha ordenado que estén abiertas, y miles están pasando a la mitad occidental de la ciudad para celebrar su reciente libertad. El muro de Berlín ha caído, y el mundo nunca será el mismo. Los alemanes son personas pacientes, y las cosas buenas vienen a aquellos que esperan.”
Hedwig and The Angry Inch, John Cameron Mitchell

Hace varios meses escuché en la mesa de al lado, en el sitio donde estábamos comiendo unos amigos y yo, que Berlín era la Nueva York europea. Una chica argentina se lo decía a una pareja con la vehemencia que cabe esperar de una argentina. Algo despertó en mí esa conversación, aún cuando nunca Alemania me había interesado especialmente, pese a que el abuelo de mi padre, el que se supone hubiese sido mi bisabuelo, era alemán. Aviador. Y escritor. Una vez, hace años, hurgando en un viejo baúl junto a mi papá, él me enseñó un libro: La travesía de la flecha. Lo firmaba este señor de apellidos Straube Von Appen. Es todo lo que supe de él. Tantas consonantes juntas siempre me resultaron indescifrables. Su mala reputación -la de Alemania, no la de mi bisabuelo-, gracias a Hitler, ahora transformada en casi un atractivo turístico. La idea de orden y seriedad que proyectaban los estereotipos germanos en mi subconsciente infantil, todo apuntaba a que Alemania, como mucho, me resultase más una anécdota que un posible destino futuro para hacer un viaje.
Hasta esa noche de la argentina en el restaurante, quizás.

Mi interés por Berlín, debo pensar, nace entonces de regiones no muy bien definidas. En Berlín se produjo, según cuenta Coetzee en Costas extrañas, el redescubrimiento y valoración definitiva de Bach gracias a las muy citadas representaciones de La pasión según San Mateo que dirigió Mendelssohn (recién en 1829).
Los ángeles de Wim Wender también: cuando mi amiga Carla, hace muchos y desgajados años, me mostró ese VHS imposible de conseguir en Antofagasta, Las alas del deseo, esos ángeles como loros de pirata encaramados en los hombros de una gigante dorada y con alas que dominaba la más increíble de las vistas de esta ciudad devastada y levantada…, ciudad en blanco y negro, cargada con el peso de las bombas y las ruinas de la guerra, y estos ángeles volando y velando por los humanos, por los que sobrevivieron en el deprimente y sombrío Berlín, un set de películas y de libros de historia.
La caída del muro, en 1989, me tocó en un momento de mi vida, la pubertad, donde lo último que me preocupaba eran este tipo de cosas. Mi cuerpo experimentaba cambios casi tan drásticos, por entonces, como la capital teutona. Y la guerra, la segunda guerra mundial, probablemente el hecho más importante y determinante de los siglos recién pasados y el que estamos iniciando, nunca despertó en mí gran interés.
¿Por qué Berlín?


Berlín es lo que ya no es Berlín, es lo que se recicló de sus mismas ruinas. Berlín se ha inventado a sí misma. No le ha quedado más remedio tampoco. Berlín es también lo que no fue. Un fantasma -aquí sí existen-. Lo que anhelaban las mentes afiebradas de los nazis y les faltó poco para alcanzar. El Trecer Reich. Lo que quedó en pie después de arrasada, es esta ciudad. Lo que permaneció después de vaciada, viciada, violada y después vuelta a ocupar. Un escenario, un lugar del crimen, un hogar, una hoguera, una fiesta gótica-industrial, un museo al aire libre, un mausoleo, y al mismo tiempo una ciudad entrañable, imposible pero real, que se ha hecho fuerte a pulso, que se ha levantado gracias a lo contrario que la hundió, que es el futuro y el pasado al mismo tiempo, una estética y una moral únicas, es tan de ciencia-no-ficción que parece de mentira, pero de verdad, aunque inventada, una ciudad que no deja de moverse porque su naturaleza es la de seguir haciéndose a sí misma, transformarse, renovar una y otra vez sus colas de lagartija herida que le salen por todos sus rincones.


Recibo un mensaje de texto cuando llego a Berlín. Es mi amiga Vale. Quedamos en Alexanderplatz dentro de un rato, pleno centro berlinés, con la inmensa torre de televisión, antena repetidora, El Fernsehturm, erguida en medio de todo.
Anoche ha muerto Michael Jackson. Si esto es raro (¿cómo puede morir un ser que es casi más de fantasía que de carne y hueso?), para mí lo es mucho más en esta ciudad, donde sus fans se congregarían aquí mismo en un par de días, en torno al reloj circular que da la hora de todos los países del mundo al mismo tiempo (una demostración más de esas ansias por conseguir la unificación total) y llorarán sobre las imágenes de Jackson, con velas encendidas en su homenaje, y Berlín, que es también un poco como el rey del pop, pienso (los verdaderos reyes, en cualquier caso, todos lo saben, son los Beatles): ni blanco ni negro, blanco y negro, las dos cosas a la vez, bueno/malo, ingenuo y genial, luminoso aunque sombrío, el futuro antes de tiempo, falso y verdadero, más verdadero en la medida que dejaba de ser el que era y se transformaba en otro, en sí mismo, extraño, fascinante. No me sorprenden las lágrimas que sus fans germanos derramarían en su nombre.


Llega Vale y su novio, Paul. El día está nublado, húmedo, a diferencia del calor sofocante que hacía en Madrid antes de despegar en Barajas. Procedemos a saludarnos, Vale me presenta a Paul y luego nos dirigimos a un locker público, guardo mi maleta y nos marchamos a caminar. Paul, que si bien no es berlinés, aunque sí alemán, ha pasado varias temporadas aquí antes, y nos propone un recorrido que contempla, en el fondo, la visita al casco histórico de Berlín, el que recuerda su pasado bélico reciente, como si fuese un trauma y un souvenir a la vez; así es como nos internamos por un inmenso monumento de bloques de cemento que simulan un cementerio anónimo pero duro, imposible de confundir, desolado aunque compacto, el memorial a los judíos muertos en la guerra, ahí, entre sus pasillos rectangulares y grises, se entiende lo primero que hay que saber de acá: no vale de mucho ocupar toneladas de bytes con fotografías, pues más que algo que se ve, Berlín es algo que se siente, una energía, una carga que te incluye aunque uno ni siquiera se pueda imaginar con claridad el horror que atravesó a estas calles hace más de medio siglo atrás.
La puerta de Brandenmburgo, por donde pasó la armada de Hitler, donde ahora hay tipos disfrazados de soldados alemanes que se dan la mano, sonriendo frente a los flashes turistas, con soldados norteamericanos; lo mismo en Check Point Charlie, o donde están los fragmentos del muro que dividió a la ciudad en oriente y occidente, ahora taquilléramente grafitiados, listos para ser avasallados por las cámaras. Sin embargo, pasar por lo que se alcanzó a construir-destruir-rescatar del mega palacio de gobierno, el Reichstag, que planeó Hitlter, con la posterior y moderna cúpula de Norman Foster en su interior, y comprobar la megalomanía de semejante proyecto (una edificación que aún hoy sería mucho más inmensa que cualquiera que haya hecho el hombre hasta ahora), es un ejercicio que en lugar de hacer que abras el obturador de tu cámara hace que abras la boca. Un poco espantado, por cierto.
Fascinado.
Esta es la energía, la de sus fantasmas, que lucha contra la energía actual de sus habitantes, que se avergüenzan de su pasado, sin negarlo, y sienten que deben rescatar lo mejor y crear-reinventar de nuevo Berlín. Otra vez. Cosas imposibles de fotografiar.


Todo funciona bien, el metro, el tranvía, los autobuses…, pero igual toma su tiempo desplazarse en ellos. Caminar siempre es una buena opción, aunque puede acabar resultando cansador, dado que Berlín es una ciudad grande -más de cinco millones de habitantes, más que Madrid, menos que Santiago-, con lo cual lo mejor –lejos- es ir en bicicleta. Todos andan sobre dos ruedas. Las ciclo vías se respetan, se cuidan, se usan muchísimo. Por hombres, mujeres y niños, de todos los barrios. Así es que cojo la bicicleta que me ha prestado Andy, un berlinés que me recibe unos días en su casa, ubicada en el ondero barrio de Kreuzberg, y salgo a dar vueltas. No es nada difícil dar con las calles si tienes un mapa. Me dirijo a la Oranienstrasse, no muy lejos de ahí, donde hay decenas de restaurantes baratos y buenos, preciosos algunos, librerías y, lo más importante -para mí, se entiende-: la mejor tienda de cómics y novelas gráficas que he visto hasta ahora: Modern Graphics (www.modern-graphics.de), donde encuentro, en alemán e inglés, todo Jefrey Brown, todo Adrian Tomine, todo Craig Thompson, y un montón de libros nuevos y antiguos, cajitas con cómics del Optic Nerve y un largo y fascinante etcétera. La tienda, que podría ser gigante y sofisticada, es un garito sin ni media pretensión, donde los que atienden saben perfectamente qué tienen. Un lujo. Salgo babeando y busco donde comer. Opto por un japonés. Me siento en una mesa que da a la calle entre una pareja ultra taquilla de jóvenes orientales que hablan en inglés y una pareja de franceses que casi no hablan. Me quedo mirando la calle, demora en anochecer. El cielo recorta los contornos de los edificios y árboles. Es un día de semana y la chica que me trae el sushi me dice en un inglés regular que es su primer día trabajando aquí, que la perdone si se ha equivocado en algo (por un segundo pienso en los bares de Madrid y sus hoscos camareros). Le digo que no se preocupe, que está todo muy bien, y le deseo suerte.
Y todo, la verdad, está muy bien.

El mismo día de mi arribo, nos dejamos caer en una especie de café bar, pero semi abandonado y recién recuperado, donde al llegar comprobamos que en un improvisado escenario, una española (alemana de adopción) canta junto a dos chicos que tocan la guitarra, leen poemas que no entiendo (que no entendería seguramente aunque supiese alemán) y que revisten todo el ambiente de una teatralidad que -no llego a comprenderlo del todo- despierta bastante entusiasmo entre la concurrencia: jóvenes a la moda, pero onda underground.
Luego de la “performance”, salimos a hablar afuera. Bueno, lo de hablar es un decir, pues yo no hablo ni papa de alemán, aunque a ratos alguno –son tan amables y deferentes- me dirige la palabra en inglés. Todos comentan la muerte de Michel Jackosn y yo juego a imaginar, por la caras y ademanes que veo, qué podrían decir al respecto.
Luego ir a un edificio que estaba abandonado y que ahora se había transformado en la casa-taller-pista-de-balie de un grupo de artistas, vagos y mods que esta noche -como otras tantas, seguro- ofrecen una fiesta. En el interior había banderines de plástico y un espejo colgado del techo, un DJ al fondo pinchando música imposible de bailar (y hasta de escuchar a ratos), un bar donde la única alternativa era cerveza tibia, y el pulular de decenas de personas (muchas de los cuales no se alcanzaba a distinguir si eran hombres o mujeres) con atuendos, sofisticados y onderos que, sin embargo, así reunidos evidenciaban una inesperada homogeneidad.
Y estuvo bien así; increíblemente, todo cuadraba. En cualquier otro lugar me hubiese ido rumiando amarguras. Pero esto no me hacía ruido. No me daban ganas de cortarles las luz ni nada por el estilo. Sólo cabía observar.

Un sábado. Salimos a desayunar al barrio de Prenzlauer-berg, el más cotizado de la ciudad en la actualidad, aquel donde todos quieren irse a vivir. El más caro también.
Nos sentamos en un café llamado “Un domingo de agosto” y pedimos un desayuno bufet. Suena Sigur Ross, después Johny Cash, The Cure. Es un sitio donde todo está perfectamente a medio hacer, las paredes como mal pintadas a propósito y las mesas de madera un poco jodidas, lo que sin embargo le confiere a todo una estética entre moderna y antigua, cuidada y descuidada a la vez, lo que parece ser la tónica de acá.
Porque todo es relativamente moderno, la ciudad fue arrasada y levantada de nuevo. Los edificios comunistas –austeros bloques de cemento- contrastan con otros que se conservan desde hace un par de siglos.
Luego salimos a dar un paseo, nos metemos a un mercadillo callejero y a cada paso confirmo mi impresión de la onda de acá: los berlineses parecen recoger lo mejor o lo más bonito de cada época y mezclarlo con lo de otra, crear conjuntos improbables, donde una silla artdecó puede convivir a la perfección con una mesa rústica en una terraza donde un guitarrista callejero interpreta melodías de los Beatles.
El futuro para sus habitantes está en el pasado. La modernidad, acá, es saber cómo llevar y mezclar lo antiguo. Hay que saber qué ha pasado para saber cómo hacer el presente. Han tenido que rehacer esta ciudad para que les guste. De algún modo, Berlín es un invento. No existe. Al menos como existía antes de la guerra. Berlín se vació después de aquello. Y se ha vuelto a llenar con lo que quedó. Es un collage. Una instalación gigante.

Siento que no estoy obligado a ver cada uno de los museos que recuerdan la guerra. Esta es una ciudad demasiado viva como para perder muchas horas encerrado. Además, por el centro histórico, en los sitios donde se advierte que estaba el muro que dividía a la ciudad en dos, está lleno de exposiciones, de fotografías antiguas, afiches alusivos a la guerra, tipos vestidos de soldados norteamericanos al lado de otros disfrazados de soldados alemanes, banderas rusas perfectamente ajadas y colgadas en los sitios donde originalmente estaban después de la ocupación soviética... En fin, la guerra como atractivo turístico. Pero también como una gran energía. Sin embrago, me reúno con Vale y su novio Paul en la Berlinasche Galerie, pues las exposiciones de arte contemporáneo, dicen, están muy bien. Llego con la rueda trasera de la bici desinflada y entramos: tres expos que me gustaron bastante: una llamada As time goes by, una retrospectiva de Klaus Staeck y otra de Jhon Heartfield.




Y así me dejo tantas horas recorridas, tantos paseos en bici por el Tiergarten, el principal parque de la ciudad, por otros parques, barrios, por calles, dejo personas, bares, el día que fuimos al cine a ver "El Che" y más tarde acabamos hablando, la Vale, Paul y yo sobre lo mucho que uno crece y todo lo que nos unen los viajes, dejo las canciones que escuché en el I pod (“Berlín” de Lou Reed la cantaba a gritos mientras pedaleaba calle abajo por Bergmanstrasse) en la memoria, para que un día se me olvide todo esto y sienta la necesidad de volver a Berlín, una necesidad que aún siento, a casi un mes de entonces.
Tanto me faltó aún por conocer, pienso. Mi amiga Vale me cuenta en un mail, días más tarde, alguna de las visitas que hizo por su cuenta. Me tomaré la libertad de reproducir un fragmento:
“… Yo estoy fascinada. Me faltó mucho tiempo para visitar más y pasear mucho más. Ni siquiera fui a ver otras exposiciones fuera de la que fuimos a ver juntos...
Bueno, lástima que no nos alcanzamos a ver, tenía unas ganas terribles de mostrarte las fotos del evento del martes, que fue un paseo alternativo pero muy impresionante. Primero nos fuimos a ver el estadio olímpico de 1936, que es la construcción más representativa de la arquitectura nazi que hay en el mundo, y sobre todo, la única que sigue siendo utilizada en su función original (en ese estadio se jugó la final del ultimo mundial). Es de una magnitud sobrecogedora, impresionante. Con Paul más encima tuvimos la suerte (porque esto no lo sabíamos) que era el "dia de las puertas abiertas" en el estadio y uno podia entrar asi como asi. Nuestra idea era como ver todo el asunto por fuera un rato y listo y al final nos paseamos mucho rato.
De ahi nos fuimos caminando al Teufelsberg, que es ese cerro que está hecho con escombros de la IIGMundial, con los restos de 400.000 casas... y si nadie te cuenta eso, es un cerrito con un bosquecito... bueno lo impresionante es llegar arriba y encontrarte con unas bolas-achampiñonadas blancas gigantes que se asoman por detrás de los árboles. Y ahi es donde estaban todos los radares y sistemas de inteligencias de los gringos y de los ingleses y escuchaban prácticamente todo lo que se transmitia desde las torres de control del lado oriental, además de radio, tv, aviones, etc. Ahí trabajaban algunos cientos de personas (por lo que leí) en unos sistemas de seguridad brígidos. El lugar ahora parece una pesadilla sci-fi, pero es de verdad como de ciencia ficción.
Yo primero no me atreví a pasarme por la malla de proteccion, que no era una, sino que tres, asi que dedique a pasear por el cerro, hasta que me encontré con una casa entera rota que estaba detrás de la reja. Habia una calle y un portón eléctrico y un cartel hecho mierda sobre el proyecto para hacer ahi un resort.
Dato freak: David Lynch quería poner ahi una escuela de meditación (??).
Logré comunicarme con Paul con el celular y derrepente apareció, y en un costadito encontramos una pasada y yo también me metí. De ahi las fotos...
Cuando me llamaste estábamos en el porton de entrada (por dentro del recinto), y llegar a la proxima estacion de S-bahn nos tomo fácil unos 40 minutos bajo el sol hirviendo de ese dia...
De ahi partimos al otro extremo de la ciudad, a la estación de Lichtenberg, donde parten los trenes a Polonia y a Rusia (los trenes que no son alemanes), y es rarisimo, es como si el tiempo se hubiera detenido, está todo venido a menos y es entre triste y horrible... el contraste es impresionante....”


Es que no es París, es Berlín la que no se acaba nunca. Mi último día, no obstante, lo dediqué a recorrer más parques en bici, a sentarme en los bares flotantes que hay a orillas del río Spree y, por la noche, el plato fuerte, la despedida: el concierto de Nine Inch Nails en el Arena Berlín. Camino al concierto me voy escuchando "Hurt" cantada por Johnny Cash. Cuando llego compruebo que la concurrencia está compuesta, más que nada, por teutones y teutonas de negro, con caras de rudos que en lugar de intimidarme hicieron que, por motivos que no tengo muy claros, me acercara a empujones al centro de la pista, donde a cada guitarrazo o a cada desgarrador coro que se mandaba Trent Reznor toda una maza bullente de sudores saltara a mi alrededor y me arrastrara, me expulsara y me volviese a incluir, y yo me dejaba y yo también coreaba y hacían mil grados, y era un sauna, una seguidilla de cachetazos de rock industrial, era lo que necesitaba sin saberlo, una extraña comunión en medio de miles de desconocidos que por esos instantes tanto tenían que ver conmigo, que también necesitaban esas descargas eléctricas que les sacudieran la cabeza por cerca de una hora y media. A la salida una pequeña lluvia se mezclaba con la transpiración y me volví caminando lento, tarareando: What have I become?/ My sweetest friend/Everyone I know/Goes away in the end.


Al día siguiente tenía que estar en el aeropuerto Tegel muy temprano, y ya extrañaba esta ciudad, que sigo sin saber en qué punto conectaba conmigo, pero que por esos días se transformó en el sitio donde más quisiera irme a vivir algún día.
¿Algún día?

jueves 16 de julio de 2009

Chicas lindas (Au revoir Simone)

Las tres chicas más encantadoras, pop, sandungueras, mateas, súper poderosas, súper talentosas y dulces que podían subirse anoche a un escenario en Madrid, mientras la luna se derretía afuera, en la calle, provenían ni más ni menos que de Nueva York, y se llaman AU REVOIR SIMONE.
Las 10 y la sala Moby Dick -a pocas calles del Santiago Bernabeu- está casi llena, o sea, no más de ciento cincuenta personas.
Una de las gracias de estar acá, pienso. Si las ARS fuesen a Santiago de Chile, llenarían la Blondie, el Galpón 6 de Bellavista. Fácil. Las fans irían vestidas igual al trío. Esas cosas.
A veces añoro Santiago -cómo no.
Pero estamos acá, con casi todo el mundo saliendo de vacaciones, con las mentes puestas en alejarse del calor, y esta visita electro-pop made in NY nos devolvió por momentos, a los pocos que estábamos frente a ellas, un bello invierno, lluvioso y feliz de melodías sintetizadas.


Apadrinadas por su fan más célebre, David Lynch, con su tercer LP recién publicado, Still Night Still Light, con sus otras tantas canciones con vocación de hits, de himnos, con sus bases imposibles de no seguir con los pies y la cabeza, sus máquinas, teclados, samplers y cajas de ritmos, ofrecieron poco más de una hora de puro placer y pasión cargada con los mejores mega bites de Brooklyn.
A un costado Annie, la más exitosa dentro de la hinchada masculina, la pelirroja y con lentes, vestida de rosado y con el pelo amarrado con una coleta que le pidió al público, la más extrovertida y animosa también, que representaba todo lo pop de la banda; al medio Erika, la voz principal, aunque todas cantan, algo hippie y ultra femenina, en un tema tocó de maravillas el bajo; y a la izquierda Heather, la morena que con su look más darkie le otorgaba todo lo que de oscuras e indie tienen estas chiquillas. Una combinación irresistible. Para varios de los sentidos, incluyendo la emoción si es que se pudiera catalogar como tal.

Siempre, desde ABBA supongo, me han gustado los grupos con chicas al frente. Con voces femeninas. Ejemplos hay de sobra. Durante los últimos años, bandas como Metric (canadienses), The Cardigans (suecos) o Lali Puna (alemanes)… En el caso de las muchachas popy de esta noche, parecía que detrás de sus instrumentos ultra chipeados, más que tocarlos, pilotaran una nave espacial. A ratos distorsionaban las melodías, a ratos se mandaban solos de teclados y a ratos sonreían de alegría al corear junto a la gente sus embalados, medio naïf y a la vez pegajosos estribillos.

Hace días que me persigue la extraña y un poco nerd sensación de estar en navidad. Supongo que por el calor que hace en Madrid. En Santiago algunas cosas transcurren de un modo más que interesante, sorprendente a veces, raro. Acá también, pero de una forma muy distinta. Au revoir Simone, quienes, hasta donde sé, nunca han estado en Santiago (todavía), me teletransportaron por unos instantes al frío de allá.
Au revoir, good bye, adiós y gracias -por cierto-, chicas.

viernes 19 de junio de 2009

El futuro

El pasado
Las decisiones importantes hay que tomarlas con miedo. Parece ilógico; podríamos, por el contrario, pensar que hay que hacerlo con total convicción, con tranquilidad, en control de la situación y del caso, con lucidez, pero no. Es asustados, inseguros y finalmente con miedo que decidimos casi siempre sobre cuestiones que incidirán de manera radical en nuestro futuro: la llegada de un hijo, un cambio laboral o un gran abandono, apuestas donde hay demasiado en juego.
Cuando decidí cambiarme de carrera (de Construcción a Periodismo) lo hice con la más absoluta de las incertidumbres a cuestas, pero ya no había vuelta atrás. Era muy tarde para ser una estrella de rock y como suponía –y pude comprobar después– que Periodismo es una carrera fácil y que deja tiempo para pensar en cosas más importantes como qué hacer el resto de tu vida o en la compañera rubia y medio alocada que se sienta contigo durante las primeras clases, sentí que al menos estaba más cerca de mis reales intereses, por insignificantes o juveniles que estos fuesen (y lo eran, y lo siguen siendo, supongo). O sea, en medio de ese desconcierto, de esa disociación vital entre lo que era y lo que debía querer ser me encontraba al momento de anunciarle a mis padres que los dos años que permanecí inscrito en la universidad en la carrera de Construcción, estaba a punto de tirarlos a la basura. ¿En pos de qué? De Periodismo. ¿Qué si estoy seguro? Claro que sí (por supuesto que no). ¿Qué de dónde nace mi interés por esta carrera? No sé como contestar a eso; la verdad es que no leía –ni suelo leer demasiado– los periódicos, y con frecuencia siento –y sentía– una especie de vergüenza ajena cuando miro por la tele esas muchedumbres de periodistas alzando sus micrófonos para que un depravado, un militar o un idiota cualquiera haga unas declaraciones que casi siempre me han parecido ofensivas y groseras, y siempre aburridas, con muy pocas excepciones.
Mi interés nacía –pienso ahora– de mi desinterés.

El presente
Hay una belleza que produce dolor. O que se le parece. Alguna música, pinturas, unos pocos libros. Por eso tal vez no todo debe (o quiere) ser sólo divertido. Hasta en el más payaso (en gran medida en los más payasos) habita la emoción. Cuando los espacios vacíos –en el aire, en un lienzo…– comienzan a componerse de fragmentos sonoros, de colores, palabras o luces, cuando encuentran todos estos acomodo en ese vacío blanco (sin ser blanco, en verdad), a veces, en determinados casos, nos emocionamos. ¿Será porque comprendemos, porque resulta ser una demostración intangible pero irrefutable que ese vacío también está adentro de uno, nos compone, nos habita y, por lo tanto, nos permite modelarlo –moldeándolo- al compás de nuestros impulsos y gustos, que a la larga se traducen en emociones? Es rara y por eso incómoda la sensación que se tiene cuando uno espera de una persona una reacción entusiasta ante algo que te ha impresionado mucho y esa persona no acusa el menor impacto. Supongo que se puede saber un poco de cada quien si sabemos con qué se emocionan, sólo que ese saber estará necesariamente filtrado y condicionado por nuestras particulares emociones. ¿Podría un aficionado a, no sé, Coldplay o U2 llegar a despertar interés en una estudiante de violonchelo que adora a Mahler? Muy difícil, sus vacíos se llenan con distintos materiales. Sus incomplitudes son diferentes.
Pero, por otra parte, siento que de esa clase de encuentros, de mezclas y de diferencias es que se componen las pulsaciones de ciudades como Madrid, como Santiago. Y está bien así. Ya no es tan fácil saber adónde vamos, adónde debemos ir. ¿Acaso importa decidirlo y después conseguir llegar ahí? ¿A dónde?
Algo me dice que para lo único que me serviría un propósito así de definitivo sería para, ojalá, no cumplirlo.
Llegar a América siempre fue mejor que llegar a La India para Colón.
Y así le fue.

viernes 29 de mayo de 2009

Recortes III (primavera cero)

Especies que desaparecen
Vivir tan adentro de una ciudad como para no darse cuenta jamás de ella; vivir tan afuera –aunque en ella– como para no dejar de observarla, de enfrentarla, de esforzarse por comprenderla, como hacen los extranjeros, los recién llegados, los expatriados, los exiliados y otros tantos ex –todos en cierto modo somos ex-alguna-cosa, ¿no?–, como hace uno mismo cuando adquiere esa dudosa condición. Por enésima vez.
Tampoco queda más remedio; es la única actitud posible ante la urgencia de adaptación. Primero hay que aclimatarse, o si no te ahogas, te traga la ciudad, desarrollar nuevas branquias, es una cuestión de supervivencia en verdad.
El origen de las especies.
Te mueves. Cambias. Te mezclas. Te transformas. Mutas.
O te extingues.
Todas las especies –los pájaros se zambullen en el mar, los peces salen reptando a la superficie– se han inmiscuido en territorios antes inexplorados por ellos mismos. Y ¿qué ha pasado? Que en lugar de extinguirse, se han enriquecido y han enriquecido aquella nueva biosfera.
Quizás la única excepción seamos nosotros (ojo, no es mi intención ponerme crítico con la humanidad, qué perogrullada, sino dar cuenta de una situación particular) quienes, en lugar de enriquecernos, nos hemos aplastado sistemáticamente a lo largo de la historia cada vez que alguno ha osado transgredir los márgenes ficticios (colores, razas, territorios, lenguas, religiones…) que hemos incorporado a nuestro inconciente, generación tras generación.
La paradoja está en que precisamente es gracias a no poder estarnos quietos que sobrevienen la mayoría de los desastres. Una broma que nos jugó el dios en que no creemos algunos, un dios que se aburría durante la creación. Esa humorada un tanto macabra derivó en que, sin embargo, existieran cosas como la emoción, el error, el horror, la pasión, el dolor y el alivio, el inmenso vacío que se abre, en un lugar indeterminado, cada vez más adentro de uno, en la medida que nos alejamos de una ciudad, del hábitat, de las personas que queremos, que tocamos alguna de las notas que no estaban en la escala, que nos mudamos a otro lugar con la esperanza de llenar ese espacio abandonado, y no advertir –o aún haciéndolo– que sólo conseguiremos ensanchar aún más ese vacío. Tanto que a veces es posible sentir que ese agujero que se abre entre uno y el exterior –in between y among al mismo tiempo-, es el mejor sitio adonde se puede estar.
Pertenecer a un lugar, pero vivir en otro. Para vivir en otro.
Un pequeño movimiento puede bastar (que nunca es tan pequeño). Recuerdo que en Annie Hall el personaje de Allen (Alvi Singer) señalaba la naturaleza de los tiburones: deben estar siempre avanzando, yendo hacia delante (en el caso de estos animales no sé si importe adónde), pues de lo contrario mueren. Lo recuerdo y pienso también en lo que ocurre con los personajes de la encantadora novela Chesil Beach, de Ian McEwan: Edward y Florence, en medio de su noche de bodas, se callan y no hacen todo lo que sienten, no dan un paso por no saber darlo y no atreverse. Ella por cobardía, él por inerte, ambos por ignorancia. Un gran pequeño libro, donde no parece sobrar ni una palabra. Donde todo se concentra en lo que no pasa y podría haber pasado. En las consecuencias de esa quietud, en cuando todo nos pasa sin pasarnos nada realmente.
Ficción
El primer libro que adquirí por mi sola cuenta, el primero que ni me obligaron a leer en la escuela ni me regalaron, lo robé.
En Santiago, durante una tarde aburrida, junto a los amigotes del barrio. Ninguno de nosotros sobrepasaba los 12 años. El líder de la pandilla era un muchacho al que llamábamos Tapón: era rubio, de facciones angulosas, ojos azules y saltones, un maleante en potencia, con modos muy poco amables para tratar a niños y adultos, pero era el más fuerte y todos le hacíamos caso. Esa tarde nos reunió a varios en corro y dijo que el Anselmo se había cambiado de casa con su familia y que, durante la mudanza, se habían dejado un montón de cosas abandonadas en el patio trasero.
Había que investigar.
Meternos adonde nadie nos ha llamado.
Teníamos que saltarnos el muro –la pandereta– que daba al patio trasero de la casa del Anselmo. Yo, por supuesto, estaba aterrado (y excitado). Era la primera vez que hacía algo que constituía un delito siendo absolutamente conciente de ello. Antes me había metido en casas de amigos a la mala, pero jugando, a sabiendas de que si me pillaba algún adulto no me denunciaría. Pero esto era distinto. Íbamos a robar. Debíamos hacerlo, según nos dijo el Tapón con un tono imposible de contravenir. Una vez dentro, y con los niveles de adrenalina a tope, comprobé que, en efecto, en el centro del patio había un pequeño cerro de libros. Mientras todos se escondían entre las ropas tantos como les fuese posible, yo cogí uno al azar, claro, más que nada para no evidenciar debilidad, para demostrar mi coraje. En ese instante lo que más importaba era salir de ahí con el botín.
En los días subsiguientes ninguno volvió a mencionar el asalto, ninguno demostró el más mínimo interés por los libros que le robamos al Anselmo. Quizás porque no hubiese sido capaz de explicarle a mis padres su procedencia, el ejemplar que robé lo mantuve en secreto y escondido en sitios seguros. Tanto lo oculté al comienzo que comencé a hojearlo y luego a leerlo, era de Mario Benedetti. Y me gustó. Eran cuentos (como el de las tazas, por ejemplo). Se llamaba Montevideanos. Supongo que fue la primera vez que le perdí el miedo a los libros (a los sin dibujos, al menos). Vaya manera. Superada la adolescencia fui perdiendo, esta vez, el interés por Benedetti, claro, pero ganándola por otros autores. En cualquier caso un brindis por él, a menos de una semana de su muerte.
La ficción, iba comprendiendo, más que alejarme de la realidad la hacía más entretenida, más compleja, con más vueltas, menos unívoca. Nunca me ha interesado demasiado la literatura que en el fondo se refleja a sí misma (Vila Matas, Borges y otros pesados como –horror, condénenme todos– el mismo Bolaño), esos libros que hablan de otros autores y que se auto limitan entre las paredes de otras ficciones. Lo que me gustó de los libros, supongo, es –primero– que me hacían reír. Me entretenían. Y después, que me acompañaban, a través de personajes que no eran yo, que le pasaban cosas distintas a las que a mí, aventuras o romances que no eran los míos, que se jugaban la vida o se peleaban por motivos que seguramente en nada se parecían a los que yo esgrimiría en esas situaciones. Pero –y acá la gracia– hacían que mis experiencias, por vulgares que fuesen, adquiriesen muchos más significados e interpretaciones. Era –es– un poco como vivir el doble o el triple. Cuando leo siento que me pasan muchas más cosas de las que en verdad me pasan. Ahora –las vueltas de la vida– leo por todas esas razones, por supuesto, pero además para comer y pagar el alquiler todos los meses.
Las cosas que pasan por cruzar donde no se debe, por saltar un muro… por asomar la cabeza lejos del entorno inmediato.

No ficción
Asomo mi cabeza, hace sólo un par de semanas, por el País Vasco. Euskadi. Vizcaya. En fin, como les dé la gana llamarlo. Hace más de una año, recuerdo, el escritor Julio Llamazares me decía –mientras atravesábamos en taxi por carreteras montañosas del norte, con molinos de viento blancos, en nada parecidos a los del Quijote, pero que irremediablemente me llevaban a pensar en él– que éste, España, es un país de países. Y tiene razón. España, en el peor y en el mejor sentido se parece cada vez más a la utopía, cada vez menos utópica –y de la cual estoy bastante convencido-, de que en el futuro todos hablarán distintas lenguas, no importarán las razas ni los colores, que nos moveremos por el mundo como si –en verdad– fuese nuestro y –en verdad– tuviésemos derecho a habitarlo, recorrerlo y conocerlo.
“Mestizaje es la gran esperanza y el futuro de la humanidad –me dijo un alma optimista en San Francisco–. No es posible odiar a tu nieto”, escribe Pico Iyer (del cual pretendo hablar –y alabar– en algún post posterior) en su libro de ensayos viajeros The Global Soul.
Pero vuelvo al País Vasco. A Bilbao, donde a poco de llegar advierto que la ciudad entera está tapizada por banderas del Athletic. Habían salidos segundos en no sé qué copa de fútbol. Me recordó un poco a Chile, donde se celebra el fútbol aún cuando no se gane (lo que, después de todo, tiene sentido: si esperásemos a destacar en este deporte no celebraríamos jamás). Desayunando miro el periódico y me entero de algunas actividades que hay programadas para esa noche en la ciudad. Había que optar, pero las dos escogidas no podían ser más perfectas para la jornada que nos esperaba a orillas de la Ría de Bilbao.
1- Geri Allen Trío en la universidad Deusto: después de conseguir entradas para el recital que la pianista iba a dar, y conseguirlas gratis, además, en un precioso salón de la misma, nos sentamos y, sin mediar más que un par de compases –una especie de post jazz–, nos rendimos al influjo de, en primer lugar, la misma Allen, quien con sobriedad, soltura y hasta buen humor se despachó un notable y heterogéneo repertorio, y luego a quienes completaban el trío con un contrabajo y la batería (impecables ambos). Sin embargo, y como si no fuese ya bastante, quien se robó los aplausos más entusiastas fue Maurice Chestnut, el bonus track, un bailarín de claque que de pronto saltó al escenario y demostró que una danza puede ser también un soberbio y sofisticado solo de percusión, y al mismo tiempo ni lo uno ni lo otro, sino un género artístico en sí mismo.

2- Luego, salimos boquiabiertos. Eran casi las 22 hrs. Aún no oscurecía del todo, pero ya casi. Cruzamos uno de los puentes que unen las riveras y llegamos al impactante museo Guggenheim que construyó el canadiense Frank Gehri (ver el estupendo documental de Sydney Pollack). Ese día, por ser el día de los museos, éste abrió en sesión nocturna, hasta la 1 AM, había conocidos DJs, se vendían copichuelas, se podía bailar y, por supuesto, recorrer las exposiciones que se exhibían, para después de esto último no cerrar más la boca en varias, en un montón de horas.


La primera y más taquillera exposición era la de Takashi Murakami, el japonés tipo Andy Warhol que, en lugar de retratar en multiplicado a Marilyn Monrroe, por ejemplo, esculpe a una heroína de manga estilo salior moon semi desnuda y exprimiéndose unas inmensas tetas mientras la leche que sale de éstas dibuja una circunferencia blanca como las nubes en torno a ella, que sonríe inocente con sus desmesurados ojos destellantes. Este tipo de pop japonés es el que le gusta a este salidillo y divertido japo, el otro de los Murakamis que están conquistando el mundo (Haruki, Ryu…), a quien le va igual de bien tanto la pintura como la escultura, el diseño industrial, el anime, la moda o el merchandising.


Luego la exposición, titulada “Quiero creer”, del también oriental –chino– Cai Guo-Qiang, uno de los más controvertidos y citados artistas actuales. Yo, en cualquier caso, no tenía ni idea de este último. K, que era con quien recorríamos los sinuosos y sicodélico-futuristas rincones del museo, sí lo conocía y me contaba alguna de las sorpresas con que me iba a encontrar durante la muestra, como los lienzos e inmensas superficies grabadas a base de explosiones de pólvora o los videos donde se lo muestra generando obras de arte –según esta perspectiva– instantáneas, inmediatas, irrepetibles y únicas, en cierto modo, con fuegos artificiales (él fue el encargado de crear el espectáculo pirotécnico de las pasadas olimpiadas en Beijing). Esto, más un una serie de instalaciones inspiradas, con total libertad, en temas como la mitología antigua, la historia militar, el taoísmo, los extraterrestres, la revolución maoísta, la filosofía budista, la tecnología, la medicina china y la violencia terrorista.
Luego, al final, nos repartieron entradas para una discoteque. No hubiese sido capaz de ir, después de lo visto, y aún sin haberlo visto muy posiblemente, ni con la mejor de las voluntades. No me hubiesen admitido tal vez con la boca así de abierta, todavía más al encontrarme, apenas asomar por la puerta de salida, con el precioso y florido y gigante perrito “Puppy” –del artista inglés, Jeff Koons– que custodia el museo.
Y sin contar con que al día siguiente partíamos a San Sebastián, para muchos el rincón más lindo de España.
Y ok, puede que sí lo sea: combina con armonía, y un sentido urbano de las proporciones excepcional, las más diversas geografías (mar, río, montañas, parques, islas, playas, ciudad antigua y moderna… todo en uno) con una oferta de pinchos (pequeños y medianos bocadillos compuestos de cuantas maravillas se le ocurran al cocinero) y el festival de cine del mismo nombre. Todas razones para que hayan nombrado a San Sebastián candidata a capital cultural europea de 2016. Todas razones para pasear lento, comer, beber, brindar, discutir incluso y, si es posible, cogerle la mano a una persona que quieras mientras observas la Bahía de la Concha con las patas colgando a orillas del embarcadero, y de pronto acordarse de otra ciudad, de la ciudad a la cual perteneces, pero adonde ya no vives, pagando un precio justo, supongo, por semejante espectáculo. Si no dejas nunca nada, es imposible ganar otra cosa, parece ser la conclusión.

Madrid
Por lo tanto, dejamos el País Vasco y volvemos a Madrid, donde el sol, durante los últimos días, ha alborotado un poco a la ciudad. Las terrazas se comienzan a llenar y ya casi nadie usa chaquetas. Se hacen planes para las vacaciones de verano. Todo bulle en Madrid. Y me gusta. Sin embargo, creo que no es tan solo por estos motivos que –pese a las abundantes críticas que acumulo día a día sobre esta ciudad, sobre este país– permanezco y espero quedarme aún un tiempo más dando vueltas por acá. Además de la proximidad con sitios tan alucinantes como San Sebastián, Oporto, Berlín o África, por ejemplo, una de las gracias de Madrid radica en que es una especie de centro sin centro, es el centro del país, pero de un país fragmentado, un país de países como me decía Llamazares, y esta ciudad es también un poco así. Cuál es su centro: ¿Sol (que lleva años en obras)?, ¿la Plaza Mayor?, o bien ¿la Plaza Dos de Mayo en Malasaña, el Paseo del Prado, el Parque del Retiro, la FNAC de Callao (jeje)? Todas y ninguna de las anteriores. No existe un punto cero desde el cual medir lo demás. Existe, por ahora, la primavera en todas estas calles, en todas las personas que se inventan excusas para asomar la cabeza y salir a mirar qué sucede a su alrededor, existe esa sensación de movimiento interior y vértigo que intentaba explicar antes cuando aludía a ese vacío que un día se abre adentro de uno y se empieza a tragar todo lo que encuentra a su paso, con la misma mezcla de insatisfacción y placer que producen aquellas cosas que no debería uno hacer y, no obstante, hacemos, como rascarse las ronchas primaverales o ceder a los vicios (a los buenos y los malos), que, dicho sea de paso, en un lugar como éste (por fortuna y por desgracia), hay de sobra.
El punto cero y las medidas, por lo demás, las pone uno.
Muchos puntos de partida, todos personales, íntimos, disparados en las más insólitas direcciones.
Y por suerte ninguno de llegada.