Especies que desaparecenVivir tan adentro de una ciudad como para no darse cuenta jamás de ella; vivir tan afuera –aunque
en ella– como para no dejar de observarla, de enfrentarla, de esforzarse por comprenderla, como hacen los extranjeros, los recién llegados, los expatriados, los exiliados y otros tantos ex –todos en cierto modo somos ex-alguna-cosa, ¿no?–, como hace uno mismo cuando adquiere esa dudosa condición. Por enésima vez.
Tampoco queda más remedio; es la única actitud posible ante la urgencia de adaptación. Primero hay que aclimatarse, o si no te ahogas, te traga la ciudad, desarrollar nuevas branquias, es una cuestión de supervivencia en verdad.
El origen de las especies.
Te mueves. Cambias. Te mezclas. Te transformas. Mutas.
O te extingues.
Todas las especies –los pájaros se zambullen en el mar, los peces salen reptando a la superficie– se han inmiscuido en territorios antes inexplorados por ellos mismos. Y ¿qué ha pasado? Que en lugar de extinguirse, se han enriquecido y han enriquecido aquella nueva biosfera.
Quizás la única excepción seamos nosotros (ojo, no es mi intención ponerme crítico con la humanidad, qué perogrullada, sino dar cuenta de una situación particular) quienes, en lugar de enriquecernos, nos hemos aplastado sistemáticamente a lo largo de la historia cada vez que alguno ha osado transgredir los márgenes ficticios (colores, razas, territorios, lenguas, religiones…) que hemos incorporado a nuestro inconciente, generación tras generación.
La paradoja está en que precisamente es gracias a no poder estarnos quietos que sobrevienen la mayoría de los desastres. Una broma que nos jugó el dios en que no creemos algunos, un dios que se aburría durante la creación. Esa humorada un tanto macabra derivó en que, sin embargo, existieran cosas como la emoción, el error, el horror, la pasión, el dolor y el alivio, el inmenso vacío que se abre, en un lugar indeterminado, cada vez más adentro de uno, en la medida que nos alejamos de una ciudad, del hábitat, de las personas que queremos, que tocamos alguna de las notas que no estaban en la escala, que nos mudamos a otro lugar con la esperanza de llenar ese espacio abandonado, y no advertir –o aún haciéndolo– que sólo conseguiremos ensanchar aún más ese vacío. Tanto que a veces es posible sentir que ese agujero que se abre entre uno y el exterior –in between y among al mismo tiempo-, es el mejor sitio adonde se puede estar.
Pertenecer a un lugar, pero vivir en otro.
Para vivir en otro.
Un pequeño movimiento puede bastar (que nunca es tan pequeño). Recuerdo que en
Annie Hall el personaje de Allen (Alvi Singer) señalaba la naturaleza de los tiburones: deben estar siempre avanzando, yendo hacia delante (en el caso de estos animales no sé si importe adónde), pues de lo contrario mueren. Lo recuerdo y pienso también en lo que ocurre con los personajes de la encantadora novela
Chesil Beach, de Ian McEwan: Edward y Florence, en medio de su noche de bodas, se callan y no hacen todo lo que sienten, no dan un paso por no saber darlo y no atreverse. Ella por cobardía, él por inerte, ambos por ignorancia. Un gran pequeño libro, donde no parece sobrar ni una palabra. Donde todo se concentra en lo que no pasa y podría haber pasado. En las consecuencias de esa quietud, en cuando todo nos pasa sin pasarnos nada realmente.
FicciónEl primer libro que adquirí por mi sola cuenta, el primero que ni me obligaron a leer en la escuela ni me regalaron, lo robé.
En Santiago, durante una tarde aburrida, junto a los amigotes del barrio. Ninguno de nosotros sobrepasaba los 12 años. El líder de la pandilla era un muchacho al que llamábamos Tapón: era rubio, de facciones angulosas, ojos azules y saltones, un maleante en potencia, con modos muy poco amables para tratar a niños y adultos, pero era el más fuerte y todos le hacíamos caso. Esa tarde nos reunió a varios en corro y dijo que el Anselmo se había cambiado de casa con su familia y que, durante la mudanza, se habían dejado un montón de cosas abandonadas en el patio trasero.
Había que investigar.
Meternos adonde nadie nos ha llamado.
Teníamos que saltarnos el muro –la pandereta– que daba al patio trasero de la casa del Anselmo. Yo, por supuesto, estaba aterrado (y excitado). Era la primera vez que hacía algo que constituía un delito siendo absolutamente conciente de ello. Antes me había metido en casas de amigos a la mala, pero jugando, a sabiendas de que si me pillaba algún adulto no me denunciaría. Pero esto era distinto. Íbamos a robar.
Debíamos hacerlo, según nos dijo el Tapón con un tono imposible de contravenir. Una vez dentro, y con los niveles de adrenalina a tope, comprobé que, en efecto, en el centro del patio había un pequeño cerro de libros. Mientras todos se escondían entre las ropas tantos como les fuese posible, yo cogí uno al azar, claro, más que nada para no evidenciar debilidad, para demostrar mi coraje. En ese instante lo que más importaba era salir de ahí con el botín.
En los días subsiguientes ninguno volvió a mencionar el asalto, ninguno demostró el más mínimo interés por los libros que le robamos al Anselmo. Quizás porque no hubiese sido capaz de explicarle a mis padres su procedencia, el ejemplar que robé lo mantuve en secreto y escondido en sitios seguros. Tanto lo oculté al comienzo que comencé a hojearlo y luego a leerlo, era de Mario Benedetti. Y me gustó. Eran cuentos (como el de las tazas, por ejemplo). Se llamaba
Montevideanos. Supongo que fue la primera vez que le perdí el miedo a los libros (a los sin dibujos, al menos). Vaya manera. Superada la adolescencia fui perdiendo, esta vez, el interés por Benedetti, claro, pero ganándola por otros autores. En cualquier caso un brindis por él, a menos de una semana de su muerte.
La ficción, iba comprendiendo, más que alejarme de la realidad la hacía más entretenida, más compleja, con más vueltas, menos unívoca. Nunca me ha interesado demasiado la literatura que en el fondo se refleja a sí misma (Vila Matas, Borges y otros pesados como –horror, condénenme todos– el mismo Bolaño), esos libros que hablan de otros autores y que se auto limitan entre las paredes de otras ficciones. Lo que me gustó de los libros, supongo, es –primero– que me hacían reír. Me entretenían. Y después, que me acompañaban, a través de personajes que no eran yo, que le pasaban cosas distintas a las que a mí, aventuras o romances que no eran los míos, que se jugaban la vida o se peleaban por motivos que seguramente en nada se parecían a los que yo esgrimiría en esas situaciones. Pero –y acá la gracia– hacían que mis experiencias, por vulgares que fuesen, adquiriesen muchos más significados e interpretaciones. Era –es– un poco como vivir el doble o el triple. Cuando leo siento que me pasan muchas más cosas de las que en verdad me pasan. Ahora –las vueltas de la vida– leo por todas esas razones, por supuesto, pero además para comer y pagar el alquiler todos los meses.
Las cosas que pasan por cruzar donde no se debe, por saltar un muro… por asomar la cabeza lejos del entorno inmediato.
No ficciónAsomo mi cabeza, hace sólo un par de semanas, por el País Vasco. Euskadi. Vizcaya. En fin, como les dé la gana llamarlo. Hace más de una año, recuerdo, el escritor Julio Llamazares me decía –mientras atravesábamos en taxi por carreteras montañosas del norte, con molinos de viento blancos, en nada parecidos a los del Quijote, pero que irremediablemente me llevaban a pensar en él– que éste, España, es un país de países. Y tiene razón. España, en el peor y en el mejor sentido se parece cada vez más a la utopía, cada vez menos utópica –y de la cual estoy bastante convencido-, de que en el futuro todos hablarán distintas lenguas, no importarán las razas ni los colores, que nos moveremos por el mundo como si –en verdad– fuese nuestro y –en verdad– tuviésemos derecho a habitarlo, recorrerlo y conocerlo.
“Mestizaje es la gran esperanza y el futuro de la humanidad –me dijo un alma optimista en San Francisco–. No es posible odiar a tu nieto”, escribe Pico Iyer (del cual pretendo hablar –y alabar– en algún post posterior) en su libro de ensayos viajeros
The Global Soul.
Pero vuelvo al País Vasco. A Bilbao, donde a poco de llegar advierto que la ciudad entera está tapizada por banderas del Athletic. Habían salidos segundos en no sé qué copa de fútbol. Me recordó un poco a Chile, donde se celebra el fútbol aún cuando no se gane (lo que, después de todo, tiene sentido: si esperásemos a destacar en este deporte no celebraríamos jamás). Desayunando miro el periódico y me entero de algunas actividades que hay programadas para esa noche en la ciudad. Había que optar, pero las dos escogidas no podían ser más perfectas para la jornada que nos esperaba a orillas de la Ría de Bilbao.
1- Geri Allen Trío en la universidad Deusto: después de conseguir entradas para el recital que la pianista iba a dar, y conseguirlas gratis, además, en un precioso salón de la misma, nos sentamos y, sin mediar más que un par de compases –una especie de post jazz–, nos rendimos al influjo de, en primer lugar, la misma Allen, quien con sobriedad, soltura y hasta buen humor se despachó un notable y heterogéneo repertorio, y luego a quienes completaban el trío con un contrabajo y la batería (impecables ambos). Sin embargo, y como si no fuese ya bastante, quien se robó los aplausos más entusiastas fue Maurice Chestnut, el bonus track, un bailarín de claque que de pronto saltó al escenario y demostró que una danza puede ser también un soberbio y sofisticado solo de percusión, y al mismo tiempo ni lo uno ni lo otro, sino un género artístico en sí mismo.

2- Luego, salimos boquiabiertos. Eran casi las 22 hrs. Aún no oscurecía del todo, pero ya casi. Cruzamos uno de los puentes que unen las riveras y llegamos al impactante museo Guggenheim que construyó el canadiense Frank Gehri (ver el estupendo documental de Sydney Pollack). Ese día, por ser el día de los museos, éste abrió en sesión nocturna, hasta la 1 AM, había conocidos DJs, se vendían copichuelas, se podía bailar y, por supuesto, recorrer las exposiciones que se exhibían, para después de esto último no cerrar más la boca en varias, en un montón de horas.

La primera y más taquillera exposición era la de Takashi Murakami, el japonés tipo Andy Warhol que, en lugar de retratar en multiplicado a Marilyn Monrroe, por ejemplo, esculpe a una heroína de manga estilo salior moon semi desnuda y exprimiéndose unas inmensas tetas mientras la leche que sale de éstas dibuja una circunferencia blanca como las nubes en torno a ella, que sonríe inocente con sus desmesurados ojos destellantes. Este tipo de pop japonés es el que le gusta a este salidillo y divertido japo, el otro de los Murakamis que están conquistando el mundo (Haruki, Ryu…), a quien le va igual de bien tanto la pintura como la escultura, el diseño industrial, el anime, la moda o el merchandising.


Luego la exposición, titulada “Quiero creer”, del también oriental –chino– Cai Guo-Qiang, uno de los más controvertidos y citados artistas actuales. Yo, en cualquier caso, no tenía ni idea de este último. K, que era con quien recorríamos los sinuosos y sicodélico-futuristas rincones del museo, sí lo conocía y me contaba alguna de las sorpresas con que me iba a encontrar durante la muestra, como los lienzos e inmensas superficies grabadas a base de explosiones de pólvora o los videos donde se lo muestra generando obras de arte –según esta perspectiva– instantáneas, inmediatas, irrepetibles y únicas, en cierto modo, con fuegos artificiales (él fue el encargado de crear el espectáculo pirotécnico de las pasadas olimpiadas en Beijing). Esto, más un una serie de instalaciones inspiradas, con total libertad, en temas como la mitología antigua, la historia militar, el taoísmo, los extraterrestres, la revolución maoísta, la filosofía budista, la tecnología, la medicina china y la violencia terrorista.
Luego, al final, nos repartieron entradas para una discoteque. No hubiese sido capaz de ir, después de lo visto, y aún sin haberlo visto muy posiblemente, ni con la mejor de las voluntades. No me hubiesen admitido tal vez con la boca así de abierta, todavía más al encontrarme, apenas asomar por la puerta de salida, con el precioso y florido y gigante perrito “Puppy” –del artista inglés, Jeff Koons– que custodia el museo.
Y sin contar con que al día siguiente partíamos a San Sebastián, para muchos el rincón más lindo de España.
Y ok, puede que sí lo sea: combina con armonía, y un sentido urbano de las proporciones excepcional, las más diversas geografías (mar, río, montañas, parques, islas, playas, ciudad antigua y moderna… todo en uno) con una oferta de pinchos (pequeños y medianos bocadillos compuestos de cuantas maravillas se le ocurran al cocinero) y el festival de cine del mismo nombre. Todas razones para que hayan nombrado a San Sebastián candidata a capital cultural europea de 2016. Todas razones para pasear lento, comer, beber, brindar, discutir incluso y, si es posible, cogerle la mano a una persona que quieras mientras observas la Bahía de la Concha con las patas colgando a orillas del embarcadero, y de pronto acordarse de otra ciudad, de la ciudad a la cual perteneces, pero adonde ya no vives, pagando un precio justo, supongo, por semejante espectáculo. Si no dejas nunca nada, es imposible ganar otra cosa, parece ser la conclusión.
MadridPor lo tanto, dejamos el País Vasco y volvemos a Madrid, donde el sol, durante los últimos días, ha alborotado un poco a la ciudad. Las terrazas se comienzan a llenar y ya casi nadie usa chaquetas. Se hacen planes para las vacaciones de verano. Todo bulle en Madrid. Y me gusta. Sin embargo, creo que no es tan solo por estos motivos que –pese a las abundantes críticas que acumulo día a día sobre esta ciudad, sobre este país– permanezco y espero quedarme aún un tiempo más dando vueltas por acá. Además de la proximidad con sitios tan alucinantes como San Sebastián, Oporto, Berlín o África, por ejemplo, una de las gracias de Madrid radica en que es una especie de centro sin centro, es el centro del país, pero de un país fragmentado, un país de países como me decía Llamazares, y esta ciudad es también un poco así. Cuál es su centro: ¿Sol (que lleva años en obras)?, ¿la Plaza Mayor?, o bien ¿la Plaza Dos de Mayo en Malasaña, el Paseo del Prado, el Parque del Retiro, la FNAC de Callao (jeje)? Todas y ninguna de las anteriores. No existe un punto cero desde el cual medir lo demás. Existe, por ahora, la primavera en todas estas calles, en todas las personas que se inventan excusas para asomar la cabeza y salir a mirar qué sucede a su alrededor, existe esa sensación de movimiento interior y vértigo que intentaba explicar antes cuando aludía a ese vacío que un día se abre adentro de uno y se empieza a tragar todo lo que encuentra a su paso, con la misma mezcla de insatisfacción y placer que producen aquellas cosas que no debería uno hacer y, no obstante, hacemos, como rascarse las ronchas primaverales o ceder a los vicios (a los buenos y los malos), que, dicho sea de paso, en un lugar como éste (por fortuna y por desgracia), hay de sobra.
El punto cero y las medidas, por lo demás, las pone uno.
Muchos puntos de partida, todos personales, íntimos, disparados en las más insólitas direcciones.
Y por suerte ninguno de llegada.