“… las fronteras abiertas… Se ha ordenado que estén abiertas, y miles están pasando a la mitad occidental de la ciudad para celebrar su reciente libertad. El muro de Berlín ha caído, y el mundo nunca será el mismo. Los alemanes son personas pacientes, y las cosas buenas vienen a aquellos que esperan.”
Hedwig and The Angry Inch, John Cameron Mitchell
Hace varios meses escuché en la mesa de al lado, en el sitio donde estábamos comiendo unos amigos y yo, que Berlín era la Nueva York europea. Una chica argentina se lo decía a una pareja con la vehemencia que cabe esperar de una argentina. Algo despertó en mí esa conversación, aún cuando nunca Alemania me había interesado especialmente, pese a que el abuelo de mi padre, el que se supone hubiese sido mi bisabuelo, era alemán. Aviador. Y escritor. Una vez, hace años, hurgando en un viejo baúl junto a mi papá, él me enseñó un libro:
La travesía de la flecha. Lo firmaba este señor de apellidos Straube Von Appen. Es todo lo que supe de él. Tantas consonantes juntas siempre me resultaron indescifrables. Su mala reputación -la de Alemania, no la de mi bisabuelo-, gracias a Hitler, ahora transformada en casi un atractivo turístico. La idea de orden y seriedad que proyectaban los estereotipos germanos en mi subconsciente infantil, todo apuntaba a que Alemania, como mucho, me resultase más una anécdota que un posible destino futuro para hacer un viaje.
Hasta esa noche de la argentina en el restaurante, quizás.
Mi interés por Berlín, debo pensar, nace entonces de regiones no muy bien definidas. En Berlín se produjo, según cuenta Coetzee en
Costas extrañas, el redescubrimiento y valoración definitiva de Bach gracias a las muy citadas representaciones de L
a pasión según San Mateo que dirigió Mendelssohn (recién en 1829).
Los ángeles de Wim Wender también: cuando mi amiga Carla, hace muchos y desgajados años, me mostró ese VHS imposible de conseguir en Antofagasta,
Las alas del deseo, esos ángeles como loros de pirata encaramados en los hombros de una gigante dorada y con alas que dominaba la más increíble de las vistas de esta ciudad devastada y levantada…, ciudad en blanco y negro, cargada con el peso de las bombas y las ruinas de la guerra, y estos ángeles volando y velando por los humanos, por los que sobrevivieron en el deprimente y sombrío Berlín, un set de películas y de libros de historia.
La caída del muro, en 1989, me tocó en un momento de mi vida, la pubertad, donde lo último que me preocupaba eran este tipo de cosas. Mi cuerpo experimentaba cambios casi tan drásticos, por entonces, como la capital teutona. Y la guerra, la segunda guerra mundial, probablemente el hecho más importante y determinante de los siglos recién pasados y el que estamos iniciando, nunca despertó en mí gran interés.
¿Por qué Berlín?

Berlín es lo que ya no es Berlín, es lo que se recicló de sus mismas ruinas. Berlín se ha inventado a sí misma. No le ha quedado más remedio tampoco. Berlín es también lo que no fue. Un fantasma -aquí sí existen-. Lo que anhelaban las mentes afiebradas de los nazis y les faltó poco para alcanzar. El Trecer Reich. Lo que quedó en pie después de arrasada, es esta ciudad. Lo que permaneció después de vaciada, viciada, violada y después vuelta a ocupar. Un escenario, un lugar del crimen, un hogar, una hoguera, una fiesta gótica-industrial, un museo al aire libre, un mausoleo, y al mismo tiempo una ciudad entrañable, imposible pero real, que se ha hecho fuerte a pulso, que se ha levantado gracias a lo contrario que la hundió, que es el futuro y el pasado al mismo tiempo, una estética y una moral únicas, es tan de ciencia-no-ficción que parece de mentira, pero de verdad, aunque inventada, una ciudad que no deja de moverse porque su naturaleza es la de seguir haciéndose a sí misma, transformarse, renovar una y otra vez sus colas de lagartija herida que le salen por todos sus rincones.

Recibo un mensaje de texto cuando llego a Berlín. Es mi amiga Vale. Quedamos en Alexanderplatz dentro de un rato, pleno centro berlinés, con la inmensa torre de televisión, antena repetidora, El Fernsehturm, erguida en medio de todo.
Anoche ha muerto Michael Jackson. Si esto es raro (¿cómo puede morir un ser que es casi más de fantasía que de carne y hueso?), para mí lo es mucho más en esta ciudad, donde sus fans se congregarían aquí mismo en un par de días, en torno al reloj circular que da la hora de todos los países del mundo al mismo tiempo (una demostración más de esas ansias por conseguir la unificación total) y llorarán sobre las imágenes de Jackson, con velas encendidas en su homenaje, y Berlín, que es también un poco como el rey del pop, pienso (los verdaderos reyes, en cualquier caso, todos lo saben, son los Beatles): ni blanco ni negro, blanco y negro, las dos cosas a la vez, bueno/malo, ingenuo y genial, luminoso aunque sombrío, el futuro antes de tiempo, falso y verdadero, más verdadero en la medida que dejaba de ser el que era y se transformaba en otro, en sí mismo, extraño, fascinante. No me sorprenden las lágrimas que sus fans germanos derramarían en su nombre.

Llega Vale y su novio, Paul. El día está nublado, húmedo, a diferencia del calor sofocante que hacía en Madrid antes de despegar en Barajas. Procedemos a saludarnos, Vale me presenta a Paul y luego nos dirigimos a un locker público, guardo mi maleta y nos marchamos a caminar. Paul, que si bien no es berlinés, aunque sí alemán, ha pasado varias temporadas aquí antes, y nos propone un recorrido que contempla, en el fondo, la visita al casco histórico de Berlín, el que recuerda su pasado bélico reciente, como si fuese un trauma y un souvenir a la vez; así es como nos internamos por un inmenso monumento de bloques de cemento que simulan un cementerio anónimo pero duro, imposible de confundir, desolado aunque compacto, el memorial a los judíos muertos en la guerra, ahí, entre sus pasillos rectangulares y grises, se entiende lo primero que hay que saber de acá: no vale de mucho ocupar toneladas de bytes con fotografías, pues más que algo que se ve, Berlín es algo que se siente, una energía, una carga que te incluye aunque uno ni siquiera se pueda imaginar con claridad el horror que atravesó a estas calles hace más de medio siglo atrás.
La puerta de Brandenmburgo, por donde pasó la armada de Hitler, donde ahora hay tipos disfrazados de soldados alemanes que se dan la mano, sonriendo frente a los flashes turistas, con soldados norteamericanos; lo mismo en Check Point Charlie, o donde están los fragmentos del muro que dividió a la ciudad en oriente y occidente, ahora taquilléramente grafitiados, listos para ser avasallados por las cámaras. Sin embargo, pasar por lo que se alcanzó a construir-destruir-rescatar del mega palacio de gobierno, el Reichstag, que planeó Hitlter, con la posterior y moderna cúpula de Norman Foster en su interior, y comprobar la megalomanía de semejante proyecto (una edificación que aún hoy sería mucho más inmensa que cualquiera que haya hecho el hombre hasta ahora), es un ejercicio que en lugar de hacer que abras el obturador de tu cámara hace que abras la boca. Un poco espantado, por cierto.
Fascinado.
Esta es la energía, la de sus fantasmas, que lucha contra la energía actual de sus habitantes, que se avergüenzan de su pasado, sin negarlo, y sienten que deben rescatar lo mejor y crear-reinventar de nuevo Berlín. Otra vez. Cosas imposibles de fotografiar.
Todo funciona bien, el metro, el tranvía, los autobuses…, pero igual toma su tiempo desplazarse en ellos. Caminar siempre es una buena opción, aunque puede acabar resultando cansador, dado que Berlín es una ciudad grande -más de cinco millones de habitantes, más que Madrid, menos que Santiago-, con lo cual lo mejor –lejos- es ir en bicicleta. Todos andan sobre dos ruedas. Las ciclo vías se respetan, se cuidan, se usan muchísimo. Por hombres, mujeres y niños, de todos los barrios. Así es que cojo la bicicleta que me ha prestado Andy, un berlinés que me recibe unos días en su casa, ubicada en el ondero barrio de Kreuzberg, y salgo a dar vueltas. No es nada difícil dar con las calles si tienes un mapa. Me dirijo a la Oranienstrasse, no muy lejos de ahí, donde hay decenas de restaurantes baratos y buenos, preciosos algunos, librerías y, lo más importante -para mí, se entiende-: la mejor tienda de cómics y novelas gráficas que he visto hasta ahora: Modern Graphics (www.modern-graphics.de), donde encuentro, en alemán e inglés, todo Jefrey Brown, todo Adrian Tomine, todo Craig Thompson, y un montón de libros nuevos y antiguos, cajitas con cómics del Optic Nerve y un largo y fascinante etcétera. La tienda, que podría ser gigante y sofisticada, es un garito sin ni media pretensión, donde los que atienden saben perfectamente qué tienen. Un lujo. Salgo babeando y busco donde comer. Opto por un japonés. Me siento en una mesa que da a la calle entre una pareja ultra taquilla de jóvenes orientales que hablan en inglés y una pareja de franceses que casi no hablan. Me quedo mirando la calle, demora en anochecer. El cielo recorta los contornos de los edificios y árboles. Es un día de semana y la chica que me trae el sushi me dice en un inglés regular que es su primer día trabajando aquí, que la perdone si se ha equivocado en algo (por un segundo pienso en los bares de Madrid y sus hoscos camareros). Le digo que no se preocupe, que está todo muy bien, y le deseo suerte.
Y todo, la verdad, está muy bien.
El mismo día de mi arribo, nos dejamos caer en una especie de café bar, pero semi abandonado y recién recuperado, donde al llegar comprobamos que en un improvisado escenario, una española (alemana de adopción) canta junto a dos chicos que tocan la guitarra, leen poemas que no entiendo (que no entendería seguramente aunque supiese alemán) y que revisten todo el ambiente de una teatralidad que -no llego a comprenderlo del todo- despierta bastante entusiasmo entre la concurrencia: jóvenes a la moda, pero onda underground.
Luego de la “performance”, salimos a hablar afuera. Bueno, lo de hablar es un decir, pues yo no hablo ni papa de alemán, aunque a ratos alguno –son tan amables y deferentes- me dirige la palabra en inglés. Todos comentan la muerte de Michel Jackosn y yo juego a imaginar, por la caras y ademanes que veo, qué podrían decir al respecto.
Luego ir a un edificio que estaba abandonado y que ahora se había transformado en la casa-taller-pista-de-balie de un grupo de artistas, vagos y mods que esta noche -como otras tantas, seguro- ofrecen una fiesta. En el interior había banderines de plástico y un espejo colgado del techo, un DJ al fondo pinchando música imposible de bailar (y hasta de escuchar a ratos), un bar donde la única alternativa era cerveza tibia, y el pulular de decenas de personas (muchas de los cuales no se alcanzaba a distinguir si eran hombres o mujeres) con atuendos, sofisticados y onderos que, sin embargo, así reunidos evidenciaban una inesperada homogeneidad.
Y estuvo bien así; increíblemente, todo cuadraba. En cualquier otro lugar me hubiese ido rumiando amarguras. Pero esto no me hacía ruido. No me daban ganas de cortarles las luz ni nada por el estilo. Sólo cabía observar.

Un sábado. Salimos a desayunar al barrio de Prenzlauer-berg, el más cotizado de la ciudad en la actualidad, aquel donde todos quieren irse a vivir. El más caro también.
Nos sentamos en un café llamado “Un domingo de agosto” y pedimos un desayuno bufet. Suena Sigur Ross, después Johny Cash, The Cure. Es un sitio donde todo está perfectamente a medio hacer, las paredes como mal pintadas a propósito y las mesas de madera un poco jodidas, lo que sin embargo le confiere a todo una estética entre moderna y antigua, cuidada y descuidada a la vez, lo que parece ser la tónica de acá.
Porque todo es relativamente moderno, la ciudad fue arrasada y levantada de nuevo. Los edificios comunistas –austeros bloques de cemento- contrastan con otros que se conservan desde hace un par de siglos.
Luego salimos a dar un paseo, nos metemos a un mercadillo callejero y a cada paso confirmo mi impresión de la onda de acá: los berlineses parecen recoger lo mejor o lo más bonito de cada época y mezclarlo con lo de otra, crear conjuntos improbables, donde una silla artdecó puede convivir a la perfección con una mesa rústica en una terraza donde un guitarrista callejero interpreta melodías de los Beatles.
El futuro para sus habitantes está en el pasado. La modernidad, acá, es saber cómo llevar y mezclar lo antiguo. Hay que saber qué ha pasado para saber cómo hacer el presente. Han tenido que rehacer esta ciudad para que les guste. De algún modo, Berlín es un invento. No existe. Al menos como existía antes de la guerra. Berlín se vació después de aquello. Y se ha vuelto a llenar con lo que quedó. Es un collage. Una instalación gigante.
Siento que no estoy obligado a ver cada uno de los museos que recuerdan la guerra. Esta es una ciudad demasiado viva como para perder muchas horas encerrado. Además, por el centro histórico, en los sitios donde se advierte que estaba el muro que dividía a la ciudad en dos, está lleno de exposiciones, de fotografías antiguas, afiches alusivos a la guerra, tipos vestidos de soldados norteamericanos al lado de otros disfrazados de soldados alemanes, banderas rusas perfectamente ajadas y colgadas en los sitios donde originalmente estaban después de la ocupación soviética... En fin, la guerra como atractivo turístico. Pero también como una gran energía. Sin embrago, me reúno con Vale y su novio Paul en la Berlinasche Galerie, pues las exposiciones de arte contemporáneo, dicen, están muy bien. Llego con la rueda trasera de la bici desinflada y entramos: tres expos que me gustaron bastante: una llamada As time goes by, una retrospectiva de Klaus Staeck y otra de Jhon Heartfield.



Y así me dejo tantas horas recorridas, tantos paseos en bici por el Tiergarten, el principal parque de la ciudad, por otros parques, barrios, por calles, dejo personas, bares, el día que fuimos al cine a ver "El Che" y más tarde acabamos hablando, la Vale, Paul y yo sobre lo mucho que uno crece y todo lo que nos unen los viajes, dejo las canciones que escuché en el I pod (“Berlín” de Lou Reed la cantaba a gritos mientras pedaleaba calle abajo por Bergmanstrasse) en la memoria, para que un día se me olvide todo esto y sienta la necesidad de volver a Berlín, una necesidad que aún siento, a casi un mes de entonces.
Tanto me faltó aún por conocer, pienso. Mi amiga Vale me cuenta en un mail, días más tarde, alguna de las visitas que hizo por su cuenta. Me tomaré la libertad de reproducir un fragmento:
“… Yo estoy fascinada. Me faltó mucho tiempo para visitar más y pasear mucho más. Ni siquiera fui a ver otras exposiciones fuera de la que fuimos a ver juntos...
Bueno, lástima que no nos alcanzamos a ver, tenía unas ganas terribles de mostrarte las fotos del evento del martes, que fue un paseo alternativo pero muy impresionante. Primero nos fuimos a ver el estadio olímpico de 1936, que es la construcción más representativa de la arquitectura nazi que hay en el mundo, y sobre todo, la única que sigue siendo utilizada en su función original (en ese estadio se jugó la final del ultimo mundial). Es de una magnitud sobrecogedora, impresionante. Con Paul más encima tuvimos la suerte (porque esto no lo sabíamos) que era el "dia de las puertas abiertas" en el estadio y uno podia entrar asi como asi. Nuestra idea era como ver todo el asunto por fuera un rato y listo y al final nos paseamos mucho rato.
De ahi nos fuimos caminando al Teufelsberg, que es ese cerro que está hecho con escombros de la IIGMundial, con los restos de 400.000 casas... y si nadie te cuenta eso, es un cerrito con un bosquecito... bueno lo impresionante es llegar arriba y encontrarte con unas bolas-achampiñonadas blancas gigantes que se asoman por detrás de los árboles. Y ahi es donde estaban todos los radares y sistemas de inteligencias de los gringos y de los ingleses y escuchaban prácticamente todo lo que se transmitia desde las torres de control del lado oriental, además de radio, tv, aviones, etc. Ahí trabajaban algunos cientos de personas (por lo que leí) en unos sistemas de seguridad brígidos. El lugar ahora parece una pesadilla sci-fi, pero es de verdad como de ciencia ficción.
Yo primero no me atreví a pasarme por la malla de proteccion, que no era una, sino que tres, asi que dedique a pasear por el cerro, hasta que me encontré con una casa entera rota que estaba detrás de la reja. Habia una calle y un portón eléctrico y un cartel hecho mierda sobre el proyecto para hacer ahi un resort.
Dato freak: David Lynch quería poner ahi una escuela de meditación (??).
Logré comunicarme con Paul con el celular y derrepente apareció, y en un costadito encontramos una pasada y yo también me metí. De ahi las fotos...
Cuando me llamaste estábamos en el porton de entrada (por dentro del recinto), y llegar a la proxima estacion de S-bahn nos tomo fácil unos 40 minutos bajo el sol hirviendo de ese dia...
De ahi partimos al otro extremo de la ciudad, a la estación de Lichtenberg, donde parten los trenes a Polonia y a Rusia (los trenes que no son alemanes), y es rarisimo, es como si el tiempo se hubiera detenido, está todo venido a menos y es entre triste y horrible... el contraste es impresionante....”

Es que no es París, es Berlín la que no se acaba nunca. Mi último día, no obstante, lo dediqué a recorrer más parques en bici, a sentarme en los bares flotantes que hay a orillas del río Spree y, por la noche, el plato fuerte, la despedida: el concierto de Nine Inch Nails en el Arena Berlín. Camino al concierto me voy escuchando "Hurt" cantada por Johnny Cash. Cuando llego compruebo que la concurrencia está compuesta, más que nada, por teutones y teutonas de negro, con caras de rudos que en lugar de intimidarme hicieron que, por motivos que no tengo muy claros, me acercara a empujones al centro de la pista, donde a cada guitarrazo o a cada desgarrador coro que se mandaba Trent Reznor toda una maza bullente de sudores saltara a mi alrededor y me arrastrara, me expulsara y me volviese a incluir, y yo me dejaba y yo también coreaba y hacían mil grados, y era un sauna, una seguidilla de cachetazos de rock industrial, era lo que necesitaba sin saberlo, una extraña comunión en medio de miles de desconocidos que por esos instantes tanto tenían que ver conmigo, que también necesitaban esas descargas eléctricas que les sacudieran la cabeza por cerca de una hora y media. A la salida una pequeña lluvia se mezclaba con la transpiración y me volví caminando lento, tarareando:
What have I become?/ My sweetest friend/Everyone I know/Goes away in the end.

Al día siguiente tenía que estar en el aeropuerto Tegel muy temprano, y ya extrañaba esta ciudad, que sigo sin saber en qué punto conectaba conmigo, pero que por esos días se transformó en el sitio donde más quisiera irme a vivir algún día.
¿Algún día?