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jueves, 29 de septiembre de 2011

libros leídos (4)



Ramal, de Cintia Rimsky. Escritora viajera. Hace años leí su muy personal Poste restante, por el cual aprovecho de agradecer a PP Guerrero, que me lo recomendó. La historia de este nuevo libro que es novela, pero si fuese una película sería un falso documental, se abre y se junta en dos direcciones: una, en el recuerdo de infancia del protagonista, quien vivía junto a su familia en una casa, que ahora se resiste a dejar del todo, cercana a la Estacón Mapocho, donde se asentaron sus parientes nada más llegar a Santiago desde el sur de Chile. Y otra, en el relato del protagonista en presente, quien debido a su trabajo recorre el único ramal de ferrocarriles en activo que va quedando, el que va de Talca a Constitución, con el propósito de evaluar un plan de mejoramiento de las estaciones y los servicios para eventuales turistas. El texto evoca épocas, calles, otros tiempos. Y contrasta las urgencias del presente con el relato de gente apartada en rincones adonde parecen habitar una realidad paralela o desfasada. Escrito con un lenguaje llano, preciso y a la vez cargado de imágenes, sugiere ideas, estados de ánimo y un pensamiento complejo por lo profundo, Ramal lo he leído con una mezcla de compulsión y contención, demorando –repitiendo- la lectura de varios párrafos, de páginas enteras, a fin de no desprenderme tan luego del precioso espacio poético que propone la autora.

libros leídos (3)

Camanchaca, de Diego Zúñiga. Su primera novela. Una historia en tránsito. De Santiago a Iquique, pasando por Buenos Aires. El viaje, la familia, la adolescencia. Los recuerdos. Estilo conciso, sobrio y desafectado como un ticket de supermercado, pero adonde laten emociones y reproches, impresiones, preguntas y un ritmo acelerado para contar lo que se cuenta, que es bastante, en tan poco.

martes, 27 de septiembre de 2011

josé miguel varas (in memoriam)



“Como uno queda trasplantado a otro medio, parece que se produce una intensificación de las experiencias. La realidad de todos los días te va embotando, pero al viajar ves otras cosas y cuando vuelves, además, te das cuenta de que tu país ha cambiado. Los viajes, en realidad, son una pasión.”

"El humor es verse a sí mismo, observar lo ridículo del comportamiento propio y de los demás, pero a partir de uno."

jueves, 22 de septiembre de 2011

libros leídos (2)

Algunos adioses es un libro bastante sui generis para a estar compuesto, según parece, no estoy seguro si en su totalidad o en parte, por crónicas y artículos publicados por Francisco Mouat en revistas y periódicos. O sea, un the best of. Sí pero no. No se explica en el mismo su naturaleza u origen, como nada –o todo- se explica en el texto de contracubierta que, se supone, debería instar a comprarlo o por lo menos a hojearlo en una librería, según el canon editorial clásico:

Uno deja de vivir cuando ya nadie te recuerda. Ese es el momento exacto de tu muerte definitiva. Hacer memoria es prolongar la vida del recordado. Como una obsesión que me acompaña a donde voy, trabajo con los materiales de la memoria, leyendo, escribiendo, escuchando lo que otros dicen. De Sebald aprendí en "Los emigrados" una frase que no me suelta: "Recordar a los muertos nos distingue de los animales".

A continuación, en la misma contratapa, hay una lista de nombres de los cuales distingo, vagamente, los de George Perec y Pierre Jacomet, los demás ni me suenan. Y el código de barras. Hojeo el libro, miro los créditos. Nada. No hay más señales que éstas y la cubierta con una foto de tres niños, dos de ellos remando en un bote. El fondo blanco. Lolita editores.
Por supuesto, cualquier resistencia inicial –extrañeza, más bien- hace rato que fue vencida y salgo de la librería, en Santiago, con Algunos adioses bajo el brazo, feliz. Al subirme al metro, poco después, comienzo a leerlo con crecientes dosis de intriga y fascinación. Cuando me bajo en Los Héroes, además, su lectura me tiene emocionado. Aunque más que emoción, lo que provocan estas -apenas- 97 páginas es conmoción.



Cada historia o semblanza de los personajes narrados, verdaderos epitafios de seres comunes y corrientes y a la vez inigualables, cercanos, amigos o investigados por Mouat, conmueve.
Con la consigna moral de que la memoria de quienes están muertos hace que sigan vivos, el también autor de la novela El empampado Riquelme (en mucha sintonía con el presente libro) monta un remix con textos de diferente extensión, diferentes voces narrativas y estructuras, pero que juntos suenan afinados y constituyen un híbrido ejemplar sobre los recuerdos, los lazos profundos entre las personas, la muerte y todo aquello que no lo es. Esto último, sobre todo. Y en esto último cabe la amistad, los accidentes, la sobrevivencia, la estupidez y la grandeza, los gestos mínimos y los máximos: "Segundos dentro de minutos dentro de horas dentro de días dentro de semanas dentro de meses..."

Pero, aún más que lo anterior, sorprende la habilidad del autor/editor convertido en DJ de palabras para, con un magma textual determinado, ofrecer esta remezcla que se eleva por encima de la mera suma de sus partes, sampleando con certeza y buen oído sus propias partituras.

De alguna forma, Mouat demuestra lo que postula: que a partir de los recuerdos narrados –su confianza en las palabras es total- es posible restituir un poco la vida. Y en cuanto al estilo, que a partir de textos independientes y cerrados, es posible crear uno mayor, completamente nuevo, personal aunque trate de otros antes que de él y, desde luego, con vida propia.

Encuentro una foto suya en el computador. Luce al medio del grupo, bella y sonriendo, una o dos semanas antes de saber que estaba enferma. Me prestó un libro el año pasado. Lo tengo aquí, a mi lado. "Sesenta relatos", de Dino Buzzati. Le gustaban mucho; algunos de ellos los dejó marcados con pequeñas etiquetas plásticas de color verde y lila y forma de lápiz. Adentro del libro, una boleta de una cafetería de Santiago en donde ella pidió, el 23 de septiembre de 2008, a las tres y media de la tarde, una ensalada naturista y un jugo de frambuesa. Imagino que esa tarde comió sola, leyendo en silencio los cuentos de Buzzati o soñando ilustraciones para libros de niños. (pág .75)

miércoles, 21 de septiembre de 2011

libros leídos (1)



En Madrid continúan las huelgas y se dejan sentir las primeras ventoleras otoñales. Miles de profesores y alumnos en las calles del centro protestan en favor de la educación pública. Como ocurre en Chile, pero muy distinto.
En el Retiro, las primeras hojas secas caen copiosamente de las copas de los árboles: una lluvia de hojas.

Y yo leo algunos libros que traje de Chile.
De autores chilenos, mayormente.
Libros como Sobre cosas que me han pasado, de Marcelo Matthey Correa, el bello y extrañísimo e irrepetible libro editado por la idem editorial Los Libros que Leo. Se trata de dos diarios que, en total, abarcan anotaciones desde 1987 a 1989. En ellas el autor se recrea en una serie de asuntos cotidianos, más bien anodinos, que son los que parecen componer su vida durante ese período, un período especialmente revuelto a nivel social y político en Chile, a pasos de recobrar la democracia después de 17 años de militares o a pasos de un nuevo golpe de estado o dios sabe a pasos de qué: no era posible hacer pronósticos confiables por aquellos días, y Matthey no los hace. En su lugar va la playa, da largos paseos por el centro de Santiago, entra a bibliotecas públicas y lee, va al cerro San Cristóbal cuando está vacío, ese tipo de cosas, las que ocurren cuando no ocurre nada, las que se llevan las horas muertas.

No es un libro -está claro- con demasiada acción. Menos aún con intriga. Pero tiene tono. Tiene una voz que se queda como reverberando en medio de la ciudad. Son tan pueriles las cosas que se cuentan, y contadas de forma tan primitiva, que se revelan en su contrario exacto: en su esencialidad, sobre todo cuando el lector se ve obligado a completar con su propia experiencia los espacios y situaciones descritas, cuando su voz, la de Matthey, a ratos, pasa a ser la de uno mismo.

Copio un par de entradas de sus diarios (correspondientes al año 1988):

“26 de septiembre
Me acuerdo de que durante mi viaje de ida a Antofagasta el bus paró en Huentelauquén como una media hora más o menos. La mayoría de los pasajeros aprovecharon de almorzar, pero yo preferí no comer nada, y mientras tanto caminé un poco hacia el mar.
En toda esa parte había más que nada dunas, algunas casas y muy poca gente. Por eso, casi lo único que se escuchaba era el viento.
Atravesé un hilito de agua, donde había un burro bebiendo, seguí hasta una duna alta y desde arriba miré hacia todos los lados. Me quedé un momento ahí. Tuve luego la sensación de estar cerca de conocer algo, así que me quedé un poco más. Pero no pasó nada.
Después volví y como a las cuatro seguimos el viaje.
”

“29 de septiembre
Después de la siesta salí a caminar. Al llegar a Blanco me fui por la vereda del Club Hípico, en dirección a Bascuñán, y seguí casi hasta la calle Conferencia. Pasé un momento a la iglesia que está por ahí; me senté en el penúltimo asiento y escuché un poco de la misa. Mientras estuve sentado me pasó algo parecido a lo de Huentelauquén, cuando me puse en la duna alta.”

lunes, 20 de junio de 2011

lecturas primaverales

Varios de los libros que he leído, que aún repaso, releo, que me han acompañado y he disfrutado durante esta primavera –desde marzo hasta ahora, aproximadamente–, noto, son libros más bien breves, que rondan las 200 páginas. Ya sean de ficción o no, o híbridos. Ya sean gráficos, novedades recién salidas de la imprenta o publicados por primera vez hace más de un siglo.

He de admitir que, a pesar de que he abandonado un par de novelas que me han parecido sobrevaloradas, aburridas o que simplemente me han dejado frío (Richard Yates de Tao Lin, Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac, por ejemplo, dos ejemplos de literatura hipster inflada por otros hipsters; o sea, poquísimo más que una mera moda), ésta ha sido una temporada colmada de lecturas muy estimulantes, cada una de las cuales me hubiese gustado compartir, recomendar, poder escribir acerca de ellas y describirlas por separado y en extenso, pero que –y para aprovechar el entusiasmo y no omitirlas sin más– al final me limitaré a tan sólo recapitularlas (mejor así), mientras la primavera en Madrid cede ante el aplastante calor seco del verano, que a ver si trae páginas que refresquen tanto como las de ésta estación que ya nos deja.


Severina, de Rodrigo Rey Rosa
En poco más de 100 páginas el guatemalteco se despacha una melancólica y misteriosa historia de amor y libros y amor por los libros, con un personaje femenino central, Severina, por la cual dan ganas de perder totalmente la cabeza. Otra vez RRR entrega una narración contenida, sin metáforas ni excesos poéticos, donde no sobra una coma.



I never liked you, de Chester Brown
El dolor de crecer, de no encontrar las palabras adecuadas para decir lo imposible. La adolescencia retratada en viñetas, episodios que podrían haber sido contados -cantados- por Arcade Fire, canadienses como el autor, si hubiesen compuesto “The suburbs” veinte años antes. Trazos limpios sobre fondo negro, con un componente autobiográfico que raya en el impudor, pero que de tanto forzarlo se transforma en una forma de sinceridad que es precisamente lo que le da hondura a esta novela gráfica de iniciación. Muy pronto me pondré a leer su último álbum, Paying for it, recién publicado.



Revelación de un mundo, de Clarice Lispector
Desprevenido, sin haberla leído antes pensado que era "Diamela Eltit", abro esta colección bastante autobiográfica y fragmentada de crónicas escritas para el periódico Journal do Brasil y me encuentro con frases como las que copio acá abajo:

“Era la levísima embriaguez de andar juntos…”
“Andaban por calles y calles hablando y riendo, hablaban y reían para dar materia y peso a la levísima embriaguez que era la alegaría de su sed…”
“…¡Cuánto admiraban estar juntos!”
“Hasta que todo se convirtió en no. Todo se convirtió en no cuando quisieron esa misma alegría. Entonces la gran danza de los errores. La ceremonia de las palabras desacertadas. Él buscaba y no veía, ella no veía lo que él no había visto, ella que estaba allí, sin embargo. Y él que estaba allí. Todo salía mal, y cuanto más se equivocaban, con más aspereza querían, sin una sonrisa. Todo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban ya distraídos. Sólo porque, súbitamente exigentes y duros, quisieron tener lo que ya tenían…”
(pág. 249)



Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett
Uno de los hits literarios de la escena editorial indi actual. Libro fronterizo de un hipster al cual se le perdona el pasarse de revoluciones consigo mismo, pues su propia biografía ya da por si sola para un libro y para haber hecho los discos que este músico barbón ha publicado bajo el nombre de Eels, a saber: siendo él todavía muy joven muere su padre, un destacado físico cuántico, mientras el joven Everett intenta reanimarlo. Le sigue la muerte de su madre, del manager de la banda y la tía azafata que iba en uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre, además del suicidio de su hermana adorada y perturbada como una cabra. Como si fuese poco, este libro también cuenta cómo un avión se estrella en la puerta de su casa. Y ¿qué hace el chico? Canciones. Y un libro: éste. Para sus nietos si llega a tenerlos, para vivir, para sobrevivir. Bonito, ¿no?



Formas de volver a casa, de Alejandro Zambra
Los ochentas en Chile visto por un niño. La clase media. Novela sobre cómo escribir la novela que está escribiéndose en paralelo. Las imágenes de Santiago, de las micros donde uno se quedaba dormido y aparecía en otro planeta, las nuevas villas de casas pareadas en comunas distantes. Crecer con el trasfondo de un país al que perteneces de forma vicaria, pues es el país de tus padres y no el tuyo. Relato más cabal que Bonsái, su primer “EP”, y a años luz de su segundo, La vida privada de los árboles.



Estrellas muertas, de Álvaro Bisama
Otro chileno, cuya última novela acabo de terminar en el metro de camino al trabajo. Una historia sobre los noventas y el marasmo de esa década en Chile, y en provincia además, donde no pasaba nada, donde la generación de aquellos que, como el autor, ahora promedian la treintena fueron –fuimos, pues yo estoy en el mismo target, dicho sea de paso– testigos de un tiempo que se diluía entre días iguales los unos a los otros, sin ton ni son, con el walkman atronando en nuestras cabezas. La época de Frei, del suicidio de Kurt Cobain y de revoluciones sofocadas con la tele prendida hasta la madrugada a ver si por fin uno era capaz de conciliar el sueño.



Relatos de Praga, de Rainer María Rilke
Dos cuentos con la fantástica ciudad checa de fondo, con la precisión poética de la prosa de uno de sus hijos más ilustres, pese a que escribía en alemán. Cito un par de pasajes, qué otra cosa podría hacer:

“… porque del pasado sólo poseemos aquello que amamos. Y queremos poseer todo lo que hemos vivido.”
(del Prefacio)

“… y se olvidaba, como siempre, que tal vez podía tratarse de una experiencia imperceptible, una de esas decepciones profundas y silenciosas que dan a las almas delicadas la oscura certidumbre de que las cimas y los abismos de la vida son cosas del pasado y que ahora empezaría una vasta, muy vasta llanura con pequeñas hondonadas y ridículos túmulos muy cansada de correr.”
(pág 40)


Romher, de Carlos F. Heredero
Gran repaso a la obra del gran Eric Romher. Posiblemente el libro que más he subrayado de todos los que he leído. Agudos, certeros análisis de sus películas, y muy bien escogidas citas del director francés provenientes de las más diversas fuentes. Cuando el autor de este ensayo –y director de la “Cahiers du cienema” made in España– deja hablar a Romher, en todo caso, es cuando más y mejor se van abriendo las puertas de su personal universo fílmico y, en último término, vital:

“Lo que me irrita, lo que no me gusta del cine moderno, es el hecho de reducir a las personas a su comportamiento. (…) De hecho, debemos mostrar lo que hay más allá del comportamiento, aún sabiendo que sólo se puede mostrar el comportamiento. Me gusta que el hombre sea libre y responsable. En la mayor parte de las películas, es prisionero de las circunstancias, de la sociedad, etc. No se le ve en el ejercicio de la libertad. Libertad que quizá es ilusoria, pero que existe incluso a este título.”
(pág. 45)


El malogrado, de Thomas Bernhard
Recuperación editorial muy acertada. Todas las marcas distintivas del holandés, que en este libro hace una disección brutal de la amistad entre tres sujetos, dos de los cuales sucumbieron ante el genio del tercero: ni más ni menos que el pianista Glenn Gould (el más grande intérprete de Bach, qué duda cabe). El que sobrevivió al centro de gravedad de éste, a su fuerza centrífuga, mejor dicho, es quien narra la historia. Un relato, como cabe esperar de Bernhard, duro, jodido, envenenado por todos sus costados, con personajes con el alma gangrenada. Pero absolutamente adictivo.

“Si algo nos estorba, tenemos que eliminarlo, había dicho Glenn, aunque sea sólo un fresno. Y no debemos preguntarnos antes si podemos derribar el fresno, con eso nos debilitamos. Si pedimos permiso primero, nos quedamos ya tan debilitados que puede resultarnos perjudicial, y tal vez aniquilador, según él, pensé.”
(pág. 72)


Papeles falsos, de Valeria Luisseli
Esta guapa y joven mexicana está haciendo que todo el mundo hable de ella. Y se lo merece, pienso, entre otras cosas por su capacidad para articular párrafos con gracia y estilo, frases que provocan el placer más primario de la lectura cuando fluye y echa a andar los engranajes del cerebro. Acaba de publicar su primera novela, Los ingrávidos, que ya ansío leer con las expectativas que me generaron sus muy libres ensayos compilados bajo el título Papeles falsos, donde habla de todo. Así cogiendo un poco al azar, de cualquier página, suelta cosas como:

“De esta manera, el exceso de definición que adquiere un semblante con el tiempo, y que culminaría tal vez en un monstruoso exceso de identidad –en una mueca–, se contrarresta con la simultánea pérdida de esa identidad. Es quizá por ese motivo que todos los bebés y todos los ancianos se parecen entre sí sin parecerse a nadie en particular.”
(pág. 19)


Diarios de bicicleta, de David Byrne
El enorme gozo de leer un libro de viajes lleno de reflexiones sugerentes, escrito con soltura y sentido crítico. Mini ensayos sobre arte, urbanismo, el mundo, los espacios donde vivimos y cómo los habitamos, visto desde las dos ruedas de una bicicleta por el ex líder de Talking Heads que, a estas alturas, es muchísimo más que eso. Y además una edición impecable, que da gusto, que jamás competiría con el más hi tech de los formatos electrónicos, que los sobrevivirá a todos. Para leer una y otra vez y después largarse a pedalear por tu ciudad y mirar todo mejor, más claro, con los ojos nuevos.

“¿Qué tienen ciertas ciudades y sitios, que promueven actitudes específicas? ¿Son sólo imaginaciones mías? ¿Conforma la infraestructura urbana la vida, el trabajo y la sensibilidad de sus habitantes? Sospecho que bastante. Mucho me temo. Todo este discurso acerca de carriles bici, edificios feos y densidad de la población no reflexiona sólo sobre estas cosas, sino también sobre en qué clase de gente nos convierten esos lugares.”
(pág. 300)


Los enamoramientos, de Javier Marías
Prefiero no decir más que soy fan total de Marías, con lo cual esta nueva novela suya ya me vale por todas las del año. Un breve ejemplo de la maquinaria intelectual y artística del madrileño:

“Supongo que también él necesitaba enemigos, alguien a quien echar la culpa de su desgracia. Lo que hace todo el mundo, por otra parte, las clases bajas como las medias y las altas y los descalzados: nadie acepta ya que las cosas pasan a veces sin que haya un culpable, o que existe la mala suerte, o que las personas se tuercen y se echan a perder y se buscan ellas solas la desdicha o la ruina.”
(pág. 81)

jueves, 19 de mayo de 2011

la ingravidez y otros asuntos, por john berger

En su más reciente libro traducido al español, Con la esperanza entre los dientes, John Berger suelta reflexiones de toda índole, sobre todo políticas y sociales.
En una era que, pese a la magnitud de los eventos que suceden a cada instante en el mundo, reina el desconcierto y la parálisis social -las manifestaciones de estos días en la Puerta del Sol comienzan a demostrar, poco a poco, un cambio en la actitud general, pero es todavía incipiente-, en una época donde -no nos engañemos- globalización, más que un término cool, no es otra cosa que un eufemismo para no decir capitalismo (ahora en su momento más brutal, tal vez), las palabras de Berger resultan pertinentes y necesarias:

sobre emigrar
"Todos los días, la gente sigue señales que apuntan a algún sitio que no es su hogar, sino un destino al que decidió ir. Señales de carreteras, señales de embarque en algún aeropuerto, avisos en las terminales. Algunos hacen sus viajes por placer, otros por negocios, muchos motivados por la pérdida o la desesperación. Al llegar, terminan por darse cuenta de que no están en el sitio indicado por las señales que siguieron. Donde se hallan tienen la latitud, la longitud, el tiempo local y la moneda correctos, y no obstante no tienen la gravedad específica del destino que escogieron."

"Algunos cuantos de estos viajeros emprenden un viaje privado, hallan el lugar que anhelaban alcanzar, que a veces es más rudo de lo que imaginaban, y lo descubren con alivio sin límites. Muchos nunca lo logran. Aceptan los signos que siguieron y es como si no viajaran, como si se quedaran siempre donde ya estaban."

sobre un (no)lugar en el mundo
"De los miles de millones de conversaciones por telefonía móvil que ocurren cada hora en el centro y el extrarradio de las ciudades del mundo, la mayoría, sean privadas o de negocios, comienzan con una declaración del paradero o ubicación aproximada de
quien llama. La gente necesita de inmediato identificar con precisión dónde se encuentra. Es como si los persiguiera la duda de que tal vez no estén en ninguna parte. Envueltos en tantas abstracciones, tienen que inventar y compartir su localización transitoria."

sobre el hombre moderno
"El consumidor es esencialmente alguien que se siente perdido (o a quien se le hace sentir perdido) a menos que consuma. Las marcas y logotipos de las mercancías son el sitio que nombra esa ninguna parte."

sobre unos y ceros
"Tiempo digital. Continúa por siempre, ininterrumpido durante días y noches, las estaciones, el nacimiento y la muerte. Tan indiferente como el dinero. Aunque, siendo continuo, es brutalmente singular. Es el tiempo del presente guardado aparte del pasado y el futuro. En su interior sólo el presente tiene carga, los otros dos carecen de gravedad. El tiempo ya no es una matriz sino una única columna de unos y ceros."

miércoles, 16 de febrero de 2011

febriles viñetas de febrero

Tres libros gráficos muy distintos entre sí que han marcado mis dos primeras semanas de febrero.
El primero: Los gatos son raros y más observaciones, de Jeff Brown, quien ya antes, hace un par de años, había entregado un primer álbum sobre gatos, Gato saliendo de una bolsa, donde recreaba las chistosas andanzas de una minina llamada Misty. Ahora hace algo similar pero apuntando escenas cotidianas en la vida de dos gatos que un día llegan a instalarse en la casa del también autor de Clumsy, homenajeando una vez más -y nunca es demasiado- a estas adorables criaturas peludas y misteriosas que duermen, que nos analizan, que nos quieren y se mofan a la vez, que juegan, adornan y, de algún modo, cuestionan -enriqueciéndola- nuestra imperfecta existencia humana.



Desde Perú, donde, por lo visto, no sólo su inmensa producción literaria, sino también el cómic y la narrativa gráfica constituyen un rico universo poblado de autores y propuestas a descubrir, llega a mis manos Islas de Rodrigo la Hoz, quien en este álbum, ganador de un concurso en su país, propone una divertida y a la vez inquietante reflexión sobre las drogas, la incomunicación, la soledad, la naturaleza, los insectos, el aislamiento y los mundos interiores de sus personajes a lo David Lynch, cruzando todo esto con una estética tipo Cris Ware, pero (aún más) lisérgica.



Y por último, el grandioso regreso de Daniel Clowes con Wilson, una novela gráfica construida a partir de páginas con historias que se resuelven de forma independiente, pero que en conjunto articulan una historia mayor, tanto en la forma como en el fondo, y que pone en primer plano a un personaje enorme, mínimo pero brutal, que -no me extraña- ha despertado reacciones de todo tipo, desde una simpatía absoluta -de culto- hasta la repulsión visceral. Sin embargo, adivino que ni una ni otra actitud es la que corresponde asumir ante una obra de este calibre, pues Wilson, un cuarentón amargo y solitario, más allá de sus virtudes y defectos -como todos- nos interpela en nuestra dimensión más íntima, aquella que, por lo general, ocultamos, nos descubre un lado no siempre agradable, aunque real, confrontándonos con un mundo alienado, quebradizo y enfermo, y velado por las apariencias de una sociedad, un orden que, no obstante, está siempre a punto de estallar en mil pedazos.



Posiblemente su trabajo más contundente desde Ghost World. Tal vez mejor aún que éste, lo que no es poco decir, como sabrán aquellos que hayan tenido la fortuna de adentrarse en el fantasmal mundo de Rebeca y Enid, el par de adolescentes que, entre paréntesis, fueron interpretadas en una más que correcta adaptación cinematográfica por ni más ni menos que Scarlett Johansson y la -acá- inolvidable Thora Birch, bajo la dirección de Terry Zwigoff y junto a la gran -gran- figura de Steve Buccemi en un rol semiprincipal.


Pero el tiempo ha pasado y Daniel Clowes ya no habla de adolescentes dañadas sino de seres en su plena madurez (cercanos al Ignatius Reilly de John Kenndy Tool), a quienes la vida les ha pasado por encima y de pronto se encuentran sin puntos de apoyo. Sin concesiones, sin complacencias de ninguna clase, Daniel Clowes se muestra más rabioso y honesto que nunca.

jueves, 6 de enero de 2011

fines de diciembre, comienzos de enero

Llevo todo el año en cama.
Resfriado. Mal.
Vaya manera de comenzar el 2011.
El 31 me enfrié y al día siguiente estaba con fiebre y escalofríos.
Había pasado a buscar a Gus a su casa para despedir -y en mi caso mandar un poco a la mierda- el 2010 de la mejor y única forma en que concebía hacerlo: corriendo, participando en la popular maratón San Silvestre, llamada acá “La Vallecana” ya que acaba en y atraviesa buena parte de Vallecas, el emblemático barrio símbolo de las luchas sociales y revueltas de antaño en Madrid, según me explicaba Gus al término de la carrera mientras yo tiritaba.
34 mil corredores aproximadamente. Muchos de ellos disfrazados de pollo, de los cazafantasmas, corredoras con tutú, con pelucas de colores, todos festejando, con las camisetas de sus equipos de fútbol favoritos, con máscaras o simplemente vestidos con la indumentaria propia de los deportistas, recorriendo las heladas calles de la ciudad al anochecer, bajo la iluminación navideña.
Al llegar a la meta me encontré empapado de un sudor frío que pronto se iba a transformar en catarro.
Sin embargo, como he dicho, no tenía intenciones de acabar la década recién pasada de otro modo más que corriendo. ¿Por qué tal obstinación? Tal vez porque correr, salir a trotar habitualmente, es algo que comencé a hacer -algo que descubrí- recién en 2010, hace menos de un año, y se ha convertido en una parte de mi vida. A ratos en la mejor parte.
Pese a los síntomas que me aquejaban, me pasé esa noche -de noche vieja- nuevamente a casa de mi amigo Gus a cenar, tomar las uvas y a recibir el año nuevo comentando la carrera y, sobre todo, acordándonos de un escritor admirado por ambos, que en distintas circunstancias conocimos -casi- de forma paralela durante 2010: Fogwill, el autor de Los Pichiciegos, del cuento de culto Muchacha Punk, de la maravillosa novela corta Help a él y de varios otros libros entrañables e inclasificables como él mismo, a quien Gus tuvo ocasión de entrevistar hace algunos meses, doce días antes de que falleciera víctima de un enfisema pulmonar que lo tenía entre las cuerdas desde hace ya un tiempo.

Meses antes, en Madrid, pude presenciar una conferencia que Fogwill dio en el Caixa Forum ante no más de 15 personas. Apunté en una libreta un par de cosas que dijo en esa oportunidad:

“El lector necesita toda la verdad, pero no toda la verdad de los hechos, sino toda la verdad literaria; es decir, que el autor no le mienta. Yo le engaño, se lo digo y el lo sabe. No hay nada ahí que pueda ser creíble.”

“ [Para escribir] …un 86% de rabia y un 14% de emociones confusas.”

“Solamente puedo escribir en contra. Escribo contra lo establecido y me rindo ante los valores.”

“Una vez una mina me dijo: vos no tomás cocaína para hacer el amor, hacés el amor para tomar más cocaína… Era una mina experimentada.”

De algún modo, pienso, fue una gran manera de terminar la década. Hacia las 3 AM, estaba ya de regreso en casa, metido en mi sobre y releyendo subrayados en libros de Fogwill y sintiendo cómo me subía la fiebre.

Durante los días sucesivos no me presenté en el trabajo y apenas salí de la cama para atender cuestiones básicas o urgentes o ir al médico para que certificara mi estado de salud, con lo cual durante estas primeras horas de 2011, de encierro, silencio y cama, no me ha quedado más remedio que arreglármelas para descargar películas y leer.
Acabé la muy entretenida novela Slam (Todo por una chica) de Nick Hronby, pero, sobre todo, leí algunos libros del cineasta Eric Rohmer, quien por cierto también murió el año pasado.
Hace algunas semanas había acabado de leer su única novela, Elisabeth, escrita por él a los 26 años bajo seudónimo, donde el francés ya dejaba entrever muchos de los motivos recurrentes en sus películas (la moral, los triángulos, la naturaleza, las pasiones y pulsiones internas de personajes que hablan un montón, no tanto para dar cuenta de una acción o impulsar la trama sino para definir sus indefinibles y complejas personalidades según cómo resuenan éstas en el aire al entrecruzarse unas con otras).
Leí también algunos pasajes de un extraño ensayo firmado por Rohmer llamado Sobre la noción de profundidad en la música. Extraño digo quizás porque en sus películas casi no hay música, lo cual tampoco es del todo cierto ya que la hay pero incorporada al relato mismo (es diegética, o sea suena música si en la escena alguien toca un instrumento o si enciende una radio, por ejemplo). Además, según su teoría, los silencios -que abundan en sus pelis- también connotan una musicalidad, en fin. En este libro se despacha sesudas reflexiones en torno a Mozart, Beethoven, Bach, pero también sobre Kant y Barthes, Cézanne y Matisse y, cómo no, sobre cine, porque para Rohmer las distintas expresiones artísticas en lugar de entenderlas por separado las enlaza y enriquece al relacionarlas unas con otras. Libro difícil, pero gran estímulo. Lo mismo que El gusto por la belleza, un volumen compilatorio de los escritos que Rohmer realizó para la revista Cahiers du cinema, principalmente, y otras publicaciones. En ambos libros se recogen entrevistas al director francés, que concedió bastante pocas, dicho sea de paso. Y tal vez motivado por estas lecturas, volví a ver una de sus encantadoras películas: La rodilla de Clara.
Pero no todo ha sido Rohmer durante estos días de convalecencia.

También vi el segundo largometraje de Alberto Fuguet, Velódromo, quien realiza una valiente defensa del solipsismo de su personaje, Ariel Roth Roth, un treintañero que se siente -y sin duda está- en todo su derecho de no tener más ambiciones que las de andar en bicicleta, ver películas y que no lo molesten demasiado, un diseñador gráfico freelance que “no le pide mucho a la vida”, según la voz en off de sí mismo, y a continuación se pregunta si esto “no es acaso mucho pedir”.
Descargo del ciberespacio, asimismo, The Ghostwriter, la última de Polanski, con un Ewan McGregor estupendo en lo anodino y desperfilado de su personaje. Un escritor fantasma que tiene más de fantasma que de escritor. Poco me importan los líos en que está metido el viejo Polanski con la ley, pero sin duda esta película (¿involuntariamente?) establece conexiones que enlazan con su propia existencia. Posiblemente una de las pelis del año pasado. En absoluto comparable a la notable, urgente y a fin de cuentas emocionante The social network, pero ideal para un día de resfrío invernal en Madrid.

Y por último, dos películas que me faltaban por ver del francés Olivier Assayas. La primera, L’eau froide (“El agua fría”), donde el director de obras como Clean o Las horas del verano, recrea el ambiente y las pulsiones de su adolescencia a través de dos personajes, dos chiquillos fracturados y frágiles y rebeldes que emprenden una huida “romántica” a comienzos de los setentas, cuando las utopías de la década pasada ya se desmoronaban.
En buena parte de sus películas, Assayas -del cual, por cierto, Alberto Fuguet ha declarado hace poco en su blog que es su director favorito-, tiende a presentar a personajes atrapados en la confusión del presente, en una especie de situación de abandono emocional y también geográfico, en permanente búsqueda de un lugar en el mundo, donde sin embargo ninguno posee la capacidad suficiente como para contener al otro.

Algo no muy distinto, en el fondo aunque para nada en la forma, ocurre con la otra de las películas del mismo Assayas que me descargué estos días y que he visto ya más de una vez: Boarding Gate, con una Asia Argento totalmente hipnótica en el papel principal (la predilección de Assayas, al igual que Rohmer, por las chicas guapas y frágiles-pero-fuertes al mismo tiempo, es otra de sus constantes).
La peli adopta la forma de un thriller donde nunca están de todo claras las motivaciones de los personajes, que se mueven en torno a drogas, pistolas, sexo, asesinatos y un mundo degradado, pero tampoco importa demasiado, ni que queden cabos sueltos, la vida está llena de cabos sueltos, y Assayas lo sabe mejor que nadie, pues lo que sale a flote es otra cosa: una sensación general de desarraigo, de orfandad emocional y territorial que está en el límite con la sensación opuesta y análoga que es la de sentirse, allá o acá, donde sea, como en el mismo lugar, en un “hogar”, pues todos los sitios ofrecen el mismo desconcierto y van igual de prisa, ya sea en París o en Hong Kong (o en Madrid o en Santiago o en el DF, por supuesto).

En todo caso, y paralelo a lo anterior, es una película que trata sobre las segundas oportunidades, sobre el perdón y sobre la bestial naturaleza de las pasiones. Filmada con una cámara que se mete en la piel -lo más profundo- de Asia Argento, que es capaz de matar a una persona por la cual, antes, podría haber matado o haber muerto ella misma por amor a él, una chica que se cuestiona el hecho de partir, intentarlo y saber partir de cero una vez más, en un mundo que abre y cierra todas las puertas de golpe y al unísono.

-¿Amabas a Miles? -le preguntan a Sandra, el personaje interpretado por Asia Argento.
-No -responde ella-. Sí, alguna vez lo amé mucho. Pero yo sólo lo excitaba.
-¿Eso no es acaso lo mismo?
- Eso dicen los hombres porque les conviene. Pero no es lo mismo. No lo creo.

De este modo los personajes de Assayas transitan errantes por espacios como evanescentes, sin certezas más allá de sus confusos sentimientos, siempre con el gusto amargo de lo irrecuperable, obligados a tomar decisiones que connotan lo imposible de dar marcha atrás, generando una perdida progresiva de puntos de anclaje, creando así un sentido mayor que está, que siempre ha estado, como diría el viejo Bob, blowing in the wind y que Olivier Assayas logra captar con una ternura, rigor artístico y un riesgo que no sé si lo convierta en mi director favorito, pero estoy seguro, eso sí, que ha contribuido a que me esté recuperando de este resfrío.

En fin, las cosas que pueden pasar cuando uno está en cama, constipado, estornudando y tomando sopas (y hace un rato me corté por accidente la mano en la cocina), que no parece una situación muy auspiciosa puesta de este modo, lo admito, pero ya vuelvo a tener ganas de echarme a correr al parque y, de algún modo, siento que no ha estado tan mal este comienzo.
Quizás el año no podría haber arrancado mejor.

lunes, 29 de noviembre de 2010

en blanco

Ayer
Paso a buscar a Gus y observo la luz lejana del sol que se asoma tras la estación de Atocha al amanecer. Nos vamos al Retiro echando humo por la boca. Al llegar, una multitud de corredores estirando, trotando, meando tras los árboles y en rincones. Diez mil personas frente a la línea de salida, reunidas y prestas a completar los kilómetros que tenemos por delante de la mejor manera posible pese al frío.

Más tarde, en la cafetería que está a la vuelta de la casa de Gus, desayunamos junto a Puri, que ha venido a darnos ánimo. Me quejo un poco de la muchedumbre, comentamos los pormenores de la carrera y evaluamos nuestros respectivos desempeños atléticos durante la misma.

Corte. Estoy en la bañera, los músculos relajados y repasando la jornada matutina: disminuí en casi un minuto mi marca anterior en los 10 kms; nada mal para lo desentrenado que estoy-. Semisumergido y lidiando con el vapor que me empaña las gafas, termino la novela Quemar un pueblo del Pato Jara, que trata temas como la tolerancia, la diferencia y la dignidad de los marginados. Y que nada puede salir bien si se parte de la base de la exclusión como moral social, fenómeno que, por cierto, no dista demasiado -la exclusión, digo- de lo que podemos observar hoy por hoy no sólo en Chile, uno de los lugares donde transcurre la novela, sino en demasiados otros sitios.

Al anochecer, junto a mi amigo y flatmate Mauricio nos vamos al cine. Vemos Uncle boonmee who can recall his past lives del tailandés de nombre y apellidos impronunciables que ganó la Palma de Oro en Cannes. Un hombre enfermo espera la muerte. Tiene los días contados y lo sabe. Entonces se le aparecen –sentados a la mesa, mientras cenan- los fantasmas de su ex esposa y de su hijo que se hizo humo tiempo atrás y ahora llega convertido en una especie de hombre lobo con los ojos rojos. En medio de sus remordimientos por haber matado a comunistas con la misma conciencia de quien ha matado insectos, el moribundo parece transmutarse ante el espectador en otras vidas, como la de un pez, por ejemplo, que seduce a una princesa.
-¿Adónde iré después de muerto? –le pregunta al espectro de su difunta mujer-. ¿Al cielo?
-El cielo está sobrevalorado –responde ella.

Una película que tiene fantasmas, desdoblamientos, animales por doquier y zoofilia poética (?), una película llena de fantasía que exhibe entornos naturales hipnóticos, que hablan por sí mismos –bosques indescifrables, cascadas de agua, cuevas de piedra como un útero-, una historia desbordante de imaginación y que se toma el tiempo que le hace falta, pues su director debe tener claro que lo importante es llegar adonde quieres llegar aunque tardes, y no llegar antes a un sitio que no deseas.



Antes de ayer
Salgo por la mañana en bicicleta a recoger el número (dorsal) con que correré mañana.
Salgo al paseo del Prado y, ante la ausencia casi total de ciclovías, me meto alternativamente tanto a las veredas como a la calle. En un cruce de peatones intento subir la cuneta levantando la rueda delantera y me desplomo aparatosamente hacia delante, cayendo de bruces con los auriculares del Ipod todavía sonando en mis oídos. No me ha pasado nada grave, pero el manubrio de la bicicleta se tuerce y ya no hay manera de enderezarlo. Sospecho, incluso, que no tiene arreglo. Decido, no obstante, seguir mi camino y me echo a pedalear por la Castellana hasta Nuevos Ministerios.
A veces hay que seguir sin importar las caídas, me alecciono como para darme aliento, sin importar las heridas y los daños. Es seguir o devolverse.
Opto por seguir.

Horas después, de hecho, insisto: me voy pedaleando también al cine con mi bicicleta jodida.
Al llegar al Renoir de Retiro, la amarro a la salida en un poste y, por su aspecto, no temo que me la roben. Entro, me siento en la butaca y comienza Copia certificada, la última película del iraní Abbas Kiarostami, con la eternamente guapa Juliette Binoche. ¿Qué se cuenta? Un día en la vida de una pareja adulta. Un día partido en al menos tres instantes cuyas fronteras son apenas visibles. La seducción, la confrontación con el entorno y la aceptación de sí mismos. Personajes que se maquillan para seducirse, que asumen roles, que se reflejan en una pareja de recién casados, en una pareja de turistas y en otra de ancianos que ya no hablan para comunicarse; un hombre y una mujer que buscan conectar y esquivar la rutina que los marchita por medio de una serie de juegos de representación. Una pareja que, de algún modo, se sitúa a ratos en un gran fuera de campo con respecto a los demás –y los demás muchas veces somos los espectadores-, pero que gracias a la destreza de Kiarostami, no obstante, seguimos tan de cerca que, en las últimas escenas, la mirada que cada uno de ellos dirigen al espejo es una mirada vuelta hacia adentro a la vez que una mirada que nos interpela directamente. Pero, ¿cuál es el tema de la peli? El valor de la copia, del original, la imposibilidad –la inutilidad- de distinguir una de otra. ¿Las personas no somos acaso la resultante de una combinación de ADN preexistente y, por lo tanto, copias con variaciones de nuestros ascendientes (que a su vez son otras copias)? Pues para Kiarostami esta parece ser la única condición posible del cine –del arte- en la actualidad. Ésta es su película -según leía en una revista- menos experimental, la primera que no rueda en Irán (esta vez es en la Toscana, en Italia, donde unos personajes dicen, en determinado momento y en absoluto por casualidad, que la ciudad les parece un museo al aire libre), pero no la menos arriesgada; aunque de lenta digestión, me queda dando vueltas, reverberando como el coro de una canción que me suena pero no logro acordarme la letra.



Antes de antes de ayer
Después de la embrutecedora rutina laboral, de la cual no merece la pena reseñar ni estas palabras precedentes, llego a casa, descanso un rato y me largo a correr al parque. En un par de días será la carrera y mi condición física, desde que cumplo horarios y calendario, es cada vez peor. Pero no pienso darme por vencido. Me calzo las zapatillas y salgo al frío otoñal de Madrid repitiéndome una obviedad que, sin embargo, me ayuda: entre salir a correr, por mucha pereza que tenga o frío que haga, y no hacerlo, es mejor hacerlo. Y corro.

Hoy
Me asomo a la ventana en el trabajo.
Cae la primera nevada de la temporada en Madrid.
Dentro de unas cuantas horas podría estar todo cubierto de blanco.

viernes, 19 de noviembre de 2010

asterios polyp

Hace casi un año, después de recorrer y “experimentar” Ámsterdam durante unos días, me pasé una vez más por esa ciudad-objeto-de-mi-deseo que es Berlín y que se encuentra a tan sólo unas pocas horas en tren desde la capital holandesa. A disfrutar una semana o así del frío prenavideño alemán. Y aproveché también de regresar a la compacta pero gran librería –una de mis favoritas- Modern Graphics, ubicada en la popular calle Oranienstraße. Embriagado entre tanto cómic y novelas gráficas, y con un presupuesto personal más que limitado, compré apenas un par libros. Uno lo regalé, Clumsy de Jeff Brown, y el otro me lo traje a Madrid y se convirtió en una de los mejores libros –gráficos o no gráficos, de cualquier tipo de género- que leí en mi vida. Esa onda. Además, acababa de publicarse. Me refiero a Asterios Polyp, la primera y magna obra escrita y dibujada por David Mazzuccheli.


La edición estaba en inglés y pensé que mejor así, leerla en su idioma original, sin contar con que seguramente demoraría en ser traducida y publicada en español, lo cual, por cierto, acaba de suceder estos días gracias a la editorial madrileña Sins Entido, y es apropósito de esto mismo –del feliz recuerdo de esta lectura y de la feliz noticia de su publicación en España- que escribo estas líneas.

La primera vez que leí un libro ilustrado por Mazzuchelli fue Ciudad de Cristal, adaptación de la novela de Paul Auster. También fue la primera vez que leí una novela gráfica, al menos bajo esta denominación. Antes, de niño y no tan niño, había leído, entre otros, Oliver Twist de Dickens, por ejemplo, en una magnífica versión con viñetas tipo cómic que tenía mi padre cuando no existía una categoría oficial para referirse a este género. Pero lo cierto es que a partir de Ciudad de Cristal mi interés por estos libros anfibios se disparó y me puse a leer y a conseguir todo cuanto pude. Hasta –me sabe mal decirlo, pero qué diablos- saqué adelante la edición de Road Story, considerada (discutiblemente, por supuesto) como la primera novela gráfica chilena, hecha por el gran Gonzalo Martínez sobre un cuento del mismo nombre escrito por el gran Alberto Fuguet. Y bueno, editada por mí y publicada a través de Alfaguara. Lindos recuerdos…, en fin.
Pero a lo que voy.
Mazzuchelli.
David Mazzuchlli, el estadounidense que se había dado a conocer más por sus adaptaciones (Batman, Daredevil… ambas de Frank Miller) y colaboraciones que por obras cien por ciento propias… Hasta hora, claro.


Asterios Polyp le llevó como 10 años, y no me parece que sea demasiado tiempo.
Asterios Polyp se llama el protagonista de la historia, un pragmático, misógino, engreído y súper estructurado arquitecto que ejerce de académico, premiado por sus libros de teoría, pero que nunca construyó nada concreto.
Todo comienza con un incendio en el edificio donde él vive. O quizá mucho antes. Pero es a contar de este episodio que se desencadena una serie de hechos que harán que la vida de Asterios Polyp de un vuelco radical.
Creo que como sinopsis argumental, es suficiente. El resto es literatura. O plástica. O las dos cosas. Y mucho más, desde luego. Una obra de arte. Una declaración de principios épica y estética, con una moral cercana a la de Clint Eastwood en cuanto a la composición, defensa y cariño por sus personajes y a nadie que yo conozca en cuanto a la notable búsqueda y experimentación gráfica que exhibe Mazzuchelli a lo largo de estas casi 350 páginas de puro goce, inteligencia, sentido del humor y del ritmo, de rigor artístico y de unos diálogos dignos de la más alta narrativa.


Leer un volumen como éste es distinto a leer una buena novela, distinto a leer un buen comic y distinto a leer, incluso, una buena novela gráfica… Creo que Mazzuchelli va más allá de toda clasificación y con Asterios Polyp ya puede descansar en paz, aunque quizá, quién sabe, dentro de otros 10 ó 20 años volvamos a toparnos con una obra de semejante magnitud. Cruzo los dedos.

jueves, 28 de octubre de 2010

sorpresas en el barrio

La mía es una calle de galerías.
Dr. Fourquet, así se llama la calle, abarca sólo dos cuadras separadas por una pequeña ronda que tiene una fuente de agua en medio. Al estar situada casi inmediatamente atrás del museo Reina Sofía, supongo, resulta comprensible que al salir de mi edificio, cada mañana, tenga dos galerías de arte a mi derecha y tres a mi izquierda; además de dos tiendas de ropa, una floristería y un bar que hace esquina, esto último nada de raro, hay bares en todos los rincones de España. Pero en lo que me fijé con mayor atención cuando me mudé a vivir acá, hace ya un buen rato, fue en la librería de la otra esquina, la que está al llegar a Argumosa -calle emblema del barrio-, justo de cara a la pileta.
“La libre”, como fue bautizada, es pequeña pero con vitrinas vistosas y ordenadas con estilo propio, solía tener una buena selección de novedades editoriales y ciertos libros de fondo indiscutibles, más alguna rareza que ofrecer a lectores omnívoros o bien pretenciosos, o las dos cosas. Ahora, desde hace pocos meses, es una cafetería. Con libros, pero cafetería. Una cafetería modernilla, al estilo berlinés, un collage de muebles y accesorios. Y con libros. Con libros de segunda mano, eso sí, la mitad casi en inglés, también best sellers olvidados, saldos desteñidos que se escaparon de la trituradora de papel, ediciones baratas de tapa dura y, si uno observa con atención, uno que otro ejemplar que resulta ser toda una sorpresa –parecen reclamar su rescate de entre los demás-, y no sólo por el precio.

Una de estas sorpresas me la encontré hace un mes o así. Ya venía dándole vueltas a un título que vi muy bien reseñado en un par de sitios web, Maletas perdidas, la primera novela del catalán Jordi Puntí, a quien jamás había leído y aún no me decidía a leer, con lo que cuesta hacer un espacio entre las siempre infinitas lecturas pendientes. Ese día vi en la vitrina de “La libre”, sin embargo, un libro suyo. No era la novela: era un conjunto de cuentos llamado Animales tristes. Le pedí a un camarero que me enseñara el libro y, no sin dificultad, lo extrajo de la vitrina, miré el precio, una ganga, y me lo llevé.
Los animales tristes de Puntí resultaron ser parejas que se separan, que se pierden, que se quedan juntos como si estuviesen solos, y viceversa, que se mienten y se dicen la verdad, personas que aprenden a encajar los golpes y a darlos, personas que no se complementan, que no conectan pero que se necesitan, historias de amor y de su contrario, que en este caso nunca es el odio (¿el desamor, el tedio?), pero que poseen una suerte de denominador común en cuanto a tema, estructura, personajes y estilo, lo que confiere al volumen un gusto final más a novela que a cuentos, aunque lo que queda, sobre todo, es una voz, la de su autor, una prosa donde se intuye una marca propia detrás de la sobriedad y distancia con que está escrita.
El mismo día que lo acabé, me hice con su flamante Maletas perdidas, en las que me encuentro metido ahora y comentaré, espero, al final de sus 450 páginas.
Este último libro, dicho sea de paso, ya no hubo manera de conseguirlo en la librería de la esquina.

lunes, 25 de octubre de 2010

ganas de más

La historia de un hombre que no paró de correr. La historia de un atleta, claro, pero sin olvidar que un atleta es siempre más que sólo eso, más que un deportista, sobre todo en el caso del checo Emil Zátopek, el corredor de fondo que batió todos los récords, que de algún modo inventó una forma inimitable de correr, de enfrentar las carreras, en medio de una convulsa Checoslovaquia primero invadida por los nazi y después por los soviéticos, con un leve respiro durante la Primavera de Praga. Zátopek corría como si se fuese a acabar el mundo, con la cara desencajada, haciendo aspavientos con los brazos y meneando la cabeza, dando zancadas irregulares, ignorando las técnicas del atletismo profesional, sin más técnica en realidad que la dictada por él mismo. Y así ganaba todo, con ventajas humillantes sobre sus adversarios, con una facilidad pasmosa. Un hombre que tal vez veía en el acto de correr una forma de libertad ante los numerosos sistemas de control que había en su país y en el mundo.
Su historia no es trágica ni tampoco divertida. Es excepcional, eso sí. Algo que en gran parte me atrevo a aseverar después de leer la intensa y breve novela del francés Jean Echenoz, quien escribe este relato de fondo como si fuese un sprint, del mismo modo como el propio Emil enfrentaba sus carreras: podía tener los 10 mil metros o la maratón (42 kms) por delante y, sin embargo, corría como si fuese una prueba de velocidad, desconcertando a sus oponentes, desafiando a las capacidades humanas, y, por supuesto, ganando invariablemente. Echenoz, por su parte, con un estilo seco que más bien resulta depurado, recrea 40 años de vida y de historia a la velocidad de un rayo, en esta falsa biografía llena de verdad, llena de humanidad y sentimientos aunque nunca se los nombre.


Correr es fascinante, absorbente, de escritura apasionada y apasionante, dan ganas de leer la novela más lento de lo que se lee, de quedarse un rato más con cada párrafo, con cada prueba que gana Emil, “la locomotora humana”, lo apodaban. En Checoslovaquia lo consideraron héroe nacional (no era para menos), pero dado el apoyo que manifestó al líder checo Alexander Dubcek (quien buscaba reformar el comunismo imperante en el país), fue expulsado del partido comunista, impedido de competir en pruebas internacionales y relegado a labores como barrendero para subsistir junto a su esposa, una destacada lanzadora de jabalinas.
Un libro que en lugar de dejarme agotado y con la lengua afuera, me ha dejado –tal como ocurre cuando me echo a dar vueltas al parque del Retiro corriendo- cargado de energía, con las pilas nuevas, con ganas de más.