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viernes, 27 de abril de 2012

romanticismo alemán (in den tag hinein)

Correr en círculo, intentar escapar del control y el temor al aburguesamiento son algunos síntomas que acusan estos personajes: seres que sucumben ante el aparente abanico de libertades que se les ofrece más que ante el examen de autoconciencia colectiva propio de ese otro y más conocido cine germano obsesionado con el pasado bélico y el discurso grandilocuente políticamente correcto.

Pero el nuevo cine alemán o, más bien, el de la llamada Escuela de Berlín, opera al revés, es realista y estilizado como cierto cine oriental de corte minimalista, y por lo visto -por lo leído, sobre todo, ya que dentro y fuera de Alemania su difusión ha sido exigua o limitada a festivales independientes- tampoco es tan nuevo. Sus orígenes están en medio de los noventa y se desarrolla durante los dos mil.

A este período precisamente corresponde -además de, según creo, capturarlo- el primer largo de María Speth, In den Tag hinein (2001), cuya traducción sería “Entrado el día” o “Bien adentro del día” o “En el fondo del día” aun cuando en inglés se simplificó como The days between. El dato no es superfluo pues no por nada buena parte del filme transcurre a esas horas cuando todavía no es de noche pero tampoco de día: la hora azul o mágica, que puede ser poco antes de que amanezca o de que anochezca, y es cuando los jóvenes protagonistas –dos adolescentes tardíos– discurren y juntan sus soledades, estirando las horas del día o la noche hasta transformarlas en un tiempo fantasmal y perfecto para que tengan lugar sus citas.


Lynn (Simone Timoteo) reside en el departamento de su hermano junto a la familia de éste: su esposa y sus dos hijas. Vive en una habitación y en el cuarto de baño más que en la casa misma. Trabaja de cajera en un comedor universitario y de go go dancer en un club. En la medida que se distancia de su novio, un pragmático y frío nadador más interesado en entrenarse que en ella, conoce a Koji (Hiroki Mano), un estudiante japonés que apenas habla alemán pero con quien dará paseos en bicicleta, robará en un centro comercial y se emborrachará mirando los aviones; con él compartirá un sentido de libertad y ligereza que no logra con los demás. Koji, por supuesto, se enamora de ella, y su éxtasis (ilustrado en un notable y solitario baile al ritmo de Miles David mientras Lynn yace ebria en su cama al amanecer) se entiende a partir de una de las premisas de esta película: máximo de conexión con el mínimo de palabras o ninguna.

Por esto no es de extrañar que Lynn se comunique más y mejor con quienes no puede usarlas, con Koji, desde luego, o con una de sus sobrinas que es muda y con quien habla a través de señas, transformando los silencios, el silencio, de pronto, en una extraña forma de comunión al mismo tiempo que la alejan de su vida real sujeta a responsabilidades y compromisos, sumiéndola finalmente en el fondo de sí misma.

Maria Speth, la directora, comprende lo que enunció como dogma artístico Vladimir Nabokov: “en el arte elevado y en la ciencia pura el detalle lo es todo”, y acentúa la condición de su heroína al mostrarla tras el reflejo de vidrios o frente a espejos quitándose el maquillaje o metida en la bañera donde flota -languidece- a diferencia de su novio que nada a toda velocidad. Y así, vía planos largos que se suceden como los días, con y sin aparente sentido, una minuciosa observación y un preciso control del ritmo que impone al espectador un nivel de atención suficiente como para implicarlo (o aburrirlo según la paciencia y concentración de éste), sabemos de Lynn y asistimos a sus tribulaciones y adolescencias que, en lugar de conducirla hacia una posible adultez o estabilidad emocional, la sitúan en un punto muerto, en un callejón sin salida frente a un mundo al que siente que tiene que rendir cuentas aun cuando ni siquiera crea en él.


La insularidad, la rabia de Lynn con respecto a su contexto tiene que ver con una forma de rebelión al sentirse atrapada en el presente antes que en el pasado, como ocurre con los personajes de aquel cine alemán contemporáneo pero con los ojos puesto en la Historia con mayúsculas, presupuesto holgado y moral autocompasiva y exportable cuyos ejemplos más plausibles son La caída o La vida de los otros, dos muestras recientes de cine ajustado a lo que se espera fuera e incluso dentro de Alemania -a juzgar por la taquilla- del cine alemán.

La película de Speth, pese a su enorme contemporaneidad, en este sentido, comparte más rasgos con ese género literario tan alemán que es el romanticismo de fines del siglo XVIII: la prevalecencia de los sentimientos sobre la razón y la técnica, la melancolía, la búsqueda de libertad versus el aislamiento, el amor y la muerte, la desesperación existencial del individuo frente al choque que le supone la realidad y la preferencia por paisajes naturales que den cuenta de sus tumultuosos sentimientos, que en este caso son urbanos, impersonales y berlineses, paisajes de cemento donde Lynn y Koji se acompañarán en eventos nada extraordinarios pero dotados de una gran carga emocional, que es lo que se resalta finalmente en cada plano. ¿De qué otra cosa -parece decirnos la directora- puede servir una historia si no es para dar cuenta de las emociones humanas?

En In den Tag hinein además las provoca.


*por cierto, se puede ver (gratis) aquí.

sábado, 21 de abril de 2012

las miradas más tristes

“La humanidad persiste irredimiblemente en la caverna platónica, aún deleitada, por costumbre ancestral, con meras imágenes de la verdad.”
Susan Sontag, Sobre la fotografía

Cuando sobreviene el momento en que, luego de encender un cigarrillo, Harriet Andersson –Monika– baja la vista, se ensimisma, parpadea y gira posando duramente los ojos enormes sobre el infinito que tiene en frente, sobre uno, sobre mí, me desarmo, por un instante contengo la respiración, ahora sabe que ya no hay horizonte posible, y Bergman se queda allí con toda la libertad del mundo, en uno, en ella, un buen rato: ensombrece el fondo y nos acerca con zoom a su alma en cada detalle del rostro, de la piel, en sus labios, mientras la alegre música se hunde en ruido y humo junto a ella y junto a cada uno de nosotros que, precisamente por ser aludidos con su mirada, en lugar de condenar a Monika, es quizá cuando más cerca suyo nos sentimos y más nos duele su tristeza.



La tristeza del rendimiento incondicional y las pasiones saboteadas por cuenta propia.

"En Sommarlek (Un verano con Mónica) el tierno y hermoso verano terminaba trágicamente. Pero en Monika, al placer se une inmediatamente lo sórdido, y a la felicidad el tedio. Los modernos Robinsones, Monika y su Jules, que sólo tienen un saco de dormir para resguardar su amor, darán pronto la espalda a la alegría para revolcarse en el hastío. Hay que ver Monika aunque sólo sea por esos extraordinarios minutos en los que Harriet Andersson, antes de volver a acostarse con un tipo al que había dejado plantado, mira fijamente a la cámara, con sus ojos burlones empañados de desasosiego, tomando al espectador por testigo del desprecio que siente hacia sí misma por elegir involuntariamente el infierno en lugar del cielo. Es el plano más triste de la historia del cine", dijo Godard de esta película fechada en Suecia el 53.
Y vaya si tenía razón.

Se acaba la proyección sin créditos finales (estilo Bergman), encienden las luces y a la calle. Salgo de la filmoteca pensando en esa mirada.
En las miradas.
En los ojos más tristes del cine (que no es otra cosa que mirada).
En el impacto que hay en el reconocimiento mutuo de la mirada cuando ésta recae en uno como espectador, pero al mismo tiempo mucho más allá de uno, más allá de cualquier cosa, como la de Harriet Andersson anoche en el cine.

Como la de Leonard (Joaquin Phoenix) –recordé- al final de Two lovers, la peli de James Gray. La historia de otro soñador vencido. Otro que al dejarse caer, esta vez en los brazos de la mujer real (Vinessa Shaw) y no en los de su ideal (Gwyneth Paltrow), asume su derrota, sintetiza el salto que da en las primeras escenas cuando intenta suicidarse como una forma de seguir vivo, aunque eso no signifique demasiado, y abraza a la hogareña Sandra (Shaw), la mujer real, con la misma desesperación que a un poste, baja la vista y la levanta hacia nosotros, hacia el lente, desencajada y perdida como se pierden las cosas que nunca se tuvieron.

Sobre miradas de película, sobre otra mirada ante la cual, por cierto, sucumbí en la bendita filmoteca, sobre la mirada de Kim Novak en Vértigo, el propio James Gray admite: “Hacía unos veinte años que no veía Vértigo, cuando se la puse al equipo, justo antes de rodar Two lovers, por el personaje de James Stewart, que se enamora de una imagen idealizada… hacia los dos tercios del film, se encuentra con Kim Novak en la calle y la reconce, van al hotel y ella se gira hacia la cámara, justo antes del flashback explicativo. No sé por qué, en ese momento me deshice en lágrimas. Una de las razones por las que Vértigo es tan grande y tan precisa emocionalmente, es porque el filme la ‘valida’, a ella, como persona. Se convierte en una persona tan importante como él.”



Otros ojos que interpelan, aunque con un signo algo menos trágico, son de los de Giulietta Masina en Las noches de Cabiria, de Fellini. Ella es una prostituta buena y romántica que recibe una y otra vez golpes bajos, es engañada y traicionada debido a su ingeniudad, la misma ingenuidad que parece salvarla y es la que trasluce en su icónica mirada recién llorada que se detiene un segundo en la cámara, un destello apenas, como diciéndonos no se preocupen, estaré bien. Quizá el personaje de Giulietta Masina tampoco ve un horizonte al fijar la vista sino sólo infinito, pero ella, a diferencia de los otros personajes, todavía es capaz de ver el infinito con benevolencia o al menos no reconocerlo como abismo insalvable.



La triste mirada más triste y abismada de todas, la más melancólica y la más bella, sin embargo, quizá sea la de Lucy Muir, Gene Tierny en En el fantasma y la señorita Muir, de Joseph Mankiewicz. En ella se concentran todas las ilusiones. Las más grandes. Y al mismo tiempo contiene el insoslayable peso de la realidad, de lo real de su vida, en la cual se abre una verdadera puerta tridimensional al ver un cuadro colgado en la casa donde se acaba de mudar, un cuadro con el retrato de un capitán de barco del cual, digamos, se enamora -del fantasma del capitán. O sea de alguien que está más allá de su tiempo y espacio. Es la máxima idealización concebible. La imposible historia de un amor total que para tener éxito, paradójicamente, precisa de que muera nuestra heroína, la señorita Muir, y así al fin pueda coincidir con el capitan.



“La vida de Lucy, su tiempo, el tiempo de su materialidad, el que está sujeto a transcurso y ella tenía asigando, aquel en el que las cosas todavía podían suceder, ha fluído en la soledad y el vacío. No en la nostalgia del capitán exactamente, ya que él la eximió de recordar cuando le dio sus instrucciones antes de salir por el balcón, un regalo extraordinario, el más delicado: eximirnos de recordar”, dice sobre esta película, su favorita, Javier Marías, en un entusiasta y certero ensayo compilado en el volumen Donde todo ha sucedido.

En el caso de este filme, de 1947, curiosamente asumido por Mankiewicz como un encargo menor, de aprendizaje, la mirada a la que nos enfrenta es, más bien, a la misma que se enfrenta la joven viuda Lucy Muir: a la del capitán pintado en el cuadro, como invitándonos a participar también de la fantasía de sacarlo de la pintura. De la fantasía elegida a cambio de la realidad. Ese es el trato.

Cuando programaron esta película, en mayo de 2011, fui a sus dos únicos pases en la filmoteca. Recuerdo la excitación que sentí al verla por primera y –más– por segunda vez. Cómo amé a la señorita Muir. Su hermoso aislamiento, todo el tiempo como en éxtasis (“una forma de amor, un remedio de ser feliz”), su fascinación por la muerte igual a casi todos los demás personajes aludidos antes (menos quizá Giulietta Masina). Todos encarnan el ideal romántico del soñador, abatidos constantemente por el desface entre la realidad y lo que imaginan de ésta, pero tal vez –y acá lo más común ya no solo a ellos sino a todos y tan común que nos lo dicen mirándonos a los ojos- abatidos sobre todo por la conformidad, por su dolorosa y, en el fondo, inocente aceptación.
La gris materia de la cual están hechas estas miradas.

martes, 17 de abril de 2012

la frivolidad (gran turismo)

Parece siempre implicar culpa o ser sinónimo de bajeza moral.
Hace poco le decía a una amiga a la salida del cine que suelo interesarme más por frivolidades que por el calentamiento global, la economía internacional, el hambre en África o la violencia en Latinoamérica. Y es verdad. Me preocupa más la programación de la filmoteca de mi barrio que las fechorías -consignadas a diario en la prensa, como en bucle- de mequetrefes y todo tipo de mafiosos repartidos por el mundo. Pero en días como hoy o como cualquier día, en realidad, al encontrarme una foto del rey de España en Botsuana con un rifle al hombro y un elefante muerto a sus espaladas o al leer las afrentas entre empresarios y políticos españoles y argentinos por petróleo, no sé muy bien cómo reaccionar, si con asco o risa, con indiferencia o enfado.

Todo parece moverse a toda velocidad. Pero en ninguna dirección. O en todo caso en la equivocada.

Para calmar la ansiedad me voy a la sección de cultura, a ver si hay mejores noticias. Y no: la crítica italiana ha destrozado la última película de Woody Allen, To Rome with Love, acusando al director –tal como pasó acá con Vicky Cristina Barcelona hace cuatro años- de abusar de lugares comunes, de apelar a una visión propia del “turismo más básico y trillado de la ciudad eterna”. Allen aclaró que se limita a plasmar las impresiones que tiene de las ciudades donde rueda y que no posee un conocimiento profundo sobre la vida política y cultural de Italia.

Faltaba más. ¿No hizo lo mismo recientemente con Midnight in Paris, su premiado y taquillero filme-homenaje a la capital francesa? Puede que Midnight in Paris sea mejor película –ya veremos–, pero también en ella abundan las postales, la mirada del turista. Sin embargo, con Vicky Cristina Barcelona los críticos y el público local se ensañaron acusando a Allen de cometer estas mismas “faltas”, sin reparar demasiado en que la historia estaba narrada desde la perspectiva de las protagonistas: dos turistas estadounidenses precisamente (Scarlett Johansson y Rebecca Hall). Por eso visitan la Sagrada Familia de Gaudí y van a museos de arte contemporáneo. Son turistas en vacaciones, ni más ni menos, durante las cuales descubren variantes del amor y la pasión, se acercan y se alejan de sí mismas, se atreven y se contienen como en medio de una fantasía o del cuento de hadas que deben asumir o no asumir antes de regresar a sus vidas. Son turistas pero no por eso, no por no mirar desde dentro y con conciencia cabal del entorno y sus códigos, no van a experimentar emociones reales y transformaciones profundas.

Después de todo, también las ensoñaciones de Owen Wilson en Midnight in Paris son las de un turista, las de un trasplantado que imagina su vida como una novela, entre libros y artistas y en otras épocas. Por eso no es de extrañar que la mirada de Scarlett Johansson al final de Vicky Cristina Barcelona en el aeropuerto, pronta a regresar a Estados Unidos, si al arribar a la capital catalana estaba llena de expectativas, ahora estuviese triste y ensimismada. El hechizo barcelonés comienza a disolverse, el cuento donde ella era un hada llega a su fin y sus ojos miran como cobrando conciencia que las hadas sólo existen en los cuentos, lo que no quita que esa existencia pueda significar o sentirla como más auténtica que la de su vida cotidiana.

La clase de cuestiones de las que suele ocuparse, en todo caso, Woody Allen en sus películas.
La clase de cuestiones, entre otras varias, por las que me gustan desde hace más años de los que me gustan las películas de cualquier otro director. Incluso estas "frivolidades turísticas" sin épica, siento, restablecen por un instante la armonía moral del mundo.

Así y todo, me pregunto si debiera culparme por quedarme pensando en estas cosas –ah, la frivolidad– más que en los elefantes del rey o el petróleo en Argentina. Reyes, políticos deshonestos, abyectos o tarados abundan, así como turistas, pero como Woody Allen no hay tantos, por mucho que adopte la visión de uno de ellos en sus últimas pelis. Y qué tanto.

Hasta ahora, he de admitir, no había experimentado el menor deseo de visitar Roma. Por prejuicio hacia los tópicos, porque imagino hordas de turistas haciendo cola afuera del Coliseo, puestos de pizza y esculturas en cada esquina e italianos con gafas D&G doradas creyendo que se ven elegantes… Pero quizá, cuando estrenen To Rome with Love, me entren ganas al fin de visitar esta ciudad aunque sólo sea porque la filmó Woody Allen.

jueves, 16 de febrero de 2012

driving sideways

Los viajes, de por sí, lo sacan a uno del estado piloto automático en que solemos vivir la vida cotidiana, por eso regresar al punto de partida puede fácilmente transformarse en un bajón.

Una de las primeras cosas que hago al llegar no es tanto descansar o deshacer la maleta sino ir al cine.

No ver una peli en computador o –imposible- en un aparato de tv, sino meterme al cine, y solo, por mucho que en las demás circunstancias me guste ir acompañado.

Ir como rutina, como ritual, pero sobre todo como una manera de ecualizar los sentidos, estabilizar los niveles de emoción, las pulsaciones y el desconcierto generados durante el viaje.

La sala oscura como catalizador.

Me ayuda a procesar la llegada, a bajarme del avión o del tren. A delimitar, redefinir en algún caso o confirmar territorios propios.

Me ayuda a volver y a aceptar que uno nunca vuelve del todo.

A la salida del cine las cosas, por un instante, se tornan medio irreales. Como traspasar un espejo donde, si hubo suerte, podemos de pronto mirar distinto lo mismo y también a uno (el de siempre), pues hay cintas que si bien no te cambian, sí te despiertan zonas congeladas y conectan cables en desuso. Como pasa, por cierto, cuando se viaja -de aquí lo bien que pegan estas dos actividades.

Al regresar de un viaje reciente -donde también fui al cine (una de las cosas que siento que hay que hacer incluso cuando no se entienda el idioma) y vi Carnage, la última de Polanski, basada en una obra de teatro basada en una novela de Yasmina Reza- dejé la maleta en casa y salí disparado al Yelmo Ideal de Tirso de Molina al último pase del día (de la noche) a ver Drive, del danés Nicolas Winding Refn.


Una cinta melancólica, romántica, con un Los Angeles hipnótico de fondo. Llena de secuencias de acción y violencia de estetizado lirismo. Winding Refn cruza géneros (el noir con el de persecuciones de coches con el thriller...), hace guiños al cine ochentero sin complejos, sin eludir cierta cuota de gore incluso, y suelta una banda sonora irresistible de electro pop (Clif Martínez + College + Desire…) para narrar la epopeya silenciosa e interior de un héroe maldito: un conductor especialista para películas de acción de día, mientras por la noche presta sus servicios a delincuentes para darse a la fuga.

Un conductor sin pasado ni nombre, del cual no sabemos nada al comienzo y nada al final, salvo que se enamora de su vecina. Un verdadero héroe y un verdadero ser humano, como reza la estrofa de Real hero de College. Condenado por su naturaleza también, como los propios superhéroes. No por nada usa casi como su segunda piel una casaca con la silueta de un escorpión cosida a la espalda: su traje, su capa.

“¿Conoces la historia del escorpión y la rana… ?”, pregunta al teléfono a uno de sus clientes contemplando por la ventana las luces nocturnas de L.A., California, surcada de autopistas. Las mismas que él recorre como pez en el agua. Es la ciudad para alguien que se define tras un volante.

El espíritu del personaje encarnado por el notable Ryan Gosling (sus ojos imperturbables, sus movimientos mecánicos y desapasionados), de algún modo, se cuela como un dulce veneno adentro y produce esa clase de emociones difusas que pocas veces reconocemos, que contenemos.

Esa noche a la salida, con el viento frío de enero soplando en la calle, se me cruzaron imágenes de los días recién pasados con los fotogramas de Drive, y regresé caminando a casa entendiendo un poco más, sintiendo más, preguntándome no tanto quién era este anónimo conductor sino, acaso, quién no se deja nunca de ser… Al fin aterrizando en Madrid.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

el mundo material

Buscar ser algo o alguien. Algo distinto a lo que se es. O a lo que parece que se es. O buscar encontrarse con el reverso de ese que también, pese a todo, se es.

Es lo que me pareció entrever en el documental de Scorsese acerca el ex Beatle que quizá más que cualquiera de los otros quería desligarse de la banda cuanto antes, por mucho que ésta sacara lo mejor de sí, por mucho que después extrañase trabajar en grupo, en un grupo tan grande como The Beatles.

No debió ser fácil, durante diez años y finalmente durante toda su vida, ser ya no el segundo sino el tercero de abordo en una banda que tenía entre sus filas a Lennon y McCartney.

No debió ser fácil convivir consigo mismo cuando ello implicaba reaccionar con igual entusiasmo ante asuntos tan disímiles, en los papeles, como la Fórmula 1, la jardinería y el misticismo de la India. Por no hablar de las mujeres o las drogas, los lujos, el dinero y la espiritualidad. Menos si a esto le sumamos el hecho de estar en la mira pública por ser un ex Beatle.


McCartney era –es- un geniecillo, con aptitudes musicales muy por sobre sus compañeros; Lennon era el líder, tenía garra y personalidad y seguridad en sí mismo; Ringo, pese a sus dudas, tenía claro su rol en el grupo, era ingenioso y tenía buen humor. Harrison era el guitarrista tímido y enigmático. Y hasta acá ningún problema.

El problema es que era demasiado consciente de la situación (¿por qué siempre era el más serio?) y, sin embrago, buscaba, quería más. Ser más. Con el inconveniente de tener como contrapeso a esa tremenda dupla compositora en su misma balanza. Entonces, como hasta cierto punto es lógico, sale buscar afuera. Y, testarudo como era, encuentra. Porque eso es lo que necesita: encontrar, diferenciarse, no ser sólo un ex Beatle; mientras sus compañeros estrella se cuestionaban el mundo, él se aferraba a las respuestas que decidió adoptar.

Como pasa con las religiones o fanatismos, que dan respuestas a asuntos indemostrables, pero que nadie te puede objetar. ¿Una salida fácil? Sí y no, porque en caso alguno le resultó fácil. Tal como señala un condescendiente, lúcido y respetuoso McCartney: “para George las cosas eran blanco o negro”.

No existían puntos intermedios, por eso se afanaba en controlar su entorno, sus relaciones, su jardín, su estudio de grabación... En controlarse a sí mismo, a su mente que con toda seguridad lo traicionaba. A veces era encantador, otras violento. Si no hubiese sido por The Beatles, ¿quién hubiese sido George Harrison? Es lo que me pregunto después de ver Living in the material world (vaya título, y extraído de uno de sus propios discos). ¿Un asesino? ¿Un policía corrupto? ¿Un violador? ¿Un dandy? ¿Un buen tipo que va al siquiatra para no cometer delitos? ¿Un evangélico? ¿Un seguidor de gurúes tipo Paulo Cohelo? (Esto último, de algún modo, lo fue).

Quién sabe. Bastantes críticos y espectadores, tras una mirada a la rápida en páginas web, veo que tienden a pensar que a Scorsese se le nota en exceso su calidad de fan, que el documental (proyectado en dos extensas partes que suman como tres o cuatro horas) es benevolente, un tributo, o bien lo acusan de que se deja muchos temas afuera o apenas insinuados, como las infidelidades de Harrison con su esposa que, dicho sea de paso, es productora asociada de la peli, o los plagios de los cuales fue acusado (y con bastante razón: ver “My sweet Lord” v/s “He's So Fine” de The Chiffons) u otras delicadas aristas de su personalidad que, de haberlas explorado en profundidad, Scorsese, primero, no hubiese tenido –supongo- permiso de los familiares para exponerlas; segundo, el documental se hubiese transformado en un culebrón sensacionalista y algo resentido; y tercero, hubiese durado tres horas más de las que ya dura. Pero, tal vez por esto mismo, por dejarse episodios en el tintero, es que es tan inquietante. Tan notable. Mucho más –son otra cosa- que lo que hizo con Dylan (No direction home) o con los Rollings Stone (Shine a light).

Las reseñas que he leído hablan de la fascinación de Scorsese por la música, pero yo creo que más que con la música, su fascinación es con el tipo de personajes que, como Travis Bickle en Taxi Driver, no acaban de cuajar, aquellos que se debaten en su interior entre el amor y el odio, entre sentimientos que los avergüenzan pero no pueden evitar ni tampoco asumir. Que buscan salidas más que entradas. Que necesitan respuestas porque las preguntas en lugar de potenciarlos -como a Lennon, que las transformaba en causas e ideales sociales-, los atormentan y debilitan.

De ahí que Harrison necesitase la meditación, deduzco, que fuese a la India, que optase por la espiritualidad aun viviendo en una fastuosa mansión alejada del mundo real.

No sé.

Soy fan de los Beatles. A hard die fan. Pero a mí siempre el que me gustó fue Lennon. Seguro que a Harrison también le gustaba Lennon. Pero él tenía que ser Harrison, no un fan del líder de su propia banda. Hasta ayer en la noche no había reparado demasiado en estas cosas, y eso que tengo sus discos solista y me sé y me gustan sus canciones y todo. Intuía, a lo más, que su imagen representa, de algún modo, a la del eco-hípster actual, aquel que prefiere el campo, el vegetarianismo, que piensa en su mente, en un más allá y opta por lo low-fi. Pero no todo lo hípster -es más, casi nada, al igual que no todo lo hippie- es sinónimo de artístico o natural o creativo, a veces al revés: es sólo vanidad, evasión o moda, y Harrison, de hecho, descrito por sus familiares en el documental, era desde niño más bien "cocky": coqueto o engreído.

Ahora también capto, gracias a Scorsese, por una parte, la personalidad ambivalente, atormentada, resentida y –aquí tal vez su grandeza- luchadora de Harrison, y por otra el profundo temor, la gran inseguridad que lo invadía y el autocontrol que se impuso, y cabe pensar que hizo bien en habérselo impuesto.

Lo han tildado como el Beatle “misterioso”. Ok. Pero qué hay detrás. Por qué ese misterio, qué esconde. ¿Esconde algo? Por qué tenía que apostar tanto por ese karma, misticismo y sentido de trascendencia. Pues es justo eso lo que Scorsese, según creo, devela en su peli. Y lo hace sin incurrir en el mal gusto del cotorreo o la denuncia, si no que apuntando gestos, palabras, escenas de archivo sutiles pero directas finalmente, además del testimonio de sus ex compañeros de banda, de personajes como Phil Spector (¡grande!), Eric Clapton o George Martin, entre muchos otros.


Scorsese se mete en camisa de once varas, y entiende que no hay que decirlo todo. Al no decirlo todo sino algo -como bien sabía Hitchcock-, al dejar entrever más que ver, el resultado es aún más estremecedor, más inquietante.

Será porque, en mayor o menor medida, todos como Harrison, pese a disimularla, tenemos una cara B, nuestro propio dark side que detestamos (o no) pero ante el cual nos rendimos sin chistar, sin darnos cuenta incluso.

viernes, 28 de octubre de 2011

butaca 8, fila 6

A veces dan ganas de meterse una tremenda sobredosis. Fue lo que hice ayer en los cines Golem, en frente de la renovada librería 8 y Medio, en Plaza España. Tres películas al hilo, y todas buenas. Muy buenas. Lo ideal, ahora me doy cuenta, habría sido verlas una por día para digerirlas mejor. Ahora quizá deba desintoxicarme un poco. O quizás no, porque el festival 4+1 sigue hasta el domingo y todavía hay películas programadas, como Meek's Cutoff de Kelly Reichardt, que no me perdería por nada del mundo.

El lema del festival es una frase de Hitchcock: “El cine es una sala vacía que hay que llenar”. Sin embargo, pese al bajo costo de las entradas, a que las pelis son proyectadas una sola vez y que, salvo excepciones, la mayoría de éstas no entrará en la cartelera comercial, desde la butaca número 8 en la fila 6, constato que apenas hay más gente en la sala.

Decía el argentino Fogwill que un buen escritor o poeta es “aquel que lees sabiendo de antemano que te va a gustar”. Con el cine ocurre algo parecido, pienso. Me pasó con Belle Épine, la ópera prima de la francesa Rebecca Zlotowski. No sé si por el título, por el tráiler o tan sólo por el cartel, esta peli ya me había conquistado.


Hace poco había ido a ver un par de películas en cartelera bien criticadas que resultaron ser una mierda (One day y Una mujer en África). Por supuesto los que firmaron aquellas críticas ya están en mi lista negra.

De Belle Épine, en cambio, no sabía nada y, en cierto modo, ya sabía mucho. ¿Qué sabía? Que va de chicas adolescentes y de una en particular: la bellísima y atormentada/impasible Prudence, interpretada por Léa Seydoux (la chica de la disquería en Midnight in Paris, de Woody Allen).

Pero va también de carreras de moto, de adrenalina sexual, de no sentirse parte, de querer sentir algo, de escapar y perder los puntos de anclaje, de hermanas que están solas y de ausencias que se agudizan ante la presencia de los demás. De adolescentes que adolecen, finalmente, en una suerte de cruce –para mí– entre L’Eeau froid de Assayas, Crash de Cronemberg y Cinderella 80s (aquel hit comercial con Bonni Bianco y Piere Cosso), pero todo filtrado por una especie de sabiduría y sensibilidad muy personal. Tanto que ya soy fan de las películas que Rebecca Zlotowski todavía no hace y espero con la ansiedad de un heroinómano ver en el futuro.


Pausa.
Salgo de la sala a respirar un poco de aire frío y recién llovido a la calle.

El embrujo de Belle Épine no me suelta, no puedo creer lo que acabo de ver. Pero es el turno de la siguiente: el documental Nostalgia de la luz del chileno Patricio Guzmán.

El propio director la presenta ante los escasos asistentes y aprovecha de quejarse, con razón, de que su peli no tenga aún distribuidora en España. Nada más comenzar, siento que el documental habla de mí, de mi historia, de parte de mi pasado y mi antiguo entorno: el desierto de Atacama, en ese país sin memoria que es Chile, donde todavía cuesta mirar a la cara a los demás pero no se deja de mirar las estrellas.

Cuando niño, no sé muy bien porqué, también quería ser astrónomo, tal como confiesa la voz en off del propio Guzmán. Me fascinaba el firmamento, el infinito y el débil resplandor que de allí emitían los astros. Después se me pasó, me olvidé del cielo y tuve que vérmelas con la tierra. Precisamente con la tierra seca y desértica de Atacama. Recuerdo que cuando vivía en Antofagasta salía de noche con amigos en caravana para adentrarnos en los cerros pelados de un sector que por entonces llamábamos “El miedo”. Allí la única luz que existía provenía de fuera del mundo. No necesitábamos más que cerveza y las estrellas para ser felices. Conducíamos en medio de la nada para alcanzar la nada misma, compuesta de tierra y cielo solamente, lo cual, después de ver Nostalgia de la luz, me queda claro que puede llegar a ser todo.


Tanto en el suelo del desierto más árido del planeta como en el cielo transparente de este rincón en Chile, se puede –se deben– leer las huellas del pasado: es la tesis de este documental, que se mete con temas como el tiempo, los miles de desaparecidos políticos enterrados en la pampa durante la dictadura militar, la memoria y la incesante búsqueda del origen, ni más ni menos, estableciendo un sinnúmero de correspondencias que, combinadas con un montaje correcto y algo edulcorado, más el testimonio tanto de científicos como de mujeres familiares de desaparecidos, arrancó lágrimas y desató pasiones entre la concurrencia, la gran mayoría españoles por lo que pude comprobar durante el breve coloquio posterior, donde aplaudían y elogiaban a viva voz la cinta.
Yo, en tanto, permanecía lejos en el espacio y el tiempo aunque todavía en la misma butaca 8, fila 6.

A esas alturas tenía los ojos como un par de huevos fritos. Por un instante consideré retirarme a casa y descansar. Bastante había tenido, la verdad. Pero opté por entrar de nuevo a la sala 2, donde estaban a punto de proyectar la más reciente película de los hermanos Dardenne: El niño de la bicicleta, que ganó el premio del jurado este año en Cannes.

Recordé la sensación que me habían dejado dos películas suyas, El niño y El hijo. Una cierta amargura que, sin embrago, no era debida a la manipulación despiadada a lo Dancer in the dark, ese esperpento del mal gusto y el sadismo, sino más bien producto de la densidad de los temas sociales y morales que ellas trataban.

Y fieles a su estilo, los directores belgas una vez más entregan una película honda, contenida, sin sentimentalismos, dura aunque –oh, sorpresa– esta vez con algunos toques de humor, precisa y con un niño como eje de la narración: Cyril (Thomas Doret), de once años, huérfano de madre y abandonado por su padre, quien se niega a verlo o a saber de su existencia pese a vivir en la misma ciudad, pese a que es todo lo que anhela el niño, que su padre le haga un poco de caso.

Quien en cambio acaba tomándolo en cuenta es Samantha –la muy guapa y ahora madura Cecil de France–, una peluquera que acepta hacerse cargo de él los fines de semana pese al indomable aunque comprensible carácter del niño, que no deja de meterse en problemas, escaparse por puertas y ventanas y correr de un lado a otro como si fuese un pequeño animal en cautiverio, un niño que parece resucitar con más fuerzas de cada uno de los embates que le depara la vida, en medio de su temprana y esquiva búsqueda de un lugar, ya sea propio o ajeno pero a donde sienta que puedan aflorar sus afectos.


La vivaz pero triste y magullada cara del niño, debo decir, es la mitad de la película. O más de la mitad. El chico está increíble (que en este caso significa que está del todo creíble) y verlo hacer combustión montado en su bicicleta mientras recorre el hipócrita mundo que lo rodea es presenciar una de esas contadas secuencias cinematográficas que a veces son más grandes que la vida.

Salgo a medianoche agotado pero extasiado de la sala –a esas alturas era otra cosa: un cuarto propio, una puerta tridimensional, el espejo de Alicia-, felizmente narcotizado por el cóctel de fotogramas que me chuté de una. No recuerdo haber visto antes tres películas -y tan buenas- de forma consecutiva en un cine. Para todo, o casi, hay una primera vez y, claro, no siempre resulta bien, pero lo de ayer resultó de maravillas, me dejó como electrizado de emociones y, sin duda, se transformó en una jornada que difícilmente olvidaré.

jueves, 27 de octubre de 2011

curling

Ayer comenzó un festival de cine que se celebra en cinco ciudades simultáneamente. Se llama 4+1 y proyecta películas que no tendrán -o sera muy difícil que tengan- una distribución comercial decente y, sin embargo, a juicio de ¿quién?, me pregunto, merecen otra, esta oportunidad. Gana la que más vota el público.
En fin, en una sala semi vacía, comencé por una canadiense: Curling, de Denis Côté.

Mis pocas referencias al cine canadiense, haciendo memoria a la rápida, se remiten a la no tan reciente Juno de Reitman, varias pelis de Cronenberg y algunas de Denis Arcand, donde -en las de este último- hay decenas de personajes con ideas políticas y seudo filosóficas, como es el caso de aquel tríptico compuesto por las -para mí- demagógicas y muchas veces vergonzosas La decadencia del imperio americano, Las invasiones Bárbaras y la insoportable La edad de la ignorancia, donde los personajes hablan un montón, se pelean, gritan, lloran, se abrazan y luchan por defender sus posturas, tan humanas todas, trascendentes, pero tan de cartón a fin de cuentas.

En Curling ocurre lo contrario. Hay apenas un par de personajes, y casi no hablan, las ideas son subyacentes al discurso, prima la extrañeza como única resistencia y el director apuesta más por una estética y un tono, sin renunciar a una o varias y complejas temáticas, que por ganarse la simpatía de los bienpensantes de turno.


Curling es un juego sobre hielo donde los participantes lanzan una especie de disco que debe acercarse lo más posible a un centro.
Y aquí el dilema: ¿Hasta qué punto es buena idea acercarse al centro? ¿Hasta dónde es mejor mantenerse al margen? Porque la historia es la de un padre y una hija. Un padre que opta por criar a la niña en su casa, sin que vaya a la escuela, alejada de los peligros de la sociedad -aislada- en medio de un minúsculo poblado eternamente cubierto de nieve.

La película recuerda a Fargo en cuanto a los exteriores fríos y blancos, además de los toques de humor que a ratos afloran y sirven de contrapunto a la creciente angustia que se genera -elementos surrealistas como un tigre en medio de la nada, de la nieve- alcanzando, para mí, una forma bastante original de suspense, donde las historias no resueltas -que, por cierto, abundan- crean una inquietud genuina, distinta a la de cualquier policial o película de vampiros, aunque aquí también hay sangre, y no poca.

martes, 11 de octubre de 2011

somewhere (imágenes del vacío)

La película comienza con un Ferrari dando vueltas en círculo y acaba con el protagonista (Stephen Dorff) bajándose del mismo y abandonándolo para echarse a andar por una carretera. Ok, es un poco spoiler, aunque no es la clase de filmes que se agotan en su argumento, tampoco es El auto fantástico, así que no hay problema, sin embargo creo que sirve como resumen, o más bien como metáfora de la trama. Lo demás es un cine que versa sobre el vacío que ocupa –que llena- los instantes de vida de un actor de Hollywood durante la promoción de una película y, como contrapunto, la compañía de su hija preadolescente (Elle Fanning) quien, sin duda, ya adolece y tanto más adolecerá en el futuro.




Todas las películas de Sofía Coppola me han gustado, desde la inquietante Las vírgenes suicidas, pasando por su hit Lost in traslation, hasta -cómo no- la bella, hipnótica, divertida y popera María Antonieta.

Y esta Somewhere, que con más de un año de retraso llega a la cartelera española, tiene todos los ingredientes que la directora mejor sabe mezclar: el desarraigo geográfico pero, sobre todo, emocional de personajes desfasados, aburridos consigo mismos, y la vacuidad vital de ricos y famosos pero sin caer en lugares comunes o discursos moralistas del tipo "pobre ricachón", debido seguramente a que es la misma sensación que Coppola, al ser tan ineludiblemente hija de, lleva experimentando –que conoce- desde su más tierna infancia, en un trasunto autobiográfico que, combinado con una puesta en escena de planos delicados y colores brillantes, muestra la vida sin brillo de seres que la directora acompaña, cuida, está con ellos y –se nota, se agradece- quiere desde sus entrañas.

Tal vez por eso resultan también entrañables. Y una sala desocupada, un pasillo de aeropuerto o una habitación de hotel pueden contener más vida en sus películas, más verdad que, no sé, una casa de pueblo repleta de familiares italianos hablándose a los gritos.

viernes, 16 de septiembre de 2011

te creís la más linda... (recuento de las pelis que me han gustado últimamente)

Hace unos días, en la filmoteca, vi Cecil B. Demented, de John Waters. Presentada por John Waters en persona. Una comedia no tan trash con Melanie Griffith en, quizás, el papel de su vida: una actriz mala -ella- de películas comerciales malas, es secuestrada por un grupo de sicópatas anti-cine-comercial que la obligan a actuar en un absurdo experimento fílmico perpetrado por Cecil B. Demented, el -supuesto- director del mismo. La guapa Maggie Gyllenhaal, entre paréntesis, hace de satánica. El público reía, aplaudía y se lo pasó muy bien en la sala, lo mismo que yo.


También vi, pero hace como un mes, Violeta se fue a los cielos, la peli de Andrés Wood, que asume una especie de deuda con la figura de Violeta Parra, y cuenta, sobre todo, con una gran protagonista, Francisca Gavilán, en el papel de su vida también. Salvando ciertos metaforones, como ojos y pestañas en primerísimo plano, por ejemplo, logra emocionar y transmitir buena parte de la tremenda fuerza de la multimedia artista chilena.


Un documental extraño: Adentro y afuera, se llama. Del poeta, ex Noreste junto Cristián Warnken y realizador audiovisual, Santiago Elordi, ahora en compañía de Matías Cardone. El docu transcurre en Nueva York y se basa en las respuestas que diversos poetas, casi desconocidos, dan ante preguntas como: ¿se sienten diferentes de los demás?, ¿cuál es su rol o función hoy? o ¿cómo se ganan la vida y sobreviven en una ciudad como ésta? Y el resultado es bastante sorprendente, revelador y uno se queda con una mezcla de sensaciones que, por supuesto, van más allá del evidente cuestionamiento por la poesía.
Se puede ver acá.

Pero la película más divertida, emocionante, con la que me he reído y apenado más al mismo tiempo, es con Te creís la más linda (pero erís la más puta), de Che Sandoval, quien debutó hace un par de años, según leí por ahí, con este largo que presentó como trabajo final de sus estudios de cine. La peli tiene algo de nouvelle vague en su realismo y crudeza a la hora de exhibir y plantear las situaciones que atraviesa Javier, el protagonista (Martín Castillo, quien debuta en el papel de su vida, otro más): un muchacho que se pierde en sí mismo durante una noche santiaguina de borrachera, peleas, intentos frustrados de conquista y lo que haga falta para remecer las angustias existenciales que lo atormentan. Sobre todo una: Valentina, de la cual se ha enamorado... "en cuatro días". Porque esta película, en el fondo, tiene humor, reflexiones nada ligeras en torno a la amistad, a lo que implica crecer y definirse, ni más ni menos, pero es una película de amor, del propio y el ajeno.

Se puede ver entera, y desde hace apenas unos días, nada más dándole al play, en este enlace.

Y acá el tráiler:

lunes, 18 de abril de 2011

carlos

Al fin estrenaron Carlos, la última mega película de Olivier Assayas.
Concebida en algo más de 5 horas, cuya distribución será mayormente en episodios como mini serie para la televisión, el corte de 2 horas y 45 minutos que dura la versión que han programado en cines -apenas dos en Madrid- se me pasó volando, me dejó gusto a poco, con ganas de ver las 5 horas seguidas (y más si las hubiera) y es una prueba más del inmenso talento del director francés, que en esta ocasión rodó, como ha hecho antes aunque no con tal despliegue como en esta peli, en varios países y varias lenguas.
La vida extrema de uno de los terroristas más buscados y temidos durante los setentas y hasta la caída del muro de Berlín, "Carlos" Ilich Ramírez -un guerrillero venezolano por la causa palestina, un rock star que en lugar de hacer solos de guitarra ponía bombas, un idealista consumido por su vanidad, un asesino que desprecia ante todo la traición, aún cuando él se traicione a sí mismo, un mito forjado en su propia mente megalómana, una existencia al margen de todos y de todo, un intruso en el mundo, pero en su mundo-, quien en la primera parte de la peli le dice a una noviecilla: "Se acabaron las palabras, es hora de entrar en acción".
Con diferencia, y desde hace meses, lo mejor de la cartelera comercial.

martes, 29 de marzo de 2011

romher, los espectadores y la filmoteca

Es toda una suerte –un lujo– vivir en Lavapiés. Entre los muchos rincones que me gustan del barrio, cómo no, uno de mis preferidos es la filmoteca.
El cine Doré.
Al lado del mercado Antón Martín, por la calle Santa Isabel, y a cinco minutos andando lento desde mi casa, se encuentra este edificio de fachada rojiza y adornada con columnas. La sala principal tiene dos plantas, la baja y la galería, más palcos, un anfiteatro y un techo con formas arabescas en tonalidades azules que no dejo de mirar embobado cada vez que voy y hasta que comienza la proyección.
Hay dos salas más, una pequeña y subterránea, y una terraza que durante los meses estivales habilitan para el tradicional cine de verano, donde un improvisado bar apostado en la parte trasera ofrece vino, cerveza y otras bebidas para refrescar los pases al aire libre, con el inolvidable cielo de Madrid arriba, anocheciendo.
También, hay que decir, tiene una cafetería muy agradable y una librería especializada, por supuesto, en libros de cine.
Pero esto no sería nada sin la programación, que además de abarcar películas que no tuvieron suficiente o ninguna difusión durante su estreno, películas antiguas o inencontrables o que serían imposibles de ver hoy en día en un cine, películas mudas acompañadas con piano en vivo, clásicos remotos y contemporáneos, mes a mes, como si fuese poco, ofrece también ciclos donde se revisa la filmografía de ciertos directores o actores o bien se agrupan filmes que se enmarcan en una determinada temática.
Desde que vivo en el barrio he asistido a ciclos maravillosos, como al de Darío Argento y sus fantásticas películas trash de terror clase B (o Z, más bien, aunque la denominación oficial es cine giallo), a la revisión completa de la obra de Francoise Truffaut (aún echo de menos las aventuras de Antonie Doniel) y ahora, durante marzo, al repaso de la filmografía casi entera de Eric Romher, que he seguido con gran alegría, placer y la inminente tristeza de que el ciclo esté pronto a acabar, tan entrañables me resultan sus películas.

Felice (Charlotte Véry) en un fotogrma de Conte d'hiver (1992)

Hace unos días, minutos antes de que comenzara Cuento de Invierno, dos hombres mayores -uno de ellos, el que estaba sentado justo en la butaca de enfrente, un anciano se diría, con audífonos ortopédicos, y el otro de pie en el pasillo, no tan entrado en años como el primero, pero evidentemente deteriorado (hablaba de manera apenas entendible, parecía padecer alguna clase de parálisis facial- intentaban comunicarse, ponerse al día como si no se hubiesen visto en un largo período. Este último, el probable parapléjico, se empeñaba en contarle, modulando lo mejor que podía y subiendo el volumen, que había estado en tal o cual sitio, que había vivido en ciudades de Estados Unidos y del resto de Europa y en Marruecos, pavoneándose indisimuladamente no sólo ante su presunto amigo con el cual había coincidido en el cine, sino también ante los espectadores de alrededor que progresivamente iban ocupando las localidades: era imposible no atender a sus palabras entrecortadas y, por cierto, muy poco verosímiles: daba la impresión, transcurrido unos instantes de involuntaria escucha, y entendiéndole a medias, que sus historias, más bien, eran invenciones, fantasías producto tal vez de un cierto grado de demencia. En tanto, su interlocutor, que permanecía sentado y aún tenía un libro abierto entre las manos -con los dedos marcaba la página en que había quedado, pienso, al momento de ser abordado-, le seguía amablemente el juego, contestaba que se alegraba de verlo y de que haya viajado tanto, que él también había estado –y hasta vivido– en alguna de esas ciudades. Su tono era de una sutil condescendencia, no exenta de una pizca de compasión, imagino, con paciencia lo escuchaba como se escucha a los locos, a los desamparados o a los niños muy pequeños que no están en condiciones de comprender algunas cosas pero les basta con algo de atención. El otro, en tanto, proseguía perorando, a primera vista ajeno a lo que pudiese comentarle su "amigo" (era posible, pienso ahora, que ni se conocieran de antes). Con respecto a Romher, le decía que sus películas le parecían “un tostón”, aburridas y pretenciosas; el anciano, en tanto, se ajustaba los audífonos y declaraba que, al contrario, él pensaba que las películas del francés son bonitas, sencillas y con bellos paisajes, “hay una incluso que transcurre, me parece, en Canarias”, replicó con una voz educada y casi a los gritos debido a su sordera. El otro lo ignoraba cuando éste abría la boca, al filo de la descortesía –era imposible precisar si no era una actitud determinada acaso por su posible discapacidad física o intelectiva–, hacía ademanes de marcharse, de estar apurado o impaciente, pero no se iba, gesticulaba con afectación y continuaba balbuceando asuntos en su mayoría ininteligibles, hablaba más para sí mismo, hasta que al fin se despidió y se retiró, ufano, a ocupar -supongo- un asiento en las filas traseras. El anciano se quedó un momento con la vista fija, pensativo, como calibrando el insólito encuentro, con el libro aún abandonado entre sus manos.
Al rato se instaló un tipo más joven, de entre 30 y 40 años, en un asiento al lado suyo. El anciano se giró, lo saludó y le preguntó alzando la voz si le gustaban las películas de Romher, éste dijo que sí algo descolocado, con timidez. “¿Has visto muchas?”. “No, una nada más”, contestó el hombre todavía acomodándose. “Yo he visto varias, son muy buenas, y tienen unos paisajes... ¿Has viajado afuera de España?”. El recién llegado, sonriendo y acusando algo de vergüenza y sorpresa ante la pregunta, asintió. “Eres un chico listo”, le soltó el anciano, “yo he vivido en varios países”. El telón de la pantalla comenzó a abrirse. Antes de que apagasen las luces de la sala, el veterano cerró finalmente el libro y le dijo a su vecino de butaca, por último: “Te van a gustar sus demás películas, hay una incluso que transcurre en Canarias, me parece”. Y comenzó Cuento de invierno.

lunes, 14 de febrero de 2011

i'm still here

Claro, lo normal es que las portadas de los periódicos y revistas y sitios web se ocupen de los resultados de los recientes premios Goya, donde no faltan temas dignos de destacar, por cierto, como la valiente postura de Álex de la Iglesia frente al tema de las descargas "ilegales" de películas por Internet o, para quienes les llegue a interesar, la victoria en su categoría del largometraje chileno La vida de los peces. Sin embargo -de algún modo para esto tiene sentido la libertad que ofrece el ciberespacio-, bastante más ateto estuve a la noticia de un gran estreno en la cartelera local: I'm still here, el notable mokumental dirigido por Casey Affleck e interpretado -vivido- por el inmenso Joaquin Phoenix.

Solo una sala para su proyección. Una sala pequeña, además, y semi vacía durante el pase de ayer por la noche en Madrid. Da igual. Pero lo que no da igual es que después de una película como Two Lovers, estrenada acá recién el año pasado, donde Joaquin Phoenix más que un Oscar o un Goya se merece el cielo, el actor arremete con un falso documental a cargo, esta vez, de su cuñado y hermano de Ben, Casey Affleck, quien registra la evolución-involución de Phoenix en su intento de cambiar el rumbo de su vida: dejar la actuación y dedicarse al hip-hop, en una cinta que, al final, no interesa tanto si lo exhibido es real, es un montaje o si los demás personajes y situaciones son espontáneas o premeditadas, porque, cualquiera sea el caso, el nivel de verdad que hay en cada plano es despiadadamente alto.

Del derecho a seguir tus convicciones, del temor al fracaso, de seguir adelante cueste lo que cueste, de caer, de dejarse caer, de la hostilidad de tu entorno cuando decides cambiar, del riesgo a equivocarte y perder, del valor que tiene asumir tales riesgos, de buscarle una salida a esas palpitaciones indefinidas que te empujan con fuerza hacia dentro el pecho, de sumergirte en lo más hondo de tus deseos, aunque éstos te puedan asfixiar... de todo esto y más trata I'm still here.
Gracias Joaquin, gracias Casey, ayer fue un gran domingo.

jueves, 6 de enero de 2011

fines de diciembre, comienzos de enero

Llevo todo el año en cama.
Resfriado. Mal.
Vaya manera de comenzar el 2011.
El 31 me enfrié y al día siguiente estaba con fiebre y escalofríos.
Había pasado a buscar a Gus a su casa para despedir -y en mi caso mandar un poco a la mierda- el 2010 de la mejor y única forma en que concebía hacerlo: corriendo, participando en la popular maratón San Silvestre, llamada acá “La Vallecana” ya que acaba en y atraviesa buena parte de Vallecas, el emblemático barrio símbolo de las luchas sociales y revueltas de antaño en Madrid, según me explicaba Gus al término de la carrera mientras yo tiritaba.
34 mil corredores aproximadamente. Muchos de ellos disfrazados de pollo, de los cazafantasmas, corredoras con tutú, con pelucas de colores, todos festejando, con las camisetas de sus equipos de fútbol favoritos, con máscaras o simplemente vestidos con la indumentaria propia de los deportistas, recorriendo las heladas calles de la ciudad al anochecer, bajo la iluminación navideña.
Al llegar a la meta me encontré empapado de un sudor frío que pronto se iba a transformar en catarro.
Sin embargo, como he dicho, no tenía intenciones de acabar la década recién pasada de otro modo más que corriendo. ¿Por qué tal obstinación? Tal vez porque correr, salir a trotar habitualmente, es algo que comencé a hacer -algo que descubrí- recién en 2010, hace menos de un año, y se ha convertido en una parte de mi vida. A ratos en la mejor parte.
Pese a los síntomas que me aquejaban, me pasé esa noche -de noche vieja- nuevamente a casa de mi amigo Gus a cenar, tomar las uvas y a recibir el año nuevo comentando la carrera y, sobre todo, acordándonos de un escritor admirado por ambos, que en distintas circunstancias conocimos -casi- de forma paralela durante 2010: Fogwill, el autor de Los Pichiciegos, del cuento de culto Muchacha Punk, de la maravillosa novela corta Help a él y de varios otros libros entrañables e inclasificables como él mismo, a quien Gus tuvo ocasión de entrevistar hace algunos meses, doce días antes de que falleciera víctima de un enfisema pulmonar que lo tenía entre las cuerdas desde hace ya un tiempo.

Meses antes, en Madrid, pude presenciar una conferencia que Fogwill dio en el Caixa Forum ante no más de 15 personas. Apunté en una libreta un par de cosas que dijo en esa oportunidad:

“El lector necesita toda la verdad, pero no toda la verdad de los hechos, sino toda la verdad literaria; es decir, que el autor no le mienta. Yo le engaño, se lo digo y el lo sabe. No hay nada ahí que pueda ser creíble.”

“ [Para escribir] …un 86% de rabia y un 14% de emociones confusas.”

“Solamente puedo escribir en contra. Escribo contra lo establecido y me rindo ante los valores.”

“Una vez una mina me dijo: vos no tomás cocaína para hacer el amor, hacés el amor para tomar más cocaína… Era una mina experimentada.”

De algún modo, pienso, fue una gran manera de terminar la década. Hacia las 3 AM, estaba ya de regreso en casa, metido en mi sobre y releyendo subrayados en libros de Fogwill y sintiendo cómo me subía la fiebre.

Durante los días sucesivos no me presenté en el trabajo y apenas salí de la cama para atender cuestiones básicas o urgentes o ir al médico para que certificara mi estado de salud, con lo cual durante estas primeras horas de 2011, de encierro, silencio y cama, no me ha quedado más remedio que arreglármelas para descargar películas y leer.
Acabé la muy entretenida novela Slam (Todo por una chica) de Nick Hronby, pero, sobre todo, leí algunos libros del cineasta Eric Rohmer, quien por cierto también murió el año pasado.
Hace algunas semanas había acabado de leer su única novela, Elisabeth, escrita por él a los 26 años bajo seudónimo, donde el francés ya dejaba entrever muchos de los motivos recurrentes en sus películas (la moral, los triángulos, la naturaleza, las pasiones y pulsiones internas de personajes que hablan un montón, no tanto para dar cuenta de una acción o impulsar la trama sino para definir sus indefinibles y complejas personalidades según cómo resuenan éstas en el aire al entrecruzarse unas con otras).
Leí también algunos pasajes de un extraño ensayo firmado por Rohmer llamado Sobre la noción de profundidad en la música. Extraño digo quizás porque en sus películas casi no hay música, lo cual tampoco es del todo cierto ya que la hay pero incorporada al relato mismo (es diegética, o sea suena música si en la escena alguien toca un instrumento o si enciende una radio, por ejemplo). Además, según su teoría, los silencios -que abundan en sus pelis- también connotan una musicalidad, en fin. En este libro se despacha sesudas reflexiones en torno a Mozart, Beethoven, Bach, pero también sobre Kant y Barthes, Cézanne y Matisse y, cómo no, sobre cine, porque para Rohmer las distintas expresiones artísticas en lugar de entenderlas por separado las enlaza y enriquece al relacionarlas unas con otras. Libro difícil, pero gran estímulo. Lo mismo que El gusto por la belleza, un volumen compilatorio de los escritos que Rohmer realizó para la revista Cahiers du cinema, principalmente, y otras publicaciones. En ambos libros se recogen entrevistas al director francés, que concedió bastante pocas, dicho sea de paso. Y tal vez motivado por estas lecturas, volví a ver una de sus encantadoras películas: La rodilla de Clara.
Pero no todo ha sido Rohmer durante estos días de convalecencia.

También vi el segundo largometraje de Alberto Fuguet, Velódromo, quien realiza una valiente defensa del solipsismo de su personaje, Ariel Roth Roth, un treintañero que se siente -y sin duda está- en todo su derecho de no tener más ambiciones que las de andar en bicicleta, ver películas y que no lo molesten demasiado, un diseñador gráfico freelance que “no le pide mucho a la vida”, según la voz en off de sí mismo, y a continuación se pregunta si esto “no es acaso mucho pedir”.
Descargo del ciberespacio, asimismo, The Ghostwriter, la última de Polanski, con un Ewan McGregor estupendo en lo anodino y desperfilado de su personaje. Un escritor fantasma que tiene más de fantasma que de escritor. Poco me importan los líos en que está metido el viejo Polanski con la ley, pero sin duda esta película (¿involuntariamente?) establece conexiones que enlazan con su propia existencia. Posiblemente una de las pelis del año pasado. En absoluto comparable a la notable, urgente y a fin de cuentas emocionante The social network, pero ideal para un día de resfrío invernal en Madrid.

Y por último, dos películas que me faltaban por ver del francés Olivier Assayas. La primera, L’eau froide (“El agua fría”), donde el director de obras como Clean o Las horas del verano, recrea el ambiente y las pulsiones de su adolescencia a través de dos personajes, dos chiquillos fracturados y frágiles y rebeldes que emprenden una huida “romántica” a comienzos de los setentas, cuando las utopías de la década pasada ya se desmoronaban.
En buena parte de sus películas, Assayas -del cual, por cierto, Alberto Fuguet ha declarado hace poco en su blog que es su director favorito-, tiende a presentar a personajes atrapados en la confusión del presente, en una especie de situación de abandono emocional y también geográfico, en permanente búsqueda de un lugar en el mundo, donde sin embargo ninguno posee la capacidad suficiente como para contener al otro.

Algo no muy distinto, en el fondo aunque para nada en la forma, ocurre con la otra de las películas del mismo Assayas que me descargué estos días y que he visto ya más de una vez: Boarding Gate, con una Asia Argento totalmente hipnótica en el papel principal (la predilección de Assayas, al igual que Rohmer, por las chicas guapas y frágiles-pero-fuertes al mismo tiempo, es otra de sus constantes).
La peli adopta la forma de un thriller donde nunca están de todo claras las motivaciones de los personajes, que se mueven en torno a drogas, pistolas, sexo, asesinatos y un mundo degradado, pero tampoco importa demasiado, ni que queden cabos sueltos, la vida está llena de cabos sueltos, y Assayas lo sabe mejor que nadie, pues lo que sale a flote es otra cosa: una sensación general de desarraigo, de orfandad emocional y territorial que está en el límite con la sensación opuesta y análoga que es la de sentirse, allá o acá, donde sea, como en el mismo lugar, en un “hogar”, pues todos los sitios ofrecen el mismo desconcierto y van igual de prisa, ya sea en París o en Hong Kong (o en Madrid o en Santiago o en el DF, por supuesto).

En todo caso, y paralelo a lo anterior, es una película que trata sobre las segundas oportunidades, sobre el perdón y sobre la bestial naturaleza de las pasiones. Filmada con una cámara que se mete en la piel -lo más profundo- de Asia Argento, que es capaz de matar a una persona por la cual, antes, podría haber matado o haber muerto ella misma por amor a él, una chica que se cuestiona el hecho de partir, intentarlo y saber partir de cero una vez más, en un mundo que abre y cierra todas las puertas de golpe y al unísono.

-¿Amabas a Miles? -le preguntan a Sandra, el personaje interpretado por Asia Argento.
-No -responde ella-. Sí, alguna vez lo amé mucho. Pero yo sólo lo excitaba.
-¿Eso no es acaso lo mismo?
- Eso dicen los hombres porque les conviene. Pero no es lo mismo. No lo creo.

De este modo los personajes de Assayas transitan errantes por espacios como evanescentes, sin certezas más allá de sus confusos sentimientos, siempre con el gusto amargo de lo irrecuperable, obligados a tomar decisiones que connotan lo imposible de dar marcha atrás, generando una perdida progresiva de puntos de anclaje, creando así un sentido mayor que está, que siempre ha estado, como diría el viejo Bob, blowing in the wind y que Olivier Assayas logra captar con una ternura, rigor artístico y un riesgo que no sé si lo convierta en mi director favorito, pero estoy seguro, eso sí, que ha contribuido a que me esté recuperando de este resfrío.

En fin, las cosas que pueden pasar cuando uno está en cama, constipado, estornudando y tomando sopas (y hace un rato me corté por accidente la mano en la cocina), que no parece una situación muy auspiciosa puesta de este modo, lo admito, pero ya vuelvo a tener ganas de echarme a correr al parque y, de algún modo, siento que no ha estado tan mal este comienzo.
Quizás el año no podría haber arrancado mejor.

lunes, 29 de noviembre de 2010

en blanco

Ayer
Paso a buscar a Gus y observo la luz lejana del sol que se asoma tras la estación de Atocha al amanecer. Nos vamos al Retiro echando humo por la boca. Al llegar, una multitud de corredores estirando, trotando, meando tras los árboles y en rincones. Diez mil personas frente a la línea de salida, reunidas y prestas a completar los kilómetros que tenemos por delante de la mejor manera posible pese al frío.

Más tarde, en la cafetería que está a la vuelta de la casa de Gus, desayunamos junto a Puri, que ha venido a darnos ánimo. Me quejo un poco de la muchedumbre, comentamos los pormenores de la carrera y evaluamos nuestros respectivos desempeños atléticos durante la misma.

Corte. Estoy en la bañera, los músculos relajados y repasando la jornada matutina: disminuí en casi un minuto mi marca anterior en los 10 kms; nada mal para lo desentrenado que estoy-. Semisumergido y lidiando con el vapor que me empaña las gafas, termino la novela Quemar un pueblo del Pato Jara, que trata temas como la tolerancia, la diferencia y la dignidad de los marginados. Y que nada puede salir bien si se parte de la base de la exclusión como moral social, fenómeno que, por cierto, no dista demasiado -la exclusión, digo- de lo que podemos observar hoy por hoy no sólo en Chile, uno de los lugares donde transcurre la novela, sino en demasiados otros sitios.

Al anochecer, junto a mi amigo y flatmate Mauricio nos vamos al cine. Vemos Uncle boonmee who can recall his past lives del tailandés de nombre y apellidos impronunciables que ganó la Palma de Oro en Cannes. Un hombre enfermo espera la muerte. Tiene los días contados y lo sabe. Entonces se le aparecen –sentados a la mesa, mientras cenan- los fantasmas de su ex esposa y de su hijo que se hizo humo tiempo atrás y ahora llega convertido en una especie de hombre lobo con los ojos rojos. En medio de sus remordimientos por haber matado a comunistas con la misma conciencia de quien ha matado insectos, el moribundo parece transmutarse ante el espectador en otras vidas, como la de un pez, por ejemplo, que seduce a una princesa.
-¿Adónde iré después de muerto? –le pregunta al espectro de su difunta mujer-. ¿Al cielo?
-El cielo está sobrevalorado –responde ella.

Una película que tiene fantasmas, desdoblamientos, animales por doquier y zoofilia poética (?), una película llena de fantasía que exhibe entornos naturales hipnóticos, que hablan por sí mismos –bosques indescifrables, cascadas de agua, cuevas de piedra como un útero-, una historia desbordante de imaginación y que se toma el tiempo que le hace falta, pues su director debe tener claro que lo importante es llegar adonde quieres llegar aunque tardes, y no llegar antes a un sitio que no deseas.



Antes de ayer
Salgo por la mañana en bicicleta a recoger el número (dorsal) con que correré mañana.
Salgo al paseo del Prado y, ante la ausencia casi total de ciclovías, me meto alternativamente tanto a las veredas como a la calle. En un cruce de peatones intento subir la cuneta levantando la rueda delantera y me desplomo aparatosamente hacia delante, cayendo de bruces con los auriculares del Ipod todavía sonando en mis oídos. No me ha pasado nada grave, pero el manubrio de la bicicleta se tuerce y ya no hay manera de enderezarlo. Sospecho, incluso, que no tiene arreglo. Decido, no obstante, seguir mi camino y me echo a pedalear por la Castellana hasta Nuevos Ministerios.
A veces hay que seguir sin importar las caídas, me alecciono como para darme aliento, sin importar las heridas y los daños. Es seguir o devolverse.
Opto por seguir.

Horas después, de hecho, insisto: me voy pedaleando también al cine con mi bicicleta jodida.
Al llegar al Renoir de Retiro, la amarro a la salida en un poste y, por su aspecto, no temo que me la roben. Entro, me siento en la butaca y comienza Copia certificada, la última película del iraní Abbas Kiarostami, con la eternamente guapa Juliette Binoche. ¿Qué se cuenta? Un día en la vida de una pareja adulta. Un día partido en al menos tres instantes cuyas fronteras son apenas visibles. La seducción, la confrontación con el entorno y la aceptación de sí mismos. Personajes que se maquillan para seducirse, que asumen roles, que se reflejan en una pareja de recién casados, en una pareja de turistas y en otra de ancianos que ya no hablan para comunicarse; un hombre y una mujer que buscan conectar y esquivar la rutina que los marchita por medio de una serie de juegos de representación. Una pareja que, de algún modo, se sitúa a ratos en un gran fuera de campo con respecto a los demás –y los demás muchas veces somos los espectadores-, pero que gracias a la destreza de Kiarostami, no obstante, seguimos tan de cerca que, en las últimas escenas, la mirada que cada uno de ellos dirigen al espejo es una mirada vuelta hacia adentro a la vez que una mirada que nos interpela directamente. Pero, ¿cuál es el tema de la peli? El valor de la copia, del original, la imposibilidad –la inutilidad- de distinguir una de otra. ¿Las personas no somos acaso la resultante de una combinación de ADN preexistente y, por lo tanto, copias con variaciones de nuestros ascendientes (que a su vez son otras copias)? Pues para Kiarostami esta parece ser la única condición posible del cine –del arte- en la actualidad. Ésta es su película -según leía en una revista- menos experimental, la primera que no rueda en Irán (esta vez es en la Toscana, en Italia, donde unos personajes dicen, en determinado momento y en absoluto por casualidad, que la ciudad les parece un museo al aire libre), pero no la menos arriesgada; aunque de lenta digestión, me queda dando vueltas, reverberando como el coro de una canción que me suena pero no logro acordarme la letra.



Antes de antes de ayer
Después de la embrutecedora rutina laboral, de la cual no merece la pena reseñar ni estas palabras precedentes, llego a casa, descanso un rato y me largo a correr al parque. En un par de días será la carrera y mi condición física, desde que cumplo horarios y calendario, es cada vez peor. Pero no pienso darme por vencido. Me calzo las zapatillas y salgo al frío otoñal de Madrid repitiéndome una obviedad que, sin embargo, me ayuda: entre salir a correr, por mucha pereza que tenga o frío que haga, y no hacerlo, es mejor hacerlo. Y corro.

Hoy
Me asomo a la ventana en el trabajo.
Cae la primera nevada de la temporada en Madrid.
Dentro de unas cuantas horas podría estar todo cubierto de blanco.

jueves, 4 de noviembre de 2010

ser feliz y la disciplina

You Will Meet a Tall Dark Stranger, se estrenó hace un par de meses en España. Asistí, como siempre, a la cita anual con Woody Allen, quien nunca nos falla, aunque un día este feliz acontecimiento -un filme por año desde hace más de cuarenta-, me temo habrá de dejar de ocurrir, pensaba a la salida del cine, ¡cuánto lo extrañaremos!, joder. Copio un par de citas rescatadas de una entrevista que le hicieron en un periódico local a propósito de la peli:

"La única forma de vivir feliz es negando la realidad y comprando ilusiones que den sentido al universo. Existe toda clase de fantasías para negar la aflicción de la condición humana."

"La gran lección que aprendí de niño, y que me ha ayudado toda mi vida, es que, para conseguir algo, necesitas disciplina. No puedes poner excusas. Cada día practico 45 minutos de clarinete porque quiero tocar música. Si quiero escribir, me levanto por la mañana, cierro la puerta y escribo. Cuando era niño, lograba muchas cosas no porque tuviera más talento, sino porque, simplemente, me aplicaba. Es cierto que mi madre era muy estricta y me repetía: «Si no te pones, nunca serás capaz de hacer nada». Así de simple. Yo se lo repito a mis hijas."