lunes, 17 de enero de 2011

la intemperie de nuestra voluntad

Desde hace un par de años ya, puedo decir, no veo -ni tengo- tele.
¿Para qué, además?
Tampoco compro el periódico, escucho radio ni acudo a otras fuentes de información que no sean vía Internet o de boca de algún amigo o concido, salvo alguna que otra revista no editada en paralelo en el ciberespacio.

De las cosas importantes, de las verdaderamente importantes y extraordinarias, o en todo caso de las que me importan a mí -faltaba más-, me entero igual. Uno, a menos que viva en la punta de una montaña, aislado, se entera siempre. Y más pronto que tarde.
Desde luego, la velocidad de la información ya no tiene relevancia alguna. Todo, o casi, está disponible y listo para ser leído/visto/escuchado/descargado en la red de forma semiinstantánea, a veces hasta simultánea a los hechos que generan esa información. La gracia, hoy por hoy, y finalmente desde siempre, creo, está en cómo se cuenta la misma historia, cómo se entrega la misma información, cuál es el punto de vista. Esto se traduce en que, en lugar de buscar tal o cual dato o noticia, de tal o cual medio, ahora importa más quién es el que nos cuenta la historia, quién es el que nos la cuenta mejor.

Dicho esto, he de agregar que uno de los que sigo a través de la prensa (online, por supuesto) es a Ray Loriga, quien rara vez, dicho sea de paso, se interesa por la contingencia o la actualidad en sus escritos "en prensa" (y mucho menos en sus libros), que ofrece desde hace algún tiempo, semana por medio, en el suplemento dominical El país semanal.
Y a propósito de esto es que aprovecho para citar un par de líneas suyas provenientes de su última columna, líneas, por cierto, bastante sugerentes, vitales, morales y, en último término, importantes... ¿para quién? Pues ya sabemos la respuesta:

"Vivir fuera del pequeño infierno de la percepción ajena parece tarea imposible y tal vez por eso la única tarea importante. ¿Cómo robarle al inmisericorde ejército de lo ajeno nuestra presencia? Difícil, sin duda, pero esencial, pues no hay más libertad que precisamente esta. Subjetiva, arbitraria, caprichosa y esencial."

"En la percepción de los otros somos sólo lo que los otros deciden, en la propia estima estamos a la intemperie de nuestra voluntad, nuestro conocimiento y la sal de nuestro miedo. Son dos lugares imprecisos, pero uno tiene los síntomas de la enfermedad (lo decidido a nuestro pesar), y el otro, los síntomas de la salud (lo decidido por nuestra fuerza)."

"Aquellos que nombran a Dios no son ya culpables de su suerte, quienes se aventuran a vivir viven, quienes se conforman con morir mueren, no hay arrogancia alguna en decidir vivir y aceptar con humildad el fracaso..."

"Aquel que decide no puede ser juzgado sino por sus libres decisiones, aquel que se somete a la decisión de los otros encontrará siempre una excusa."

"Al fin y al cabo, de lo que nos hacen los demás poco se puede decir, de lo que nos hacemos a nosotros mismos somos absolutamente responsables."

jueves, 6 de enero de 2011

fines de diciembre, comienzos de enero

Llevo todo el año en cama.
Resfriado. Mal.
Vaya manera de comenzar el 2011.
El 31 me enfrié y al día siguiente estaba con fiebre y escalofríos.
Había pasado a buscar a Gus a su casa para despedir -y en mi caso mandar un poco a la mierda- el 2010 de la mejor y única forma en que concebía hacerlo: corriendo, participando en la popular maratón San Silvestre, llamada acá “La Vallecana” ya que acaba en y atraviesa buena parte de Vallecas, el emblemático barrio símbolo de las luchas sociales y revueltas de antaño en Madrid, según me explicaba Gus al término de la carrera mientras yo tiritaba.
34 mil corredores aproximadamente. Muchos de ellos disfrazados de pollo, de los cazafantasmas, corredoras con tutú, con pelucas de colores, todos festejando, con las camisetas de sus equipos de fútbol favoritos, con máscaras o simplemente vestidos con la indumentaria propia de los deportistas, recorriendo las heladas calles de la ciudad al anochecer, bajo la iluminación navideña.
Al llegar a la meta me encontré empapado de un sudor frío que pronto se iba a transformar en catarro.
Sin embargo, como he dicho, no tenía intenciones de acabar la década recién pasada de otro modo más que corriendo. ¿Por qué tal obstinación? Tal vez porque correr, salir a trotar habitualmente, es algo que comencé a hacer -algo que descubrí- recién en 2010, hace menos de un año, y se ha convertido en una parte de mi vida. A ratos en la mejor parte.
Pese a los síntomas que me aquejaban, me pasé esa noche -de noche vieja- nuevamente a casa de mi amigo Gus a cenar, tomar las uvas y a recibir el año nuevo comentando la carrera y, sobre todo, acordándonos de un escritor admirado por ambos, que en distintas circunstancias conocimos -casi- de forma paralela durante 2010: Fogwill, el autor de Los Pichiciegos, del cuento de culto Muchacha Punk, de la maravillosa novela corta Help a él y de varios otros libros entrañables e inclasificables como él mismo, a quien Gus tuvo ocasión de entrevistar hace algunos meses, doce días antes de que falleciera víctima de un enfisema pulmonar que lo tenía entre las cuerdas desde hace ya un tiempo.

Meses antes, en Madrid, pude presenciar una conferencia que Fogwill dio en el Caixa Forum ante no más de 15 personas. Apunté en una libreta un par de cosas que dijo en esa oportunidad:

“El lector necesita toda la verdad, pero no toda la verdad de los hechos, sino toda la verdad literaria; es decir, que el autor no le mienta. Yo le engaño, se lo digo y el lo sabe. No hay nada ahí que pueda ser creíble.”

“ [Para escribir] …un 86% de rabia y un 14% de emociones confusas.”

“Solamente puedo escribir en contra. Escribo contra lo establecido y me rindo ante los valores.”

“Una vez una mina me dijo: vos no tomás cocaína para hacer el amor, hacés el amor para tomar más cocaína… Era una mina experimentada.”

De algún modo, pienso, fue una gran manera de terminar la década. Hacia las 3 AM, estaba ya de regreso en casa, metido en mi sobre y releyendo subrayados en libros de Fogwill y sintiendo cómo me subía la fiebre.

Durante los días sucesivos no me presenté en el trabajo y apenas salí de la cama para atender cuestiones básicas o urgentes o ir al médico para que certificara mi estado de salud, con lo cual durante estas primeras horas de 2011, de encierro, silencio y cama, no me ha quedado más remedio que arreglármelas para descargar películas y leer.
Acabé la muy entretenida novela Slam (Todo por una chica) de Nick Hronby, pero, sobre todo, leí algunos libros del cineasta Eric Rohmer, quien por cierto también murió el año pasado.
Hace algunas semanas había acabado de leer su única novela, Elisabeth, escrita por él a los 26 años bajo seudónimo, donde el francés ya dejaba entrever muchos de los motivos recurrentes en sus películas (la moral, los triángulos, la naturaleza, las pasiones y pulsiones internas de personajes que hablan un montón, no tanto para dar cuenta de una acción o impulsar la trama sino para definir sus indefinibles y complejas personalidades según cómo resuenan éstas en el aire al entrecruzarse unas con otras).
Leí también algunos pasajes de un extraño ensayo firmado por Rohmer llamado Sobre la noción de profundidad en la música. Extraño digo quizás porque en sus películas casi no hay música, lo cual tampoco es del todo cierto ya que la hay pero incorporada al relato mismo (es diegética, o sea suena música si en la escena alguien toca un instrumento o si enciende una radio, por ejemplo). Además, según su teoría, los silencios -que abundan en sus pelis- también connotan una musicalidad, en fin. En este libro se despacha sesudas reflexiones en torno a Mozart, Beethoven, Bach, pero también sobre Kant y Barthes, Cézanne y Matisse y, cómo no, sobre cine, porque para Rohmer las distintas expresiones artísticas en lugar de entenderlas por separado las enlaza y enriquece al relacionarlas unas con otras. Libro difícil, pero gran estímulo. Lo mismo que El gusto por la belleza, un volumen compilatorio de los escritos que Rohmer realizó para la revista Cahiers du cinema, principalmente, y otras publicaciones. En ambos libros se recogen entrevistas al director francés, que concedió bastante pocas, dicho sea de paso. Y tal vez motivado por estas lecturas, volví a ver una de sus encantadoras películas: La rodilla de Clara.
Pero no todo ha sido Rohmer durante estos días de convalecencia.

También vi el segundo largometraje de Alberto Fuguet, Velódromo, quien realiza una valiente defensa del solipsismo de su personaje, Ariel Roth Roth, un treintañero que se siente -y sin duda está- en todo su derecho de no tener más ambiciones que las de andar en bicicleta, ver películas y que no lo molesten demasiado, un diseñador gráfico freelance que “no le pide mucho a la vida”, según la voz en off de sí mismo, y a continuación se pregunta si esto “no es acaso mucho pedir”.
Descargo del ciberespacio, asimismo, The Ghostwriter, la última de Polanski, con un Ewan McGregor estupendo en lo anodino y desperfilado de su personaje. Un escritor fantasma que tiene más de fantasma que de escritor. Poco me importan los líos en que está metido el viejo Polanski con la ley, pero sin duda esta película (¿involuntariamente?) establece conexiones que enlazan con su propia existencia. Posiblemente una de las pelis del año pasado. En absoluto comparable a la notable, urgente y a fin de cuentas emocionante The social network, pero ideal para un día de resfrío invernal en Madrid.

Y por último, dos películas que me faltaban por ver del francés Olivier Assayas. La primera, L’eau froide (“El agua fría”), donde el director de obras como Clean o Las horas del verano, recrea el ambiente y las pulsiones de su adolescencia a través de dos personajes, dos chiquillos fracturados y frágiles y rebeldes que emprenden una huida “romántica” a comienzos de los setentas, cuando las utopías de la década pasada ya se desmoronaban.
En buena parte de sus películas, Assayas -del cual, por cierto, Alberto Fuguet ha declarado hace poco en su blog que es su director favorito-, tiende a presentar a personajes atrapados en la confusión del presente, en una especie de situación de abandono emocional y también geográfico, en permanente búsqueda de un lugar en el mundo, donde sin embargo ninguno posee la capacidad suficiente como para contener al otro.

Algo no muy distinto, en el fondo aunque para nada en la forma, ocurre con la otra de las películas del mismo Assayas que me descargué estos días y que he visto ya más de una vez: Boarding Gate, con una Asia Argento totalmente hipnótica en el papel principal (la predilección de Assayas, al igual que Rohmer, por las chicas guapas y frágiles-pero-fuertes al mismo tiempo, es otra de sus constantes).
La peli adopta la forma de un thriller donde nunca están de todo claras las motivaciones de los personajes, que se mueven en torno a drogas, pistolas, sexo, asesinatos y un mundo degradado, pero tampoco importa demasiado, ni que queden cabos sueltos, la vida está llena de cabos sueltos, y Assayas lo sabe mejor que nadie, pues lo que sale a flote es otra cosa: una sensación general de desarraigo, de orfandad emocional y territorial que está en el límite con la sensación opuesta y análoga que es la de sentirse, allá o acá, donde sea, como en el mismo lugar, en un “hogar”, pues todos los sitios ofrecen el mismo desconcierto y van igual de prisa, ya sea en París o en Hong Kong (o en Madrid o en Santiago o en el DF, por supuesto).

En todo caso, y paralelo a lo anterior, es una película que trata sobre las segundas oportunidades, sobre el perdón y sobre la bestial naturaleza de las pasiones. Filmada con una cámara que se mete en la piel -lo más profundo- de Asia Argento, que es capaz de matar a una persona por la cual, antes, podría haber matado o haber muerto ella misma por amor a él, una chica que se cuestiona el hecho de partir, intentarlo y saber partir de cero una vez más, en un mundo que abre y cierra todas las puertas de golpe y al unísono.

-¿Amabas a Miles? -le preguntan a Sandra, el personaje interpretado por Asia Argento.
-No -responde ella-. Sí, alguna vez lo amé mucho. Pero yo sólo lo excitaba.
-¿Eso no es acaso lo mismo?
- Eso dicen los hombres porque les conviene. Pero no es lo mismo. No lo creo.

De este modo los personajes de Assayas transitan errantes por espacios como evanescentes, sin certezas más allá de sus confusos sentimientos, siempre con el gusto amargo de lo irrecuperable, obligados a tomar decisiones que connotan lo imposible de dar marcha atrás, generando una perdida progresiva de puntos de anclaje, creando así un sentido mayor que está, que siempre ha estado, como diría el viejo Bob, blowing in the wind y que Olivier Assayas logra captar con una ternura, rigor artístico y un riesgo que no sé si lo convierta en mi director favorito, pero estoy seguro, eso sí, que ha contribuido a que me esté recuperando de este resfrío.

En fin, las cosas que pueden pasar cuando uno está en cama, constipado, estornudando y tomando sopas (y hace un rato me corté por accidente la mano en la cocina), que no parece una situación muy auspiciosa puesta de este modo, lo admito, pero ya vuelvo a tener ganas de echarme a correr al parque y, de algún modo, siento que no ha estado tan mal este comienzo.
Quizás el año no podría haber arrancado mejor.

domingo, 12 de diciembre de 2010

quise quedarme pero me fui

Hace poco hablaba con mi hermano Álvaro por teléfono. Me decía que ayer fue a un festival de música llamado "El abrazo", donde bandas y solistas de Argentina y Chile tocaron juntos, por primera vez en un evento de esta naturaleza, al menos.
Y nada, que ahora, peluseando en Internet y viendo qué tal el show encuentro el vídeo que posteo más abajo.
No es del multiconcierto de ayer, pero da igual.
Me llevó a encontrarlo.
Spinetta tocando Filosofía barata y zapatos de goma, de Charly García.
Dos de los que, dicho sea de paso, estuvieron anoche bajo la primaveral lluvia santiaguina.
Y da lo mismo todo, si de allá o de acá o de más acá.
Con el puro instinto fan de querer compartirlo, que se propague entre los que por casualidades cósmicas -y cyberespaciales- deba propagarse, simplemente.

jueves, 2 de diciembre de 2010

declaración... de principios

Everybody seems to think I'm lazy
I don't mind, I think they're crazy
Running everywhere at such a speed
Till they find, there's no need

Please don't spoil my day
I'm miles away
And after all
I'm only sleeping


J. Lennon ("I'm only sleeping")

lunes, 29 de noviembre de 2010

en blanco

Ayer
Paso a buscar a Gus y observo la luz lejana del sol que se asoma tras la estación de Atocha al amanecer. Nos vamos al Retiro echando humo por la boca. Al llegar, una multitud de corredores estirando, trotando, meando tras los árboles y en rincones. Diez mil personas frente a la línea de salida, reunidas y prestas a completar los kilómetros que tenemos por delante de la mejor manera posible pese al frío.

Más tarde, en la cafetería que está a la vuelta de la casa de Gus, desayunamos junto a Puri, que ha venido a darnos ánimo. Me quejo un poco de la muchedumbre, comentamos los pormenores de la carrera y evaluamos nuestros respectivos desempeños atléticos durante la misma.

Corte. Estoy en la bañera, los músculos relajados y repasando la jornada matutina: disminuí en casi un minuto mi marca anterior en los 10 kms; nada mal para lo desentrenado que estoy-. Semisumergido y lidiando con el vapor que me empaña las gafas, termino la novela Quemar un pueblo del Pato Jara, que trata temas como la tolerancia, la diferencia y la dignidad de los marginados. Y que nada puede salir bien si se parte de la base de la exclusión como moral social, fenómeno que, por cierto, no dista demasiado -la exclusión, digo- de lo que podemos observar hoy por hoy no sólo en Chile, uno de los lugares donde transcurre la novela, sino en demasiados otros sitios.

Al anochecer, junto a mi amigo y flatmate Mauricio nos vamos al cine. Vemos Uncle boonmee who can recall his past lives del tailandés de nombre y apellidos impronunciables que ganó la Palma de Oro en Cannes. Un hombre enfermo espera la muerte. Tiene los días contados y lo sabe. Entonces se le aparecen –sentados a la mesa, mientras cenan- los fantasmas de su ex esposa y de su hijo que se hizo humo tiempo atrás y ahora llega convertido en una especie de hombre lobo con los ojos rojos. En medio de sus remordimientos por haber matado a comunistas con la misma conciencia de quien ha matado insectos, el moribundo parece transmutarse ante el espectador en otras vidas, como la de un pez, por ejemplo, que seduce a una princesa.
-¿Adónde iré después de muerto? –le pregunta al espectro de su difunta mujer-. ¿Al cielo?
-El cielo está sobrevalorado –responde ella.

Una película que tiene fantasmas, desdoblamientos, animales por doquier y zoofilia poética (?), una película llena de fantasía que exhibe entornos naturales hipnóticos, que hablan por sí mismos –bosques indescifrables, cascadas de agua, cuevas de piedra como un útero-, una historia desbordante de imaginación y que se toma el tiempo que le hace falta, pues su director debe tener claro que lo importante es llegar adonde quieres llegar aunque tardes, y no llegar antes a un sitio que no deseas.



Antes de ayer
Salgo por la mañana en bicicleta a recoger el número (dorsal) con que correré mañana.
Salgo al paseo del Prado y, ante la ausencia casi total de ciclovías, me meto alternativamente tanto a las veredas como a la calle. En un cruce de peatones intento subir la cuneta levantando la rueda delantera y me desplomo aparatosamente hacia delante, cayendo de bruces con los auriculares del Ipod todavía sonando en mis oídos. No me ha pasado nada grave, pero el manubrio de la bicicleta se tuerce y ya no hay manera de enderezarlo. Sospecho, incluso, que no tiene arreglo. Decido, no obstante, seguir mi camino y me echo a pedalear por la Castellana hasta Nuevos Ministerios.
A veces hay que seguir sin importar las caídas, me alecciono como para darme aliento, sin importar las heridas y los daños. Es seguir o devolverse.
Opto por seguir.

Horas después, de hecho, insisto: me voy pedaleando también al cine con mi bicicleta jodida.
Al llegar al Renoir de Retiro, la amarro a la salida en un poste y, por su aspecto, no temo que me la roben. Entro, me siento en la butaca y comienza Copia certificada, la última película del iraní Abbas Kiarostami, con la eternamente guapa Juliette Binoche. ¿Qué se cuenta? Un día en la vida de una pareja adulta. Un día partido en al menos tres instantes cuyas fronteras son apenas visibles. La seducción, la confrontación con el entorno y la aceptación de sí mismos. Personajes que se maquillan para seducirse, que asumen roles, que se reflejan en una pareja de recién casados, en una pareja de turistas y en otra de ancianos que ya no hablan para comunicarse; un hombre y una mujer que buscan conectar y esquivar la rutina que los marchita por medio de una serie de juegos de representación. Una pareja que, de algún modo, se sitúa a ratos en un gran fuera de campo con respecto a los demás –y los demás muchas veces somos los espectadores-, pero que gracias a la destreza de Kiarostami, no obstante, seguimos tan de cerca que, en las últimas escenas, la mirada que cada uno de ellos dirigen al espejo es una mirada vuelta hacia adentro a la vez que una mirada que nos interpela directamente. Pero, ¿cuál es el tema de la peli? El valor de la copia, del original, la imposibilidad –la inutilidad- de distinguir una de otra. ¿Las personas no somos acaso la resultante de una combinación de ADN preexistente y, por lo tanto, copias con variaciones de nuestros ascendientes (que a su vez son otras copias)? Pues para Kiarostami esta parece ser la única condición posible del cine –del arte- en la actualidad. Ésta es su película -según leía en una revista- menos experimental, la primera que no rueda en Irán (esta vez es en la Toscana, en Italia, donde unos personajes dicen, en determinado momento y en absoluto por casualidad, que la ciudad les parece un museo al aire libre), pero no la menos arriesgada; aunque de lenta digestión, me queda dando vueltas, reverberando como el coro de una canción que me suena pero no logro acordarme la letra.



Antes de antes de ayer
Después de la embrutecedora rutina laboral, de la cual no merece la pena reseñar ni estas palabras precedentes, llego a casa, descanso un rato y me largo a correr al parque. En un par de días será la carrera y mi condición física, desde que cumplo horarios y calendario, es cada vez peor. Pero no pienso darme por vencido. Me calzo las zapatillas y salgo al frío otoñal de Madrid repitiéndome una obviedad que, sin embargo, me ayuda: entre salir a correr, por mucha pereza que tenga o frío que haga, y no hacerlo, es mejor hacerlo. Y corro.

Hoy
Me asomo a la ventana en el trabajo.
Cae la primera nevada de la temporada en Madrid.
Dentro de unas cuantas horas podría estar todo cubierto de blanco.

domingo, 21 de noviembre de 2010

arcade fire

Ayer, antes del concierto, me preguntaban qué era lo que iba a ver por la noche.
No se me ocurrió otra cosa que generalizar, pero desde la arbitrariedad, por supuesto:
-Si los 60s fueron de los Beatles, los 70s de Abba -decía yo, muy convencido-, los 80s de The Cure y los 90s de Radiohead, pues los 2000 son de Arcade Fire.

viernes, 19 de noviembre de 2010

asterios polyp

Hace casi un año, después de recorrer y “experimentar” Ámsterdam durante unos días, me pasé una vez más por esa ciudad-objeto-de-mi-deseo que es Berlín y que se encuentra a tan sólo unas pocas horas en tren desde la capital holandesa. A disfrutar una semana o así del frío prenavideño alemán. Y aproveché también de regresar a la compacta pero gran librería –una de mis favoritas- Modern Graphics, ubicada en la popular calle Oranienstraße. Embriagado entre tanto cómic y novelas gráficas, y con un presupuesto personal más que limitado, compré apenas un par libros. Uno lo regalé, Clumsy de Jeff Brown, y el otro me lo traje a Madrid y se convirtió en una de los mejores libros –gráficos o no gráficos, de cualquier tipo de género- que leí en mi vida. Esa onda. Además, acababa de publicarse. Me refiero a Asterios Polyp, la primera y magna obra escrita y dibujada por David Mazzuccheli.


La edición estaba en inglés y pensé que mejor así, leerla en su idioma original, sin contar con que seguramente demoraría en ser traducida y publicada en español, lo cual, por cierto, acaba de suceder estos días gracias a la editorial madrileña Sins Entido, y es apropósito de esto mismo –del feliz recuerdo de esta lectura y de la feliz noticia de su publicación en España- que escribo estas líneas.

La primera vez que leí un libro ilustrado por Mazzuchelli fue Ciudad de Cristal, adaptación de la novela de Paul Auster. También fue la primera vez que leí una novela gráfica, al menos bajo esta denominación. Antes, de niño y no tan niño, había leído, entre otros, Oliver Twist de Dickens, por ejemplo, en una magnífica versión con viñetas tipo cómic que tenía mi padre cuando no existía una categoría oficial para referirse a este género. Pero lo cierto es que a partir de Ciudad de Cristal mi interés por estos libros anfibios se disparó y me puse a leer y a conseguir todo cuanto pude. Hasta –me sabe mal decirlo, pero qué diablos- saqué adelante la edición de Road Story, considerada (discutiblemente, por supuesto) como la primera novela gráfica chilena, hecha por el gran Gonzalo Martínez sobre un cuento del mismo nombre escrito por el gran Alberto Fuguet. Y bueno, editada por mí y publicada a través de Alfaguara. Lindos recuerdos…, en fin.
Pero a lo que voy.
Mazzuchelli.
David Mazzuchlli, el estadounidense que se había dado a conocer más por sus adaptaciones (Batman, Daredevil… ambas de Frank Miller) y colaboraciones que por obras cien por ciento propias… Hasta hora, claro.


Asterios Polyp le llevó como 10 años, y no me parece que sea demasiado tiempo.
Asterios Polyp se llama el protagonista de la historia, un pragmático, misógino, engreído y súper estructurado arquitecto que ejerce de académico, premiado por sus libros de teoría, pero que nunca construyó nada concreto.
Todo comienza con un incendio en el edificio donde él vive. O quizá mucho antes. Pero es a contar de este episodio que se desencadena una serie de hechos que harán que la vida de Asterios Polyp de un vuelco radical.
Creo que como sinopsis argumental, es suficiente. El resto es literatura. O plástica. O las dos cosas. Y mucho más, desde luego. Una obra de arte. Una declaración de principios épica y estética, con una moral cercana a la de Clint Eastwood en cuanto a la composición, defensa y cariño por sus personajes y a nadie que yo conozca en cuanto a la notable búsqueda y experimentación gráfica que exhibe Mazzuchelli a lo largo de estas casi 350 páginas de puro goce, inteligencia, sentido del humor y del ritmo, de rigor artístico y de unos diálogos dignos de la más alta narrativa.


Leer un volumen como éste es distinto a leer una buena novela, distinto a leer un buen comic y distinto a leer, incluso, una buena novela gráfica… Creo que Mazzuchelli va más allá de toda clasificación y con Asterios Polyp ya puede descansar en paz, aunque quizá, quién sabe, dentro de otros 10 ó 20 años volvamos a toparnos con una obra de semejante magnitud. Cruzo los dedos.