viernes 19 de junio de 2009

El futuro

El pasado
Las decisiones importantes hay que tomarlas con miedo. Parece ilógico; podríamos, por el contrario, pensar que hay que hacerlo con total convicción, con tranquilidad, en control de la situación y del caso, con lucidez, pero no. Es asustados, inseguros y finalmente con miedo que decidimos casi siempre sobre cuestiones que incidirán de manera radical en nuestro futuro: la llegada de un hijo, un cambio laboral o un gran abandono, apuestas donde hay demasiado en juego.
Cuando decidí cambiarme de carrera (de Construcción a Periodismo) lo hice con la más absoluta de las incertidumbres a cuestas, pero ya no había vuelta atrás. Era muy tarde para ser una estrella de rock y como suponía –y pude comprobar después– que Periodismo es una carrera fácil y que deja tiempo para pensar en cosas más importantes como qué hacer el resto de tu vida o en la compañera rubia y medio alocada que se sienta contigo durante las primeras clases, sentí que al menos estaba más cerca de mis reales intereses, por insignificantes o juveniles que estos fuesen (y lo eran, y lo siguen siendo, supongo). O sea, en medio de ese desconcierto, de esa disociación vital entre lo que era y lo que debía querer ser me encontraba al momento de anunciarle a mis padres que los dos años que permanecí inscrito en la universidad en la carrera de Construcción, estaba a punto de tirarlos a la basura. ¿En pos de qué? De Periodismo. ¿Qué si estoy seguro? Claro que sí (por supuesto que no). ¿Qué de dónde nace mi interés por esta carrera? No sé como contestar a eso; la verdad es que no leía –ni suelo leer demasiado– los periódicos, y con frecuencia siento –y sentía– una especie de vergüenza ajena cuando miro por la tele esas muchedumbres de periodistas alzando sus micrófonos para que un depravado, un militar o un idiota cualquiera haga unas declaraciones que casi siempre me han parecido ofensivas y groseras, y siempre aburridas, con muy pocas excepciones.
Mi interés nacía –pienso ahora– de mi desinterés.

El presente
Hay una belleza que produce dolor. O que se le parece. Alguna música, pinturas, unos pocos libros. Por eso tal vez no todo debe (o quiere) ser sólo divertido. Hasta en el más payaso (en gran medida en los más payasos) habita la emoción. Cuando los espacios vacíos –en el aire, en un lienzo…– comienzan a componerse de fragmentos sonoros, de colores, palabras o luces, cuando encuentran todos estos acomodo en ese vacío blanco (sin ser blanco, en verdad), a veces, en determinados casos, nos emocionamos. ¿Será porque comprendemos, porque resulta ser una demostración intangible pero irrefutable que ese vacío también está adentro de uno, nos compone, nos habita y, por lo tanto, nos permite modelarlo –moldeándolo- al compás de nuestros impulsos y gustos, que a la larga se traducen en emociones? Es rara y por eso incómoda la sensación que se tiene cuando uno espera de una persona una reacción entusiasta ante algo que te ha impresionado mucho y esa persona no acusa el menor impacto. Supongo que se puede saber un poco de cada quien si sabemos con qué se emocionan, sólo que ese saber estará necesariamente filtrado y condicionado por nuestras particulares emociones. ¿Podría un aficionado a, no sé, Coldplay o U2 llegar a despertar interés en una estudiante de violonchelo que adora a Mahler? Muy difícil, sus vacíos se llenan con distintos materiales. Sus incomplitudes son diferentes.
Pero, por otra parte, siento que de esa clase de encuentros, de mezclas y de diferencias es que se componen las pulsaciones de ciudades como Madrid, como Santiago. Y está bien así. Ya no es tan fácil saber adónde vamos, adónde debemos ir. ¿Acaso importa decidirlo y después conseguir llegar ahí? ¿A dónde?
Algo me dice que para lo único que me serviría un propósito así de definitivo sería para, ojalá, no cumplirlo.
Llegar a América siempre fue mejor que llegar a La India para Colón.
Y así le fue.